De creencias también malvivimos

Todos vivimos gracias a nuestras creencias. Algunas nos ayudan a vivir mejor, las que nos potencian y proyectan, y otras a vivir peor, las que nos limitan.

Una creencia es un estado mental en la que la persona considera como verdad el conocimiento o la experiencia que tiene sobre alguna cosa o sobre algo experimentado. Las creencias condicionan nuestro comportamiento y conocimiento del mundo.

Las creencias no están ahí por casualidad, sino que han sido fruto de los diversos aprendizajes que hemos ido experimentando a lo largo de nuestras vidas, por lo que, en situaciones pasadas, muchas de ellas nos han sido válidas.

¿Es posible cambiar una creencia? Sí, es posible. Se consigue a través de las emociones. Las creencias no se cambian en la mente, se cambian en el corazón. Cambiamos de opinión o de pensamiento porque ocurre algo que nos toca una emoción. Por eso hay que cambiar una emoción si deseamos cambiar una creencia.

Una creencia no es un pensamiento, pensar en algo no implica tener una creencia. Para que lo sea, es necesaria una valoración y un juicio de verdad, una opinión que se cree verdadera. Por ello, afirmamos que nuestro presente y nuestro futuro están en manos de nuestras creencias, que junto con nuestras circunstancias, escriben nuestra historia de vida.

Las creencias fundamentales del ser humano se consolidan en el periodo de aprendizaje. Por eso, el entorno familiar, sociocultural y la educación que recibimos en la infancia condicionan la forma de pensar que tenemos hoy, la fuente de nuestras creencias.

Me gustaría compartir con vostr@s algunas estrategias para emocionaros y ayudaros a transformar las creencias.

La primera tiene que ver con las historias. Cuando nos identificamos con una historia y su protagonista, todo cobra mayor sentido. Es un momento especial porque tomamos consciencia de una emoción, siempre asociada a algún protagonista de la historia o a alguna situación concreta. Creemos que somos como el protagonista y que nos podría ocurrir lo mismo que a él.

La segunda tiene que ver con las heridas. Todos tenemos una herida de vida que nos acompaña desde que somos niños. Cuando una experiencia vivida nos toca la herida, estamos en disposición de cambiar una creencia.

La tercera tiene que ver con la vivencia y la conclusión que sacamos personalmente, de ella, pero siempre que la conclusión sea personal. Si son los otros quienes nos las dan, no nos sirve.

Y la cuarta tiene que ver con contagiar la emoción. Nada más y nada menos que predicar con el ejemplo. Cuando logramos emocionar a otros podremos convencer y solo así será posible provocar un cambio emocional.

Os propongo que toméis nota cada vez que viváis una historia, sufráis una herida, lleguéis a una conclusión o sintáis una emoción y que conectéis con las creencias que tenéis asociadas a ellas para poderlas cambiar, si son de las que os limitan. Las otras, las que proyectan, ¡las podéis fomentar!

Ya me contaréis… 😉


Realidad y Conciencia

La física cuántica concede a nuestra conciencia un papel decisivo en el proceso de crear y experimentar la realidad perceptiva. Dicha interpretación, que aún no es ampliamente aceptada, afirma que nuestra imagen de la realidad se basa en la información recibida por nuestra conciencia. Esto transforma la ciencia moderna en una ciencia subjetiva en la que la conciencia desempeña un rol fundamental.

¿Significa esto que la ciencia actual debe reconsiderar sus suposiciones acerca de la naturaleza de la realidad perceptible? La ciencia vigente, por lo común, parte de una realidad basada únicamente en fenómenos perceptibles. Sin embargo, al mismo tiempo podemos sentir, de modo intuitivo, que más allá de la percepción sensorial y objetiva, desempeñan un papel factores subjetivos como las emociones, la inspiración y la intuición.

Las técnicas científicas actuales son incapaces de cuantificar o demostrar el contenido de la conciencia. Pero también resulta imposible obtener la evidencia científica de que alguien se ha enamorado, o de que alguien está disfrutando de una ópera o de una escultura. ¿Significa que no existe el enamoramiento? Lo que sí pueden medirse son los cambios químicos, eléctricos o magnéticos en la actividad cerebral, pero el contenido de pensamientos, sentimientos y emociones, todavía no. Si no tuviéramos la experiencia directa de nuestra conciencia a través de nuestros sentimientos, emociones y pensamientos, no seríamos capaces de percibirla.

Por ello, deberíamos comprender que la imagen del mundo material que cada uno de nosotros tenemos únicamente se deriva de la percepción que de ella tenemos y se construye en base a esta. Todos nosotros creamos nuestra propia realidad en función de nuestra conciencia. Cuando nos enamoramos, el mundo es hermoso, mientras que cuando estamos deprimidos, ese mismo mundo es una pesadilla. En otras palabras, el mundo material no es más que una mera imagen fabricada en nuestra conciencia y preservamos así nuestra propia visión del mundo.

Todos hemos experimentado los cambios que se pueden generar con nuestra actitud, si sentimos que estamos esperando que algo suceda, si nos levantamos alegres y llenos de energía ¿el día transcurre mejor?, si nos consideramos únicos ¿nos suceden cosas únicas?, si mantenemos una rutina ¿esta se ve obligada a generarse?, si deseamos un cambio ¿el cambio se produce?

Estamos constantemente modificando nuestro ahora, nuestra realidad; estamos decidiendo y después de cada decisión se vuelve a abrir el abanico de otro número infinito de nuevas decisiones, lo hacemos de forma constante sin ser conscientes.

Seguro que alguna vez has pensado ¿qué hubiera ocurrido si en lugar de tomar la decisión que he tomado hubiera tomado otra? Probablemente se hubiera modificado todo y no seríamos capaces de analizar las consecuencias de “la otra decisión”. El resultado podría haber sido completamente aleatorio e indeterminado. Pero, al menos de momento y en nuestro actual estado de conciencia, no se puede actuar sobre el pasado.

¿Qué ocurre cuando nos aferramos a situaciones y nos introducimos en un bucle que detestamos y del que no queremos o no sabemos salir? Las opciones las tenemos en nuestras manos, solo debemos decidir y aprender sobre nuestras infinitas posibilidades. El Dr. Dispenza lo compara con un río y sus dos orillas, tenemos absoluto poder de decisión sobre la orilla en la que deseamos estar, nos podemos ver en la cotidiana, en esa que nos abruma y no deseamos o en la que nos da todas las posibilidades para nuestra felicidad, solo hay que cruzar, ignorar el miedo y probar, dejando atrás lo que no nos gusta e intentar observar nuestra existencia de no haber cruzado el río, dejando atrás los miedos y viviendo otra realidad. La transformación es posible y nuestras opciones infinitas.

Personalmente me gustaría que existiera un botón cuántico para pulsarlo y que todo se transformara. Pero ¿y si resulta que, sin ser conscientes de que ese botón existe, todos nacemos con él incorporado y lo único que tenemos que hacer es utilizarlo? Quizá el Dr. Bruce Lipton, Lynne McTaggart o el Dr. Amit Goswami nos pueden dar pistas sobre cómo localizarlo y cómo funciona.

Personas que, a través de sus experiencias y de sus investigaciones, nos ayudan a dar el siguiente paso enseñándonos cómo actuar sobre nuestra realidad.

Pero al final, la decisión es nuestra. La decisión es tuya ¡y solo tuya!


 

Desde lo alto se ve más lejos

Cuando el motor de la vida se ralentiza un poco, cuando las metas que siempre soñamos desaparecen definitivamente, todo cobra sentido, o por lo menos un sentido nuevo, más sosegado, más abierto y más real. En esta etapa del viaje, cuando correr no es necesario porque ya no hay prisa alguna por llegar, es cuando el paisaje se nos muestra entero, tanto si miramos hacia delante como si lo hacemos hacia atrás. Adquirimos entonces aquello que nos falta en la primera etapa de la vida y que nos resulta inútil en la última: perspectiva.

Con la perspectiva aparece una nueva visión que debería permitirnos no sólo entender sino algo mucho más complejo y mucho más rico: comprender.

Entendemos cuando observamos y catalogamos, cuando somos capaces de predecir el comportamiento o la reacción – propia o ajena – frente a un estímulo o una dificultad. Entender es descubrir que las cosas ocurren a través de algunos procesos que son fruto de determinismos culturales, sociales o personales.

En cambio, sólo comprendemos cuando somos realmente capaces de abrir la carcasa que nos rodea y penetrar sin miedo en el universo emocional que se desarrolla a nuestro alrededor. Comprender es asumir que el miedo, el amor, el dolor, la ilusión, el egoísmo o la soledad modelan a las personas, dotándolas de forma y singularidad.

En ese instante, cuando asumimos las razones sin juzgarlas, somos nosotros y somos todos los demás. Y es entonces cuando realmente nos convertimos en quienes siempre quisimos ser, aún sin saberlo. El punto de destino ya no es algo ajeno que aparece en el horizonte sino que se encuentra en nuestro interior, esperando ser descubierto para dotarnos de una gran paz.

Cuando el motor de la vida se ralentiza un poco, es pues momento de comprender y tal vez entonces podamos mirar atrás con serenidad y hacia delante con esperanza.

Abramos la ventanilla y disfrutemos del viaje.


Libertad de Ser

Hay muchos libros que tienen la capacidad de transformar, “La libertad del ser” de Annie Marquier es, sin duda, uno de ellos. A través de sus páginas nos invita a recorrer las diferentes fases de la posible transformación del ser humano, un camino, según Marquier, en el que buceamos en el funcionamiento del inconsciente, para ir descubriendo las sutilezas de nuestro ego.

Es casi imposible resumir el libro, como ocurre con todos los de la autora, en un artículo. Lo aconsejable es leerla, pero me gustaría compartir algunas de sus ideas, algunas de ellas extraídas de las tradiciones orientales.

La primera de ellas es la analogía del carruaje. Según Annie “Podríamos comparar al ser humano por un conjunto formado con un carruaje, un caballo que tira de él, un cochero que lo dirige, un dueño sentado detrás del cochero y el camino por el que avanza el conjunto.”

En esta bonita metáfora, próxima al mito de la Caverna de Platón, el carruaje representa el cuerpo físico que debemos conservar, siempre en el mejor estado posible, para poder realizar nuestro viaje vital con la máxima comodidad, es decir, sano.

El caballo simboliza nuestro sistema emocional y es fundamental para que el carruaje pueda avanzar en el camino. Es importante que el caballo se mueva con libertad pero estando alerta para que no se desboque. Para ello, necesitamos la buena dirección y maestría del cochero.

El cochero es nuestro cuerpo mental, nuestro ego, quien se encarga de gestionar con sabiduría la energía del caballo, es decir, nuestras emociones.

Finalmente, tenemos al pasajero, el dueño, dice Marquier. Ese es nuestro ser, el único que conoce el camino, la realidad de cada instante, el que sabe dónde desea ir. La gran tarea en cualquier proceso de transformación es pasarle las riendas del carruaje al pasajero y no al cochero.

Esto nos hace ver que para realizarnos plenamente como lo que de verdad somos, necesitamos:

  • Desarrollar la capacidad mental de estar en relación directa y consciente con nuestro ser, nuestra alma y atentos a  sus indicaciones.
  • Conocer la naturaleza emocional del ser para ser capaz de gestionar su energía con sabiduría.
  • Mantener nuestro cuerpo físico en buen estado.

Cuando nuestro Ego consiga el equilibrio entre el conjunto físico, mental y emocional podrá escuchar con claridad a nuestro Ser y podrá, al fin, manifestarse en plenitud. 

Os dejo un extracto del libro con algunos menajes para reflexionar:

“Todo lo que se nos presenta en la vida lo atraemos con el fin de que nos ayude a evolucionar.

La conciencia ordinaria, en general, no tiene la impresión ni el mínimo recuerdo, de haber elegido o atraído conscientemente cualquier cosa. Si fuésemos conscientes de ello, podríamos percibir el hilo de los acontecimientos de nuestras vidas, así como la coherencia perfecta con nuestro Plan de evolución.

Pero tenemos el poder de elegir y, en función de esas elecciones, atraeremos las circunstancias.

Nada está decidido de antemano. Todo se decide, minuto a minuto, en función del proceso de aprendizaje.

Durante el proceso nos volvemos, cada vez más, creadores conscientes. Nuestras vidas se construyen con el fin de realizar nuestro aprendizaje.

Lo que se presenta en nuestra vida está determinado por nuestro proceso evolutivo. En cada vida estamos en proceso de aprendizaje, de construcción, de rodaje, de refinamiento, de armonización y de integración de las diferentes partes de nuestro “vehículo.” Lo que queremos experimentar en nuestras vidas son todas las situaciones que nos son necesarias para aprender y desarrollar cualidades a todos los niveles del ser.

La lección no vuelve a presentarse cuando ya se ha aprendido, como en la escuela… Vuelve a aparecer solo cuando estamos dispuestos a aprenderla, como en la escuela…

Estamos en la escuela de la vida, siempre con el mismo objetivo: avanzar en conciencia, en sabidurías y en amor y aprender a conocer las grandes leyes del Universo, a fin de crear un mundo de paz, de dicha y de abundancia para todos en este planeta.

La vida, hecha de vidas sucesivas, es una gran escuela con clases, niveles, exámenes y pruebas; ¡e incluso con vacaciones! En ciertas vidas se aprende con intensidad, las cosas se mueven, los acontecimientos se precipitan, estamos sometidos a pruebas continuamente. Durante otras vidas, hay más tranquilidad, descansamos, integramos…

El aprendizaje es una integración cada vez más profunda de la realidad de nuestra propia divinidad.

Lo importante es integrar la lección que la vida nos propone aquí y ahora, estar presentes en todo, y así conducirla de la manera más consciente y más armoniosa con nuestros recursos del momento. El trabajo hay que hacerlo aquí y ahora, exactamente allí donde nos encontramos, exactamente en las condiciones en las que estamos.

Estas condiciones son precisamente las que han sido elegidas por nuestra conciencia superior, a fin de dar el máximo de oportunidades de evolución.

Todo trabajo de evolución, incluso el trabajo de cambio de contexto de pensamientos, puede percibirse como el viaje de la conciencia a través de diferentes dimensiones. Pero este viaje tiene una meta… acelerar el proceso y acercarnos cada vez más a la paz, a la luz y a la libertad.

Ese es el juego que hemos elegido jugar.”

 


 

Para siempre

Resulta que este año, a todos los efectos y por primera vez en mi vida, puedo hacer uso de la frase “Año nuevo, vida nueva”.

Normalmente, la estación de cambios es la primavera. Esa que tenemos asociada al renacimiento tras el frío y duro invierno. Esa en que los árboles vuelven a lucir nuevos brotes y las flores reaparecen con sus colores bajo el sol. Primavera es la promesa de un nuevo comienzo. Y sin embargo, para mí el nuevo comienzo lo ha marcado el invierno, con el nuevo año.

Después de todo lo acontecido, he estado meditando sobre algunas frases, especialmente estas dos: “Para siempre”, y “Vale la pena”. Bueno, quizás la primera no es una frase en sí misma, pero yo creo que me entiendes.

El caso es: muchas veces hacemos un uso irreflexivo de las palabras.

La primera vez que me di cuenta de ello, fue de manera absurda y siendo yo pequeña, en el metro.

Creo que muchas veces miramos sin ver. ¿Cuántas veces habré mirado los letreros de las paradas, sin ser consciente de dónde estaba realmente? Por ejemplo, la parada de “Poble Sec” (Pueblo Seco), “Sants” (Santos), o nombres de calles como “Rocafort” (personaje histórico). Cada cosa tiene un significado, un porqué de esa elección. Estaba tan habituada a “verlo” que jamás me pregunté por ello. Simplemente leía las palabras sin pensar.

Estos días tengo conversaciones con mis amigos sobre: “Vale la pena”.

Aunque es una frase que usamos de forma superflua, es digna de análisis, porque dice ni más ni menos que estamos dispuestos a pagar con dolor y lágrimas, con esfuerzo, con sufrimiento, el conseguir algo. La decimos muchas veces, en momentos triviales de la vida como las rebajas: “Cómprate el jersey que está rebajado al 30% y vale la pena”. Hemos banalizado por completo la frase.

Cuando decidimos arriesgarnos en una relación, o realizar un cambio en nuestra vida, a veces, también la utilizamos.

Y creo que aquí, sí tiene sentido el uso. Porque realmente, empezar una relación implica muchos cambios y esfuerzos: abrir nuestro corazón, confiar en otros, amoldarse, aprender a comunicarse, explorar… Empezar una relación es exponerse al desnudo en cuerpo y alma, y por completo a una persona, con todo lo bueno y todo lo malo. Con el miedo al rechazo futuro y al dolor ante la posibilidad de una relación rota. Por eso, cuando decidimos empezar con alguien y creemos que vale la pena, estamos indicando (aunque no lo sepamos) la profundidad del cambio que estamos dispuestos a abrazar. Lo mismo podría decirse del cambio de trabajo.

También tengo conversaciones sobre “para siempre”.

Para siempre, es mucho tiempo, y es muy relativo.

Aunque no nos guste, tod@s somos un producto de nuestra época. Nuestros gustos, nuestra forma de relacionarnos, nuestra forma de comunicarnos, nuestra forma de entender el mundo. Con algunas variaciones, pero en realidad no todas nuestras elecciones son realmente conscientes y nuestras.

Uno de los grandes problemas del siglo XXI, de mi generación y de quizás las venideras, es el mundo que nos han “vendido”.  El mundo que nos educaron para creer que sería y no es, que es muy diferente al que nos hemos encontrado.

Nos han educado en el “para siempre”.

Un trabajo para siempre, una casa para siempre, una pareja para siempre. Y, ¿qué pasa cuando ya no es así?

Mi hermano, con quien me llevo casi dieciocho años, me dijo hace un tiempo en un momento de ofuscación adolescente (de esos en los que piensas: “un buen copón necesitas tú…”), que para qué iba a estudiar, si para cuando acabara no habría trabajo para él, que España estaba muy mal. Y quien dice España, dice el mundo. Pero bueno, emigrar a otro planeta habitable no es posible todavía, así que tendremos que contentarnos con este. El caso es que yo le dije, en un momento de iluminación, que tenía que ampliar su mira.

Cuando yo iba al colegio, la promesa que me hizo el mundo es que si acababa mis estudios y tenía un título universitario, tendría un buen trabajo donde podría jubilarme. Un trabajo para siempre. Pero cuando acabé la universidad, el mundo empezó a cambiar, y me di cuenta que esa promesa no se podría mantener. El mundo que me ha tocado vivir es el de cambiar de empresa para sobrevivir. Sin mayores traumas. Aprender a cambiar de posición y alcanzar de nuevo un equilibrio. Y la generación de mi hermano irá un paso más allá como tantos otros desde que estalló la crisis: cambiarán muchas veces de país, y no solo de empresa a lo largo de sus vidas.

El mundo hoy es el mundo del fluir.

El mundo de adaptarse. El mundo cambiante que no es igual que ayer, ni el mismo que mañana (en parte también por los avances tecnológicos cada vez más veloces). Y en un mundo tan voluble, qué difícil es mantener la promesa del “para siempre”.

Porque “para siempre”, implica quietud. Que hoy seremos igual que ayer y que mañana. Y (afortunadamente) esto no es así.

Con mi “año nuevo, vida nueva”, he aprendido algo que otras personas aprenden antes que yo: que “para siempre” ya no existe tampoco en las relaciones de pareja.

Hace tiempo tenía un blog bastante personal. Tengo que decir que me alegro mucho de haber escrito en él, porque me sirve para ver lo mucho que (afortunadamente también) he cambiado. Y me doy cuenta que cosas por las que paso ahora ya las viví entonces. Así que al menos me sirve como bitácora, y no sé si debería preocuparme que en algunas cuestiones haya seguido viendo la vida igual que hace ocho años. Hice ya en su momento una interesante reflexión sobre esto del ad infinitum. Y a lo que se ve, no me he hecho mucho caso a mí misma, hasta que ha pasado algo lo suficientemente importante para cambiar.

Por eso, me gustaría hacer un alto en el camino y animarte a escribir siempre que puedas, aunque se te de mal: la práctica ayuda a mejorar y es bueno tener una referencia de cómo eras. Un día, aunque no lo creas, te gustará leerlo o te servirá incluso.

Y después de todo lo vivido, me encuentro ahora pensando no con las gafas del “para siempre” si no con las de “ahora” o “por ahora”, que son más fiables.

Con una elevada probabilidad, dentro de cinco años, seré alguien muy diferente de quien soy ahora. Tú también. Todos lo seremos. Eso quiere decir que si conozco a alguien de quien ahora me enamoro locamente, le quiero ahora en este momento, y mañana esperemos que sí pero puede ser que no, no pasa nada. Ahora entiendo lo que tantos amigos se esfuerzan por hacerme entender con eso de “disfruta del momento”. Pero es un conocimiento que llega como el de los enchufes y los dedos entumecidos: tras meterlos en ellos, en primera persona y con dolor.

Muchas de nuestras frustraciones provienen de esos grandes planes a largo plazo que tejemos con nuestra situación actual como base.

La hipoteca que firmamos cuando teníamos un buen puesto de trabajo, previendo que mantendríamos el sueldo los próximos 35 años, sin pensar en un despido porque eso no me puede pasar a mí.

El trabajo que pensamos que vamos a tener cuando acabemos los estudios, porque claro, con este título cómo no voy a encontrarlo.

La vida maravillosa que disfrutaré junto a mi pareja los próximos treinta años, envejeciendo juntos en el porche…

Tener una idea de hacia dónde queremos que vaya nuestra vida, es importante. Pero muchas veces tomamos decisiones basados en ese “para siempre” que no existe. Como cuando te dicen que tienes que ser bueno para cuando mueras, ir al Cielo, y pasas tu vida pensando en ese “premio” futuro sin ver el precioso presente.

Pasamos por la vida corriendo a todos lados. Sin disfrutar lo que nos envuelve, sin disfrutar de la comida, de las personas, de las charlas, de los todos momentos del día. Consumimos la vida, nos atragantamos en el festín de los días, esperando el próximo plato sin pararnos a saborear el que tenemos en la mesa porque creemos que siempre llegará el siguiente, y quizás mejor.

Con tristeza y añoranza aprendí el año pasado que solo tenemos “ahora”.

Aprendí que cuando “ahora” pasa, y se transforma en “ayer”, muchos momentos que ahora nos parecen malos se borran con los buenos recuerdos de lo que ayer no supimos disfrutar plenamente.

Y aprendí también que cuando “ayer” pasa, y se transforma en “hoy”, tenemos una oportunidad de empezar de nuevo, no para siempre, si no por ahora.