Eres un Superhéroe

Si pudieras escoger un superpoder ¿cuál escogerías? Recuerdo esta pregunta en una de las entrevistas como profesora de OBS y evidentemente, recuerdo mi respuesta: Poder desplazarme al pasado y al futuro en una máquina del tiempo.

Daría casi cualquier cosa por poder viajar en una máquina del tiempo. Poder pasar minutos, horas o días en otros tiempos, ya sean pasados o futuros. Poder conocer en primera persona cómo vivían, sentían y transmitían en otras épocas, culturas y países. ¡Me encantaría tener ese superpoder!

Pero, ¿queréis saber un secreto?: Todos tenemos superpoderes. Y los tenemos porque en realidad todos somos superhéroes.

Grant Morrison, el famoso guionista de cómics escocés, dice: Universos enteros encajan confortablemente dentro de nuestros cráneos. No solo uno o dos, sino infinitos universos pueden ser almacenados en ese oscuro, húmedo y huesudo hueco sin romperlo desde dentro. El espacio en nuestras cabezas se ajusta para acomodar todo. La verdadera puerta de entrada a la quinta dimensión estuvo allí, siempre. Dentro. Ese infinito espacio interior contiene todo lo divino, lo extraño, y todo lo que no es de este mundo que pudiéramos llegar a necesitar.

Sus reflexiones me conectan con mi pasión por los cuentos y sus protagonistas. Tanto a los niños como a los que seguimos siéndolo, nos fascinan los superhéroes porque son una proyección de nosotros mismos. Lo que amamos, lo que detestamos, lo que nos hace reír, lo que nos hace rabiar, lo que vivimos y sentimos y lo que nos emociona, es un reflejo de todo lo que forma parte de nosotros.

Solo hacemos nuestro aquello que comprendemos, ya sea mental o emocionalmente.

Tenemos, como os decía, una larga lista de superpoderes que a menudo olvidamos:

El superpoder de la Elección. Todo aquello que eres forma parte de una elección. Cuando eliges, activas tu poder; cuando dejas que otros elijan, dejas el poder en manos de otros.

El superpoder de la Originalidad. Que no es ni más ni menos que ser fiel a quién eres, a tu propia esencia. Tu superpoder, tu don, es tuyo y de nadie más.

El superpoder del Propósito. Cada héroe encuentra su sentido cuando conecta con su propósito, cuando descubre su pasión y el significado de la misma. Y ese significado le da sentido a la vida.

El superpoder de la Honestidad. Todos los héroes deben enfrentarse a su verdad, por más dura que parezca. Los héroes también tienen sombras y deben ser valientes y honestos para reconocerlas e invitarlas a comer del mismo plato. Solo así podrás conseguir que trabajen para ti y no tú para ellas.

El superpoder de la Creatividad. La creatividad es tu sistema operativo. Es una app, además gratuita, que viene de serie en tu programa de superhéroe. Es la capacidad para responder a los misterios de la vida y el nexo de unión del resto de poderes.

El superpoder de vivir en Plena Consciencia. Observar la vida y aprender de lo que nos rodea. Estar presentes de forma plena y consciente es el estado para lograr aquello que de verdad merece la pena.

El superpoder del Amor. Lo he dejado para el final, porque este superpoder es el más grande de todos. Sin él, el resto no funcionan. No sé decirte por qué, no tengo una razón lógica, pero ya sabes que “El corazón tiene razones que la razón desconoce”. El amor todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta.

Todos somos Superhéroes y todos tenemos Superpoderes. Pero hay que creer en ellos para que funcionen.

Así que ¡ponte la capa y a volar!


La historia d’en Long Chi

La història d’en Long Chi

En el llunya regne de Kairel viu Long Chin, un ancià de fràgil cos i llarga barba blanca. El seus modals serens i la seva paraula sempre generosa i amable fan d’ell un home respectat en tota la comarca.

Les gents afirmen que Long Chin, en la seva joventut va ser iniciat en els misteris de l’antiga saviesa i en realitat tant el seus veïns com el seu únic fill que viu amb ell, admiren la seva gran lucidesa i templança.

 

Dejad avanzar a los que creen que sí pueden

Hay una famosa frase de Henry Ford que dice: ”tanto si crees que puedes como si crees que no puedes tienes razón”. Y hay quien añade: “por favor, dejad avanzar a los que creen que si pueden”.

Cuando uno observa su propia vida, repasando los momentos de logros y los momentos en que no lo conseguimos, es frecuente que nos encontremos con momentos en los que ante un reto importante buscamos el apoyo en los demás, creemos que la fuerza la encontraremos en otros, que esos “otros” nos convencerán que es posible ¿Te ha pasado alguna vez?

La clave para encontrar tu fuerza, tu para qué, tu motivación, en definitiva, está dentro de ti. La autentica razón para ello está en tu mente, en tu corazón, en la forma en que te miras y en la forma que te cuentas lo que ves. Buscar fuera es una opción pero no siempre es la más beneficiosa. Los otros tienen su propia forma de mirar el mundo, su propia forma de abordar los retos y posicionarse ante las circunstancias y por eso darles el poder de decidir cual debe ser tu mirada vital puede ser algo arriesgado.

Deberíamos aprender de esta ranita sorda:

Aprender que no debemos dar nada por imposible hasta que no tengamos más opciones, hasta que nos demostremos que es así. Y eso, en la mayoría de las ocasiones, es precisamente imposible… (esa es la paradoja de lo imposible).

Y deberíamos aprender a mirar a los demás y mirarnos a nosotros mismos con cariño. A encontrar en nosotros las fortalezas y las habilidades que ni siquiera sabemos que tenemos, a confiar en que ante la adversidad aparece la fuerza del reto, el gusanillo de la superación, que como hemos escuchado o leído en ocasiones, “creas aquello en lo que crees” y es cierto. Si creemos firmemente en algo y lo acompañamos con pasión y entusiasmo, aquello que soñamos termina por hacerse realidad, aunque obviamente hayamos puesto también el esfuerzo, la perseverancia y el tesón.

Te animo a que busques en tu interior, a que te rodees de las personas que confían en ti, incluso a veces más que tu mismo, y dejes fuera de tu frecuencia mental, emocional y corporal a aquellas personas que por sus propios miedos creen que todos serán como ellas, los que se crecen comparándose por abajo en lugar de mirar hacia arriba. Si miras hacia abajo te puedes tropezar.

Aprendamos de las simpáticas ranitas que confían y están motivadas y mantengamos esta enseñanza presente cuando nos relacionemos con la pareja, los hijos, la familia, los amigos, los colaboradores.

Recuerda que recibimos aquello que entregamos y si entregamos confianza y valor hacia los demás ¿Te imaginas lo que recibirás?


Si conoces el miedo vivirás mejor

Vivimos asustados sin saber muy bien de qué.

Nacemos sin conocer esa sensación que llamamos miedo, nos sentimos libres para pensar, hacer o decir cualquier cosa, no existen los límites de ningún tipo… pero eso dura poco.

Pronto entramos en la rueda educativa que nos enseña no solo donde están esos límites, cosa que de por sí no está mal, sino que jamás debemos traspasarlos o sufriremos algún tipo de castigo: legal, social, sentimental, físico o psicológico.

Cuando todavía no nos conocemos, nos presentan al MIEDO, un personaje difuso y huidizo al que cuesta ver el rostro, pero que va a estar siempre muy presente en nuestras vidas. Nos dicen que debemos aprender a convivir con él porque, en el fondo, su labor es protectora. Nos guarda de los demás y sobretodo de nosotros mismos. Nos ofrece una sensación de control frente a un mundo de caos, un refugio aparentemente seguro.

Nos acompaña en casa, en la escuela, en nuestro entorno, siempre recordándonos que no debemos ir demasiado lejos, que no es bueno levantar el rostro buscando un aire que puede estar envenenado, que no somos los elegidos, que no hay camino tras la cuesta. Mucho cuidado con lo que hacemos y todavía mucho más atención con lo que pensamos.

Nos convertimos en seres domesticados por el MIEDO.

Así crecemos y lo asimilamos de una forma tan profunda, que acabamos convencidos de que ese es nuestro estado natural, lo que nos permite sobrevivir sin sobresaltos ni problemas.

Y eso es dramáticamente falso.

Los problemas existen porque forman parte de la vida, la remueven y la sostienen. Tendremos problemas siempre, enfoquemos las cosas como las enfoquemos. Nada nos va a librar – afortunadamente – de ese saco de dificultades que cada cual carga como sabe o como puede.

Pero lo peor es que, aun sabiendo en el fondo de nuestros corazones que ese miedo es malo y paralizante, nos engañamos hasta creernos que es así como uno debe vivir. Y esperamos a que una nueva generación venga a pretender vivir sin miedo para ponerlos en su lugar.

Les trasmitimos nuestro propio miedo a aquellos que más amamos.

Vivimos todos asustados sin saber muy bien de qué, en un precario equilibrio que nos permite mirarnos a la cara sin avergonzarnos porque detectamos que el otro, el de enfrente, también vive con nuestro amigo el MIEDO.

Y sus hijos.

Y sus mascotas.

Y sus amigos.

Y sus jefes.

Es de los nuestros y lo respetamos.

Por eso atacamos sin piedad a aquel que no lo tiene, al que ha decidido vivir sin MIEDO pase lo que pase. Le auguramos todos los males: si le llegan asentimos con la cabeza porque “ya se veía venir”; sino le llegan sólo decimos “tú espera que ya se lo encontrará”.

Lo odiamos en nuestro interior porque no se ha dejado domesticar.

Sin embargo, cuando nos acercamos al final, es cuando aceptamos que hemos vivido en un error, en un engaño masivo, en un valle sin luz.

Viendo la muerte de frente uno se pregunta: ¿de qué demonios he tenido miedo toda mi vida?

La revelación se nos aparece demasiado tarde. Tarde para nosotros y tarde para los que nos siguen que ya han asimilado el MIEDO en su ADN y no van a cambiar, no quieren cambiar a pesar que tratas de hacerles ver que todo es una fábula, una trama, un vacío.

Te miran y sonríen con esa expresión que dice “son cosas de viejos

En la rampa de salida, cuando ya te sientes a punto de alcanzar el éxtasis de una apoteosis que tanto temías, algo en ti se remueve y, por fin, escupes tu miedo para siempre.

Te liberas.


Y tu, ¿qué quieres?

Como probablemente ya sabrás si es que hemos llegado a coincidir, ni que sea leyéndonos, o en persona, soy un tipo de ser que le da muchas vueltas a las cosas.

De hecho, una vez tuve una clase de creatividad, en que una de las cosas que intentaba el profesor era potenciar que los alumnos tuvieran más ideas a la vez. Bueno, yo habría sido feliz con justo lo contrario.

A veces me gustaría pensar mucho menos.

También, en ocasiones, me descubro teniendo conversaciones conmigo misma en la cabeza.

No estoy muy convencida de que todo el mundo lo haga, no lo sé. ¿Tú qué opinas? Espero que sí, porque si no, de aquí me mandan al loquero, fijo. Lo cual me llevó hoy a pensar en una frase que leí en un libro de Richard Branson: “Nunca nadie ha aprendido escuchándose a sí mismo” (no estoy segura si la cita era o no suya). Recuerdo que cuando la leí pensé: “¡Cuánta razón!”. Pero en estos días de introspección profunda, me he dado cuenta de que (perdona, Richard, sabes que te quiero, quiero trabajar contigo igualmente, y seguiré leyendo tu blog y tus libros) en realidad, no es tan así. A veces aprendemos mucho escuchándonos a nosotros mismos. Muchísimo, de hecho. El problema, yo creo, radica en que no nos sabemos (o atrevemos) a atender.

Tengo una teoría muy interesante (que igual comparten más personas) sobre la frase: “No sé”. Mi teoría es (fanfarrias, redoble de tambores) que realmente sí sabemos, solo que no queremos asimilarlo.

Muy pocas veces “No sé”, es tal.

Muchas veces es una frase que decimos para evitar herir a alguien. Te diré una cosa: no funciona. Haces daño igual, y también te lo hacen. Qué le vamos a hacer. Y ya que estamos metidos en esto, voy a compartir un recuerdo contigo.

Cuando iba a EGB (sí, yo ya tengo una edad), mi amigo de la infancia y yo nos fuimos al cine a ver una película, ahora no recuerdo si Terminator 2 o Parque Jurásico 1, a un cine de aquellos de los viejos, de los que tenían una cortina que se corría para dar paso a la pantalla. Era la mítica y ahora desaparecida sala Waldorf. El caso es que yo fui al cine como si tal cosa, con mi mejor amigo de aquel entonces, a disfrutar de una película. Pero en una de esas, se le dio por pedirme para salir (wtf?). Me quedé tan bloqueada, que no supe decir que no (porque, claramente la respuesta era “no”), así que bueno, opté por el plan B: “No sé”.

Uno de los grandes problemas del “No sé”, es que claro, en algún momento tienes que saber. Y yo no tenía narices a decirle que no, así que utilicé la Técnica Avestruz, que en este caso venía a ser tirarme una semana entera diciendo “No sé”. Con el paso de los días, ya se dio por aludido, y entendió que era que no. Bueno, le pilló tanta tirria a esas dos palabras, que después de aquello, cada vez que una chica le decía “No sé”, la enviaba a pastar con las vacas. Y seguimos siendo tan amigos (te quiero, Bro).

Otra cosa que he aprendido en el último año, es que llevo casi toda mi existencia viviendo la vida según cómo los demás esperaban que la viviera.

Este año conocí a una persona muy especial. Yo creo que fue un regalo, o destino, o como se quiera llamar. Esa persona me contó muchas cosas de su vida, y espero que me siga contando otras tantas más, pero una de las cosas que me dijo, y tiene en eso más razón que un santo, es que mucha gente me dirá que no haga lo que quiero hacer a lo largo de mi vida. Y no por maldad, si no más ben al contrario: por amor. Porque las personas que te quieren, no quieren verte sufrirY muchas veces, seguir tu camino y apartarte de la senda conocida, es exponerse al fracaso, al dolor, a levantarse y volver a intentarlo. Y como esas personas que nos quieren, no desean que tengamos una vida de sacrificio, prefieren con todo el cariño del mundo, decirnos que no hagamos locuras y sigamos con el rebaño. Pero lo que no saben es que a muchas personas, seguir en el rebaño, las mata poco a poco.

Yo llevo un año haciendo muchas locuras. Muchas, muchas. Y las que me quedan. Pero porque simplemente, tras tanto tiempo de hacer caso a las personas que me desean bien, me he dado cuenta que su forma de hacer no es mi forma de hacer (le doy cada disgusto a mi madre…).

A mediados de diciembre estaba en casa de un amigo, charlando, y le decía que algún día me encantaría encontrar gente como yo, que me comprenda y no me miren raro (¡gracias, Gemma!). Con ello, claro, daba por sentado que mi amigo me entendía. Y para mi sorpresa me dijo: “No te confundas, yo tampoco lo entiendo, pero si a ti te hace feliz, yo te apoyo. Porque si no hubiera gente como tú, aún seguiríamos con piedras y palos”. Tengo que decir que hay algo de bonito en que te digan eso, creo…

Últimamente aprendo cosas muy básicas para los cánones normales.

Por ejemplo, para mí ir al cine es un evento social. No voy sola. Pero claro, por esperar a ir con gente, a veces han sacado la película de cartelera, o directamente he desestimado ir. Te diría que no sé por qué no voy sola, pero claro a estas alturas, no te voy a mentir. Es por vergüenza, por si alguien piensa, mira la chica esta que viene sola al cine… Y en el fondo, qué más da lo que piense nadie.

A lo largo de mi vida he hecho muchas estupideces, y me he perdido muchas cosas por decisiones basadas en el que dirán, o en lo que se suponía que se esperaba de mí.

Me acuerdo que cuando iba al instituto, no me iba de viaje si no era a un hotel de mínimo cuatro estrellas. Porque no molaba, claro. Y ahora, que sé que lo que me gusta es viajar, descubrir, pasear por las ciudades, ver pasar a la gente o conocerla, disfrutar de un café en una terraza, sacar fotos, leer o escribir; me he dado cuenta de que el hotel lo quiero solo para dormir, así que no necesito una cama de cuatro estrellas, en la que apenas voy a descansar.

Será la madurez, pero finalmente he comprendido que cuando ya no esté aquí, me llevaré las experiencias y no la cama. Así que quiero vivir mi vida, disfrutando de esas experiencias.

Y por ese sencillo motivo, este fin de semana me iré a ver “La teoría del todo”. Me parece una elección maravillosa para esta decisión.

La pregunta no es “Y tú qué quieres”, si no “¿Y yo qué quiero?”.

Un día antes de conocer a esa maravillosa persona que ahora mismo está disfrutando un viaje increíble por Sudamérica, conocí también a otra que dejó su trabajo porque estaba harta, no la llenaba y lo hizo de una forma bastante espectacular y original. Le escribí porque cuando vi cómo se fue, me hizo pensar. Y visto en retrospectiva, quizás no lo suficiente. Le dije que no la conocía, pero estaba orgullosa de lo que hizo, cómo lo hizo, y que era una inspiración.

Una semana más tarde me respondió un mail, y diciendo que no haga nunca caso a las personas que me digan que no haga algo a mi manera, que siga siempre mi camino, que es duro, pero al final la felicidad llega. Que siga luchando. Y eso hago.

Y te diré que creo que hay algo más triste que tener un sueño y abandonarlo porque alguien te diga que noY es que tú mismo te digas que no a algo que sabes que eres capaz de hacer, o qué demonios, igual no sabes si puedes, pero si no lo intentas jamás lo averiguarás.

No me vale un “No sé”.

En el fondo, en el fondo, en el fondo de tu ser, hay una vocecita que si la escuchas te dirá “Sí” o “No”.

Me gustaría decirte que sigas tus sueños, que los persigas y no los dejes escapar. Si te ves capaz de hacer algo, aunque el mundo te diga que no es posible, y tú lo ves claro: lucha.

Piensa más a menudo en qué quieres tú, y menos en lo que quieren los demás. No es fácil, pero vida, solo hay una para intentarlo.

Yo tengo una larga lista de cosas que tengo que hacer, y ahora que he superado que me digan que “no” los demás, me queda lo más duro: aprender a no decirme “no” a mí misma, y preguntarme a menudo “¿Qué quiero yo?”.


La Granota i la Serp

Una granoteta saltava pel camp, feliç perquè havia deixat de ser un capgròs, quan es va trobar amb un animal que no coneixia.

Era molt estrany i s’arrossegava per terra. A més, el soroll que feia en treure la llengua fora de la seva boca, feia por de veritat. Això sí, tenia la pell d’uns colors molt bonics…

Un bonic conte africà per transmetre als nens la diferència, la tolerància o l’empatia!

Miénteme si te atreves

¿Es malo mentir? Depende.

Vamos a dejar de lado por un momento las moralinas que hemos escuchado desde pequeños y que repetimos como autómatas a la siguiente generación. Mentir no es necesariamente malo, es más, a menudo es mejor mentir que decir una verdad de la que no sabemos ni de dónde viene ni que devastadores efectos puede tener si la dejamos caer. Además, ni siquiera sabemos si la verdad es verdad la vida es, en general, más relativa que no absoluta.

Todo el mundo se plantea ese dilema moral de vez en cuando y la mayoría acaba optando por la mentira.

Mentimos para hacer daño, eso es indiscutible, pero mentimos mucho más a menudo para justificarnos o para no hacer sufrir a alguien a quien amamos.

¿Es eso moralmente aceptable?

Sí, claro que lo es. Nadie debe decidir por nosotros cuál es el camino bueno y cual no, porque es precisamente eso lo que hace que muchos vivan la vida sintiéndose culpables, y eso es mucho peor que mentir de vez en cuando. Además, los que acostumbran a santificar con la verdad salen retratados antes o después.

Nos mienten.

Mentimos para divertirnos, para observar a los demás, para valorar su conducta o para excusar la nuestra. Mentimos para alcanzar objetivos y para evitar que otros nos los arrebaten. Mentimos para ser mejores o para parecerlo.

Nos mentimos a nosotros mismos constantemente… y no pasa nada porque siempre se puede adaptar la realidad a la mentira, pero no a la verdad.

Así pues, decir la verdad es a menudo un acto de puro egoísmo. Mejor miénteme de vez en cuando.. si es que te atreves.