La vida pública

¡¡Oigo voces!!

A diario, en todas partes.

Escucho las conversaciones de personas que no conozco y cuyas vidas me importan 0,00001 – no digo cero absoluto por no apurar – Oigo como dan instrucciones a sus madres i/o suegras sobre como preparar la papilla de frutas; escucho como riñen a sus empleados; absorbo instrucciones sobre como conectar la tele con el DVD; me trago conversaciones adolescentes de “cuelga tu primero… va tonto”.

Lo que yo quisiera saber es si la gente sabe diferenciar realmente entre un móvil y un megáfono. Porque tal vez no lo sepan, pero la comunicación a distancia no requiere necesariamente elevar la voz como si el interlocutor se encontrara a unos cuantos metros de distancia y no vete tu a saber donde.

Lo que más me sorprende es que la mayoría de los que adoptan esta costumbre de hablar en voz alta por teléfono, independientemente de si el lugar es público, parecen no preocuparse en absoluto de que los demás sepamos que su marido es un inútil incapaz de encontrar esos calcetines negros que están en el segundo cajón o que el gerente de Mordeblas SL no entienda que no es posible pagar la factura en dos plazos más un 30% en negro. Personas que no serían capaces de levantarse la camiseta para enseñarnos su torso (sea masculino o femenino) no tienen problemas en levantar las cortinas virtuales de sus vidas para mostrarnos a todos (todo el pasaje del autobús, todos los que hace cola en el banco, todos los que esperan en el dentista) las desnudeces de su intimidad familiar, profesional o, mucho peor, personal.

No es un problema de edad, aunque los más veteranos mayores tiendan a pensar que el milagro de la comunicación a distancia no es muy de fiar. Tal vez recuerden la época en que reamente era necesario gritar al auricular para hacerse entender, especialmente si era “una conferencia”. También los jóvenes levantan la voz, aunque en este caso sea por dos motivos diferentes pero complementarios: les importa un pito el resto del mundo y/o viven en una burbuja virtual donde el mundo exterior literalmente no existe.

Sea como sea, no sé como explicar a los nuevos voceros virtuales que su vida no me interesa – de hecho, apenas me interesa ni la mía -, que no quiero conocerlos mejor ni descubrir su cotidianidad.

Tendría un punto de interés si por lo menos se atrevieran a confesar vicios ocultos o a coquetear un poco – rectifico, eso ya lo hacen – Si continuamos así, tal vez llegue ese momento en que no nos importe para nada confesar nuestras preferencias sexuales o mantener conversaciones estimulantes con algún/a amante. Cuando eso ocurra, reconozco que trataré de coger más a menudo los transportes públicos o mantenerme en cualquier cola que pille para captar ese tipo de intercambios privados. Quien sabe, tal vez se pueda sacar provecho de las relaciones rotas o aprender nuevas técnicas de satisfacción (propia, conjunta o externa)

Pero mientras no llegué el momento… ¡¡por favor, bajen la voz!!

Víctor Panicello


Momentos que nos dejan sin respiración

No existe un criterio único ni mucho menos valido para definir la felicidad. Cada persona tiene el suyo. Pero debemos ser conscientes de la potencialidad que todos tenemos para contribuir a nuestro bienestar y a que el mundo sea un lugar mejor.

No existen receptas mágicas, pero todos llevamos dentro un mago que custodia nuestra sabiduría, nuestros dones y nuestra verdad, con el que debemos conectar para ponerlo a nuestro servicio y al servicio de quiénes nos rodean.

Nuestros pensamientos, sentimientos y acciones determinan nuestra vida. Y nuestra vida se construye en:

Modo personal: la confianza en nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra mente que nos permiten buscar y encontrar nuevas aventuras, nuevas direcciones, nuevos caminos y nuevas lecciones en las cuáles crecer.

Y en modo relacional: sin “los otros” no somos, no existimos, no vivimos. Lo que todos buscamos, en realidad -nuestro santo grial-, es que los otros nos quieran. De eso se trata la vida!

Cuando a cada uno nos llegue el momento -porque llegará- de mirar atrás, no lo recordaremos todo, solo recordaremos aquellos “momentos mágicos y especiales” que brillaron con luz propia muy por encima del resto. Y esa es la verdadera esencia de la vida.

Como decía George Carlin “La vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por los momentos que nos dejan sin respiración”.

¿Cuántos de esos hay en tu vida? 

Te propongo que te conviertas en un creador de momentos “que te dejen sin respiración”, de esos que te emocionan, te entusiasman, te apasionan,… te hacen sentir que estás vivo de verdad.

Son muchos los momentos en nuestra vida que pueden pasar a formar parte de esa categoría, si simplemente les dedicamos la atención que merecen y de forma consciente decidimos crearlos. Porque solo nosotros decidimos convertirnos en parte de aquellos humanos que vivieron en sus vidas la magia de un momento por el que les ha valido la pena vivir”.

Que así sea! 😉

Gemma Segura Virella


 

Escucha profunda

Hoy me gustaría compartir con vosotros una pequeña reflexión sobre el difícil arte de escuchar de forma profunda, un concepto que explica de forma excelente el maestro Thich Nhat Hanh en muchos de sus libros, como por ejemplo La magia del momento presente

A pesar de que creemos que sabemos escuchar, nos pasamos la mayor parte del tiempo sin hacerlo de forma atenta, consciente y verdadera. No escuchamos con verdadera atención, no estamos en cuerpo y alma con y para la otra persona.

Nuestra mente está centrada en que nos llegue el turno para replicar, aconsejar, contar nuestras cosas o realizar un discurso brillante.

Pero cuando no escuchamos profundamente estamos perdiendo una ocasión de establecer una conexión verdadera con la otra persona, para comprender lo que de verdad nos desea explicar, aquello que de verdad le preocupa o aquello que nos desea confiar.

En la mayoría de las ocasiones, la otra persona necesita únicamente que se la escuche. Que nuestra presencia atenta y consciente le ayude a disminuir sus aflicciones, preocupaciones o problemas. Escuchar profundamente puede ser un bálsamo curativo que deberíamos ofrecer más a menudo, escuchar profundamente es curativo. A menudo solo son necesarios unos minutos de escucha profunda para transformar al otro y que vuelva a sonreír.

No escuches para juzgar, criticar o valorar. Escucha para ofrecer a la otra persona la oportunidad de expresar.

Nada mejor que unas palabras de Leo Buscaglia para cerrar mi reflexión de hoy:

Cuando te pido que me escuches y tú comienzas a darme consejos, no haces lo que te pido.

Cuando te pido que me escuches y tú me dices “por que no debo sentirme así”, estás pisoteando mis sentimientos…

Cuando te pido que me escuches y tú sientes que debes hacer algo para solucionar mis problemas, me has fallado, aunque te parezca extraño…

Quizás sea por eso que algunas personas buscan la oración…

Porque el silencio no da consejos, ni trata de arreglar las cosas…

Solo escucha y confía en que solo yo, trataré de arreglarlas por mi mismo…

Entonces por favor, sólo escucha y óyeme… 

Y si tu quieres hablar, espera unos minutos que llegue tu turno y te prometo que yo sí te escucharé, seguro que así será…

Te lo prometo.


 

Después de ti no hay nada

TizianoTerzani en su magnífico libro “El fin es mi principio” habla con su hijo Folco sobre la muerte y la trascendencia. En una de las conversaciones deja caer una frase que tal vez no pase a la historia de la literatura pero que creo consigue resumir en un pensamiento algo que hace años yo trataba de traducir en palabras sin conseguirlo. Mientras le explica como de simple es el acto de morir, la poca relevancia real que tiene nuestra vida y aun menos nuestra muerte en el mundo o en la historia, señala un árbol y dice algo así como:

– Ves este árbol hijo ¿qué le importa a él mi muerte?

No es una frase que parezca contener misterio ni grandeza alguna. De hecho, en el mismo libro, el periodista deja caer algunas frases mucho más transcendentes y brillantes (como por ejemplo: “nos pasamos la vida tratando de ser algo y alcanzamos la muerte intentando no ser nada” o “este mundo es en realidad un gran cementerio más lleno de seres muertos que no de seres vivos”). Sin embargo, si la analizamos bien, esa corta declaración contiene – en mi opinión – el secreto de toda existencia, de la vida misma en su enorme simplicidad.

¿Qué somos desde el punto de vista de un árbol?

Nada.

Nuestra vida no significa nada para él ni mucho menos nuestra muerte. No le importamos, no le afecta nuestra visión egocéntrica de las cosas, ni nuestra tendencia a pensar en un futuro que tal vez nunca exista, ni nuestros miedos, ni nuestras ansiedades o necesidades. No le afecta nada de nosotros porque no somos nada para el árbol.

Vivimos en una agitación constante, buscando una identidad que en realidad ya tenemos, centrados en unos sentimientos que no controlamos, esperando una trascendencia que no comprendemos.

El árbol mientras tanto, se centra en vivir.

Nosotros en cambio, nos centramos en buscar.

Cuando se acerca el momento de morir, el árbol muere… sin más.

También nosotros morimos sin más. Y nuestra muerte no afecta más que a unos pocos seres cercanos que pronto olvidarán para seguir buscando.

Al árbol no le importa si reímos o sufrimos, si rezamos o gritamos, si avanzamos o retrocedemos, si aprovechamos nuestro tiempo o contemplamos como pasa la vida. No le importa nuestra vida y no le importa nuestra muerte.

Nuestra trascendencia, más allá de cada movimiento, de cada percepción o de cada silencio no es nada.

Llega la muerte y morimos.

Lo que importa es como vivimos.

Y aunque eso tampoco afecta al árbol, ni a la piedra, ni al pájaro que se desliza, ni al río que corre hacia su fin, es lo único que tenemos.

Es en este instante que existo,

cuando el sol surge en el horizonte.

Es en este mismo instante que vivo,

cuando la luz atraviesa la lluvia.

Vivir es tu aventura,

porque después de ti no hay nada.

Víctor Panicello