Las mejores cosas de la vida no se planifican, simplemente suceden

Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años. Abraham Lincoln.

Mi 2015 ha sido un año lleno de vida!!!

Hace justo una semana en una comida tertulia Xavier Guix nos recordaba que las mejoras cosas de la vida no se planifican, simplemente suceden. Surgen de repente, sin avisar, sin darte cuenta y de forma fácil, natural y rápida. Fluyen y se desarrollan sin previo aviso. ¿Cuantas de las mejores cosas que has vivido en 2015 las habías planificado? Miro atrás y recuerdo los últimos 364 días. Percibo que los mejores -y son muchos- están llenos de nuevas personas, nuevas sensaciones, nuevas emociones, nuevas perspectivas, nuevas risas, nuevos detalles, nuevas situaciones, nuevos sueños, nuevos abrazos, nuevos proyectos, nuevas formaciones, nuevos mundos y muchas sorpresas. Y la gran mayoría, no estaban planificados.

Mañana llamará a la puerta un nuevo año.

Me pregunto: ¿por qué tengo que tener claro todo lo que va a pasar en mi vida? El sentido de la vida se basa en vivir y experimentar cosas nuevas y en abrirse a la falta de certezas. El único condicionante es que no puedes vivir una vida con la que no te sientas satisfecho y en paz contigo mismo. Al final puedes planificar todo lo que quieras, pero tu verdadera esencia tiene su propio plan, uno que es completamente diferente al que tu mente racional intenta mostrarte y todo lo que tú puedes hacer es dejarte llevar. Tu alma sabe tu propósito, deja que ella y la fuerza creadora del universo decidan el cómo y el cuándo.

Así que sal ahí fuera y experimenta la vida a tu alrededor. Se indeciso e inseguro, sé curioso y déjate llevar. Entusiásmate. Haz algo que nunca antes hayas hecho, sin importar qué tan inseguro estés al respecto. No malgastes tu tiempo sintiéndote inseguro acerca del futuro.¿Quién sabe qué saldrá de eso? Deja que tu camino simplemente sea.

Por un 2016 lleno de grandes experiencias no planificadas.

Un fuerte abrazo.

Gemma Segura Virella


No dejes nunca de soñar ni de creer en la magia

Hace unos días Sonia me hacía una pregunta en Facebook: ¿Qué significa El Camino del Mago“? -el nombre de nuestro blog-.

Escribía en uno de los post hace algunos meses que todos llevamos un mago dentro (podéis leer el post desde este enlace).

A mi me gusta utilizar la palabra magia para referirme a la capacidad de transformar (alquimia) y a lo que no podemos explicar con palabras. Muchas veces, para referirnos a sentimientos como el amor, la felicidad o cuando nos pasa algo que no conocemos su causa, decimos que “hay magia”. Momentos en los que sabemos que algo especial e inexplicable acaba de suceder.

El trabajo del mago consiste en transformar lo ordinario en extraordinario. Romper leyes racionales para sentir y conseguir cosas extraordinarias. La realidad se puede ver de forma racional o, por el contrario, totalmente creativa. Se trata de pensar y actuar como un mago y ser capaz de ver la realidad de otras formas.

Los magos se preocupan, también, en como hacer felices al mundo, a las personas de su entorno. Eso se hace a través de compartir experiencias con aquellas personas que forman parte de nuestro camino, para dibujar lo que somos y todo lo que podemos ofrecer.

Todos llevamos un mago dentro, todos tenemos en nuestro espacio más interior una luz que nos guía para hacer realidad el plan que hemos venido a experimentar y materializar en la vida. Ese mago es quien conoce nuestro camino, nuestro plan vital, nuestro propósito. Ese Mago posee toda la sabiduría racional, emocional, corporal y espiritual: es nuestra verdadera conciencia. Y cuando lo descubrimos, recordamos y conectamos con quienes somos en realidad.

Nuestro mago interior posee todos los dones posibles e imaginables, pero uno de ellos es el que nos da luz y claridad a nosotros  y a quienes nos rodean y yo creo que ese don es nuestra misión vital. Ese don es lo que hemos venido a experimentar y a ofrecer al resto del mundo y para descubrirlo y ponerlo en práctica, necesitamos conectar con ese mago que todos llevamos dentro. La magia está en ti, de forma atemporal, libre de limitaciones, de prejuicios, de miedos, de desconfianzas…

Dejadme que, para finalizar, os cuente algo muy personal. Hace casi seis años me desperté una mañana con el firme propósito de hacer una parte del Camino de Santiago. Entonces no sabía que detrás de esa decisión se escondía la necesidad de un viaje interno en el que uno aprende a conocerse un poco más a sí mismo. Ahí se gestó mi Camino del Mago. Una experiencia inolvidable que me acompaña con el paso de los años.

De parte de los magos del camino…

Un fuerte abrazo. Os deseamos un Navidad llena de Magia y Amor. 

Sed Felices 😉


 

Ideas…

Si alguien tiene una gran idea, por favor, que no se lo cuente a nadie.

Es cierto que pensar cuesta… y todavía cuesta más que ese pensamiento se traduzca en algo que creemos absolutamente original. Sin embargo, cuando eso ocurre, no hace falta ir con el cuento a todo el que nos salga al paso. Tal vez no todo el mundo lo tenga claro, pero por si acaso vale la pena decirlo bien alto: “una idea no es nada”.

A menudo me encuentro con personas que me cuentan sus grandes ideas: literarias, de negocio, científicas, emocionales… Pensamientos que corren por su cabeza y que cambiaran el mundo.

Sin embargo, el 99% de esas ideas no pasaran de ser conexiones neuronales que no aportarán nada a la sociedad y solo frustración a quien cree que con eso ya lo tiene todo hecho.

La idea es solo el principio difuso de algo que necesita de mucho alimento para crecer hasta convertirse en algo trascendente. Pasar del pensamiento a la acción implica muchos pasos de esos que no suenan, que no lucen, que no se explican en las cenas con amigos, que no levantan pasiones ni aplausos. Por ejemplo: valoración de las oportunidades, compromiso personal con tu proyecto, planificación de los escenarios, revisión de las previsiones, ajuste de recursos, búsqueda de aliados y valoración de la competencia… riesgos.

Salir de los escenarios oníricos donde fluyen las ideas y llevarlas al barro cotidiano de la realidad es un camino que no muchos están dispuestos a recorrer. Arriesgarse a perder, descubrir que esa idea no era tan buena, ni tan original… duele.

Por eso la mayoría prefiere mantener la idea a salvo en su cabeza y nos atormenta a los demás en cuanto cae la segunda copa de vino en una comida cualquiera. Vivir pensando en lo que pudo ser siempre es mejor que vivir lo que nunca será, al menos para la mayoría de los que sienten ese cosquilleo de los elegidos, de los que tienen grandes ideas.

Salir a defender tu idea al ruedo de la vida es algo que deberías hacer si tienes el valor de aprender con cada derrota.

En caso contrario solo pido una cosa…. no me cuentes tus ideas.

Víctor Panicello


 

Mi madre se hace mayor

Mi madre va camino de los setenta años, ya está cerca de cumplirlos. Yo todavía no he cumplido los cuarenta, por poco. Cuando la veo hacerse mayor, lo que más me llama la atención es que no se da cuenta de cómo están cambiando sus habilidades, sus capacidades, su forma física. O quizás sí que se da cuenta pero no lo quiere aceptar, no lo sé. Debe de ser muy duro darte cuenta de que ya no puedes hacer algo que antes hacías sin dificultad.

Mi madre está en buena forma. Hace unos meses fuimos a pasar el domingo a un pequeño pedazo de tierra que tiene, nosotros le llamamos El Trozo. Hay en El Trozo unos pocos almendros y tocaba recoger sus frutos, que se hacen cada año más escasos. Nos pusimos a ello todos los hermanos y también mamá. Uno de nosotros se subía al árbol y lo vareaba y el resto recogía las almendras del suelo.

De repente, habíamos perdido de vista a mamá y la encontramos subida a uno de los almendros que queda más apartado. Mamá siempre nos cuenta cuando era pequeña e iba con su abuelo a recoger aceitunas. Su abuelo le hacía subirse a lo más alto del árbol y le decía: “Arriba, pequeña, sube más arriba…”, hasta recoger la última aceituna, la que quedaba en la rama más alta.

No me gusta decirle a la gente mayor lo que tiene que hacer, no me gusta tratarlos como a niños, por eso no me sumé al coro de los hermanos que le pedían que bajase. Estoy de acuerdo con ellos en que mamá no debería haber subido, pero mamá es todavía una persona adulta, por eso yo no soy quién para decirle que baje.

De todos modos, episodios como este me han hecho pensar bastante en cuando yo sea mayor. Seguro que no me daré cuenta de cómo voy perdiendo habilidades, capacidades y forma física. Me estoy fijando y veo que le pasa a mucha gente. ¿Por qué no a mí?

En Barcelona, veo cada día a personas mayores, o no tan mayores pero escayoladas y con muletas que cruzan las calles por cualquier lugar. Desde que he tomado conciencia de cómo nos hacemos mayores sin darnos cuenta, he dejado de cruzar las calles por el medio e intento esperarme a que los semáforos de los peatones se pongan en verde porque estoy seguro de que no me daré cuenta cuando llegue el día en que no pueda cruzar las calles corriendo. Y estoy convencido también de que aunque llegase a darme cuenta, no por ello sería capaz de cambiar un hábito profundamente arraigado. Por eso he decidido desaprender mis malos hábitos.

David Alvarez


 

 

De cajas y almas

Ayer bajé al trastero en búsqueda de algo que creí haber dejado allí en algún momento, pero que tras buscar de manera anárquica, comprobé que no fue así. Antes de apagar la luz y cerrar la puerta, me fijé en un par de cajas apiladas en una esquina en las que en uno de sus lados se leía en rojo “cosas varias”. Caí en la cuenta de que formaban parte de la última mudanza realizada hace cerca de 5 años y que en algún momento dejé ahí con la intención de abrirlas más adelante, pero sin duda pasó el tiempo y continuaron durante meses olvidadas en aquel rincón frío y oscuro.

Volví a entrar en el cuarto y me dispuse a abrirlas; el polvo acumulado era notable y en alguno de los bordes la humedad había comenzado a oscurecer el cartón. Reconozco que durante un instante, me sentí como un pirata que hubiera descubierto un tesoro y me dispusiera a abrirlo, esperando encontrar cientos de monedas de oro que alguien previamente hubiera escondido. Pero no, el contenido de la caja era de un valor económico mucho menor, pero contenía cosas que formaban parte de mi pasado; billetes de avión que parecen de una época lejaníiiiisima, algunas cartas de amor, fotos de antiguos amigos, recuerdos de viajes…todo estaba ahí y nunca lo eché de menos en los últimos años. Esto me hizo pensar en esas cajas como lugares donde dejar el pasado para vivir el presente. De tal modo que puedes acudir a ellas cuando quieras recordar algo, de modo consciente, viéndolo desde la perspectiva actual y sin tratar de juzgar ni cambiar nada.

Pero esta analogía no terminó ahí, sino que otros tipos de cajas se agolparon en mi mente con su correspondiente parte espiritual. Me vinieron a la cabeza las cajas negras de los aviones, donde todo queda grabado, como los diarios de las personas que quieren dejar escritas sus vivencias, pensamientos profundos…es probable que solo las busquen otros cuando una fatalidad haya ocurrido. Al abrirlas entramos en las entrañas del pasado, ese lugar donde convergen multitud de secretos.

Las cajas fuertes, que atesoran muchas veces dinero efectivo y efectos de valor, pero que también son testigos otras muchas de pruebas de actos de los que no te sientes orgulloso..si no quién los escondería ahí, ¿verdad?

Recordé aquella caja de plástico transparente donde mi hijo pequeño pasó sus primeros 6 días de vida, luchando contra un maldito líquido que había inundado uno de sus pulmones al nacer. Incubadoras. Allí permanecían los bebés con aspecto de felicidad, aunque seguramente libraban su primera lucha con la vida. Eran cajas cerradas donde según las efermeras se emulaba el entorno del útero materno. Yo la verdad que no veía el parecido por ningún sitio.

Y al final de la vida…una caja perpétua. Un lugar de descanso eterno. Esa no la volveremos a abrir más. Nuestra última caja.

Y me di cuenta de que durante toda la vida estarán con nosotros las cajas. Pero me quedé anclado en la imagen feliz del niño que logró vencer su primera batalla a la parca. Llegué a la conclusión mientras volvía a casa de que las cajas las creamos como partes gemelas de lugares recónditos de nuestra alma. El sitio donde dejar la parte de realidad, mientras en nuestro interior guardamos las lecciones aprendidas, las sensaciones, los recuerdos intangibles…

¿cual es tu caja?

Alvaro Alcántara