Semáforos rojos

Ayer, parada en un semáforo rojo, me preguntaba qué sería si todas las personas consiguieran aquello que se proponen, qué sería si todas hicieran para avanzar sin tener miedo a lo que vendrá, qué sería de un mundo donde el tiempo y espacio no importaran. Un mundo donde lo importante fuera SER.

Ayer, parada en un semáforo rojo, me preguntaba si la vida está llena de personas que esperan que alguien les diga qué uniforme deben ponerse, si la vida está llena de personas que esperan que les digan a qué hora se tienen que levantar, si la vida está llena de personas apresuradas por la vida, personas que caminan tan deprisa que no pueden parar para percibir cómo se sienten.

Ayer, parada en un semáforo rojo me preguntaba si vamos tan a prisa que ni somos conscientes de que el semáforo se ha puesto verde. ¿Nos habremos convertido en alguien que no queremos ser? ¿Vamos apresurados sin saber hacia dónde nos dirigimos? ¿Es la rutina nuestra dirección de cabecera?

Ayer, parada en un semáforo rojo, intuí que la vida está hecha para vivirla despacio, tan despacio que me de tiempo a llegar a su fin y estar siempre satisfecha de ella.  La vida está hecha para salir de casa, que alguien te sonría y te digas a ti mismo que todo está bien, a pesar de percibir que el resto del mundo vive apresurado.

Dice el maestro Thich Nhat Hanh, en uno de sus libros :

considerar que el semáforo en rojo es como una campana de conciencia que nos recuerda que debemos regresar al presente. La próxima vez que os encontréis con un semáforo en rojo, sonreídle, por favor, y volved a vuestra respiración. Inspirando tranquilizo mi cuerpo. Espirando sonrío. Es fácil transformar un sentimiento de irritación en un sentimiento placentero. Aunque sea el mismo semáforo en rojo, será distinto. Se habrá convertido en un amigo que os ayudará a recordar que solo podéis vivir vuestras vidas en el presente. 

La vida está llena de semáforos rojos. Pero la magia de ese momento y espacio nos ofrece un instante para sonreír, para inspirar y para agradecer ese momento de intimidad y presencia. Los semáforos rojos nos pueden recodar que solo existe el presente, el aquí y ahora.

Gemma Segura Virella


 

Yo confieso

Quiero confesarte algo. No puedo callarlo por más tiempo porque me no me siento bien con ello dentro. He de soltarlo para que lo sepas. No pretendo que hagas nada, ni digas nada. Es simplemente un grito descarnado, una voz en el vacío. Intento que todo sea normal, que la vida transcurra como siempre, pero no lo logro. Siempre caigo en mis tentaciones. Una y otra vez. Se que no está bien hacerlo y menos a tus espaldas. Quizá debiera haberlo reconocido antes, pero… ya me conoces, soy un cobarde. Por miedo a perderte me mentiría si con eso lo evitara. Un alma débil, eso es lo que soy. Pero lo mejor será que lo sepas. Es mejor que conozcas quién tienes al lado y decidir si merece la pena alguien que día tras día roba retazos de ti.

Son mis pasiones y no puedo renunciar a ellas:

Cada noche espero a que te duermas para hacerlo. Me incorporo despacio, sin hacer ruido y me siento en la cama. Te observo desde arriba, te contemplo. Adoro la quietud de tu belleza. A veces pasa el tiempo sin darme cuenta, hasta que te mueves o despiertas y es entonces cuando vuelvo a mi lado de la cama, con la felicidad de saber que estás a mi lado. Me apodero de cada recoveco de tu rostro dormido.

Te echo de menos cuando estás. Te levantas a media noche para ir al baño, me muevo hacia tu lado de la cama e intento adueñarme del olor que has impregnado en las sábanas y en la almohada. Lo hago para echarte de menos uno instantes y disfrutar del placer de volver a tenerte junto a mi cuando regresas. Y me apodero del frío que trae tu piel, bañándote de calor.

Me aprovecho de tu sueño profundo. Con el puedo recorrer tu cuerpo de cerca, sintiendo cada centímetro de tu piel, trazando un mapa de tí que guardo en mi mente para cuando no estás. Te aprendo a escondidas, multiplicaría tus rincones, dormiría en tus pliegues…

Robo tu risa. Cada sonrisa, cada carcajada, cada gesto de alegría lo atrapo en la retina y lo convierto en mío. Un acto de egoísmo.

Utilizo tus latidos. Con frecuencia te abrazo durante casi un minuto sin un aparente porqué. Siempre me miras con gesto de comprobar que todo está bien hasta ver que te sonrío. Te estoy mintiendo. Me aprovecho de los latidos de tu corazón, acercando el mío todo lo posible al tuyo, hasta casi tocarse, para acompasarlos y que los latidos se produzcan a un mismo tiempo. Es mi particular manera de robarte el corazón.

Pero no solo eso.

También te robo parte de tu paz interior. Te utilizo para calmar mi ansiedad. Son varios los mecanismos que uso. Cada cual más vil. Uno consiste en acariciar tu pelo durante el tiempo necesario hasta que se aplaque mi angustia. Otro utiliza tus manos para que recorran mi cuerpo y vayan sanando cada espacio que tocan. Otro recorre tu cuerpo con mis manos sin tocarlo, simplemente haciendo que tu calor y el mío sean uno solo. Nunca te lo dije pero es así. Tu me sanas

Sueño con no tenerte. Supongo que no lo sabes, pero algunos días, cuando sales de casa te sigo a cierta distancia observando como la luz besa cada uno de tus pasos. Me imagino que te acabas de cruzar conmigo y que no te conozco de nada. Y pienso en la suerte que tendrá el tipo que comparte tu vida. Llego a creérmelo, lo sueño despierto. Entonces aunque consciente me despierto y disfruto del placer de saber que ese tipo afortunado soy yo. Otro acto de egoísmo puro

Perdiste una diadema aquel fin de semana que viniste a mi casa, ¿lo recuerdas? No la perdiste; yo la escabullí para esconderla bajo mi almohada y que mi mano tropiece con ella cuando estás ausente. El olor de tu pelo sigue ahí, en ella, recordándome como me conviertes en cristal cada vez que me miras.

Muchas veces de las que te dije te quiero no era verdad…. o solo a medias. Porque muchas de esas veces, después de decírtelo te he mirado a los ojos con la esperanza de que me leas el pensamiento y escuches esa voz interna que está gritando mi verdadera realidad: que quiero fundirme en tu alma. Pero soy un cobarde y no lo grito. Solo te miro.

Mil veces me he preguntado cómo lo haces. Donde está tu secreto, como demonios consigues hacer que te desee una y otra vez cada instante que te acercas a mi, haciéndome vibrar, acelerando mi pulso, provocando un jadeo que a duras penas puedo ocultar.

No es solo deseo, es poder comprobar que después de hacer el amor contigo sigo enamorado de ti.

No pude evitarlo, lo siento. Hago todas estas cosas a escondidas, en secreto, sin que lo sepas. No se si pertenecen al reino de lo permitido por la pasión o de lo prohibido por el amor. Quizá pienses en preguntarme algo, en saber algo más, en descubrir los porqués. Mejor no lo hagas. Déjame con mis mentiras, mis secretos, mis deseos ocultos…me impulsan a amarte cada vez más.

Álvaro Alcántara


 

La vida tiene muchas lecturas

Me gustaría compartir el siguiente poema. Pero te propongo un reto: debes leerlo dos veces. Sí, dos veces. ¿Por qué? Cuando llegues al final lo descubrirás!

Soy parte de una generación perdida
Y me niego a creer que
Puedo cambiar este mundo.
Sé que tal vez puede ser chocante, pero
«La felicidad viene del interior»
En realidad, es una mentira.
El dinero me hace feliz
Y a mis treinta años le diré a mi hijo que
Él no es lo más importante en mi vida.
Mi jefe sabrá que
Tengo mis prioridades porque
El trabajo
Es más importante que
La familia.
Escucha:
Desde hace mucho tiempo
Las personas viven en familias
Pero ahora
La sociedad ya nunca más será como antes.
Los expertos me dicen que
Dentro de treinta años celebraré el décimo aniversario de mi divorcio.
No pienso que
Viviré en un país de creación propia.
En el futuro
La destrucción del medio ambiente será normal.
Nadie cree que
Conservamos nuestro bello planeta.
Y, por supuesto,
Mi generación ya está perdida.
Es tonto suponer que
Existe una esperanza.

Ahora lee el poema de abajo hacia arriba.

¿Sorprendente, verdad? El poema pretende simbolizar dos lecturas totalmente opuestas del mundo. La vida también se pueden leer y vivir en varias direcciones, tu escoges la dirección que deseas que tenga la tuya.

¿Te atreves a cambiar de dirección?

Gemma Segura Virella