El arnés espiritual

Cuando algo nos paraliza en la vida cotidiana porque no podemos ver la solución al momento, tal vez deberíamos seguir el consejo de un instructor de escalada (me lo contó una amiga): dar el primer paso y confiar en que mi nueva posición me revelará un camino que antes no podía ver. “¿Qué pasa si no encuentro nada de dónde agarrarme?” “Siéntate en el arnés y vuelve a intentarlo.”

En mi vida cotidiana el arnés no es físico. Es algo totalmente inmaterial. He descubierto que para sentirme serena y segura, necesito confiar en un sistema de seguridad al que yo llamo espiritual. No son más que un conjunto de valores, objetivos, pensamientos y comportamientos que serenan mi mente incluso ante las situaciones más desafiantes. Sea cual sea el problema, tengo que hacerlo consciente. ¡Qué fácil parece así! Percibo que esta conciencia es la base del éxito más allá del éxito.

Lo mismo que aconsejo a cualquier empresa, proyecto o colectivo. Sea cual sea el proyecto, hay que hacerlo consciente. El éxito de cualquier proyecto o empresa, más allá del éxito, se orienta a los valores esenciales, dejando de lado los conceptos superficiales; hay que orientarlo a los objetivos incondicionales por encima de las metas condicionadas, hay que orientarlo a la integridad del proceso en lugar del logro de resultados. Si bien el éxito no está garantizado, podemos participar del juego expresando plenamente nuestros valores. Cualquiera que sea el resultado podemos demostrar cualidades admirables: honestidad, coraje, respeto, decisión y sabiduría para enfrentar los desafíos.

Cuando actuamos en alineamiento con nuestros valores más elevados nos invade una sensación de paz interior. Aunque no logremos el éxito, sentiremos el orgullo de haber mostrado un comportamiento auténtico. Tal vez tengamos que tolerar la tristeza y la desilusión de la derrota, y las consecuencias del fracaso, pero lo haremos con aplomo. Cuando logramos el éxito más allá del éxito, estas derrotas no son más que leves ondulaciones en el gran lago de la autoconfianza.

Una sólida confianza no depende de resultados exitosos. Cualquier iniciativa implica un riesgo, hay miles de factores que no podemos controlar, capaces de hacer fracasar incluso los planes mejor diseñados. Una confianza inquebrantable se funda en el éxito más allá del éxito, en la expresión de nuestros valores más profundos aun al enfrentar las circunstancias más difíciles. Una filosofía del éxito más allá del éxito (lo que yo denomino la conciencia del éxito) nos permite afrontar riesgos que sin ella nos desalentarían; nos ofrece la seguridad de saber que hemos hecho nuestro máximo esfuerzo, y que aun cuando nuestras acciones no fueron suficientes para lograr el resultado deseado son suficientes para conservar la dignidad y la autoestima. Esa seguridad, incluso ante el riesgo, nos permite disfrutar la vida en plenitud. Quien se libera de la preocupación por el resultado y actúa de acuerdo con sus valores más elevados puede apoyarse en su integridad incondicional, dice Bhagavad Gita.

En el Bhagavad Gita, Krishna le enseña a Arjuna a entrar en combate para lograr el éxito más allá del éxito. En el lenguaje de la psicología moderna, Krishna le enseña a su discípulo a actuar en estado de “flujo” y convertir cualquier situación, incluso si implica un conflicto, en una experiencia óptima. En su primera instrucción está la clave del éxito más allá del éxito: despreocuparse del resultado y actuar de acuerdo con la propia naturaleza o virtud. “Cumple tu deber con la mayor dedicación, oh, Arjuna, concéntrate en la Verdad, abandona la preocupación y el apego por los resultados, y conserva la calma en el éxito y en el fracaso. La ecuanimidad de la mente es el karma yoga. Trata del mismo modo el placer y el dolor, la victoria y la derrota, la ganancia y la pérdida, compromete todo tu ser en la tarea. Si actúas de este modo, lograrás la salvación.” Esta es la paz fundamental de la mente, el arnés inmaterial que convierte cualquier situación peligrosa en un noble desafío.

Para alcanzar la liberación es necesario que abandonemos el apego por los resultados y hagamos de cada acción una ofrenda a los valores más elevados.

En sánscrito Namaste significa “me inclino ante ti”. Es más que una expresión de cortesía, porque hay en ella una profunda conciencia del otro. Namaste también puede traducirse como “saludo a la Luz Divina que brilla en ti”. Cuanto más pronunciamos este saludo, más lo valoramos. Advertimos que nos inspira a actuar con benevolencia y compasión. Es difícil ser cruel con una persona después de haberse inclinado ante ella, teniendo siempre presente que es divina. No hace falta que digamos “Nameste”, cuando decimos “Hola” podemos pensar igualmente “saludo a la Luz Divina que brilla en ti”.

Feliz semana y Namesté.

Gemma Segura Virella


 

No molesten “Estoy creciendo”

Hay momentos en la vida en los que deberíamos colgar un cartel en la puerta que dijera: “No molesten, estoy creciendo”. Momentos en los que te comprometes contigo mismo y con la vida y decides dar unos cuantos pasos más.

Me gustaría compartir algunas señales que personalmente me indican que estoy en algunos de esos momentos, momentos en los que:

  • Dejo ir lo que no me hace bien: Para mí ha sido muy importante aprender a retirar de mi vida aquello que me daña, que me ata al pasado o que me impide avanzar. Para mí es una habilidad clave para alcanzar el éxito en cualquier cosa que emprendo. Existen situaciones, personas y experiencias tóxicas y cuanto antes las dejes ir, antes avanzarás. 
  • Aprendo de los errores: ¿Quién dice que equivocarme debe convertirse en un flagelo para toda la eternidad? De los fallos he sacado muchas enseñanzas; el perfeccionismo, por sí solo, sirve de muy poco. Es bueno equivocarse y saber qué cosas es mejor no volver a repetir. Esto cambia completamente nuestras perspectivas y nos ayuda a emprender nuevos proyectos; esta vez, más exitosos y ambiciosos. ¿Por qué? Porque la experiencia me guía.
  • Evito las quejas: Esta es, sin duda, una de las señales más destacadas de haber crecido emocionalmente. Las personas que se pasan todo el día criticando, solo logran aumentar la negatividad y el pesimismo a su alrededor. Si actúas o resuelves más y te quejas menos, es porque estás creciendo. Un secreto: esta me ha sido siempre bastante fácil 🙂
  • Celebro los éxitos ajenos: Aplaudir y sentirme feliz, de verdad, cuando a los otros les va bien; es sinónimo de madurez. Esto quiere decir que no los envidio, que comprendo que se han esforzado y que soy capaz de reconocer sus trabajos y resultados obtenidos, conjuntamente con ellos.
  • Tengo relaciones menos conflictivas: No quiere decir que todo será siempre “paz y amor” (que debería ser el gran objetivo, para qué negarlo) pero evito las peleas y las discusiones porque me generan conflicto interno. Llega un día en el que descubres que no tiene sentido querer llevarte el mundo por delante a cualquier precio. He aprendido a ver, mirar y reconocer el lugar del otro, a intentar llegar a un acuerdo antes de confrontar, que las peleas son una pérdida de tiempo y que es mejor buscar una salida digna para todos. Es aquello de “mejor ser feliz que tener razón”.
  • No temo pedir ayuda: Hasta hace un tiempo (cuando aún no había crecido lo suficiente), consideraba que solicitar ayuda era una forma de mostrar debilidad ante la otra persona y no me lo permitía. Sin embargo, he comprendido que es una señal de reconocimiento y confianza en el otro. No puedes hacer todo tú solo siempre, es bueno ser humilde y reconocer cuándo se necesita ayuda, que es más a menudo de lo que parece.
  • Sé lo que quiero: Te despiertas un día y descubres que la incertidumbre del futuro forma parte de la vida. Descubres que todo pasa y todo llega, pero lo que siempre queda eres tú, con tus deseos, tus propósitos, tu felicidad, tu vida y la vida de quiénes te acompañan.

Ahora sé que siempre llevo colgado un cartel que dice: No molesten, Estoy creciendo 😉

¿Me explicas tus momentos “Estoy creciendo”? 

Gemma Segura Virella


 

La envidia

Pecados capitales

Soberbia, avaricia, ira, lujuria, gula, pereza, envidia…con estos siete nombres, el cristianismo resumió los vicios del hombre. Capitales no por su importancia, sino porque – según definió Santo Tomás de Aquino – estos 7 dan origen a todos los demás.

¿Se dan en todas las culturas y creencias?¿Todos nosotros tenemos uno o varios?¿Algún superhéroe se libra de contar con alguno de estos defectos?

Sin duda son fruto de los sentimientos del ser humano y forman parte de sus debilidades. Unos causan daños más graves que otros y no están igual de bien o de mal vistos todos por igual. Vamos a adentrarnos en las entrañas del ser humano ibérico analizando cada uno de estos: son nuestros pecados capitales.

La Envidia

Es curioso que un pueblo generoso y acogedor como el español, sea uno de los más envidiosos del universo conocido. Sin duda es nuestro principal defecto. No en vano hemos tenido “el morro” de acuñar la locución “envidia sana”…como si añadiéndole tal epíteto al sustantivo le hubiéramos dotado de ciertos poderes curativos o sanadores sobre nuestras conciencias. Por ahí van los tiros.

La envidia es un sentimiento que al que lo padece le genera desasosiego por no poder contar con parabienes con los que cuenta uno o varios de sus semejantes. Diría que en el caso español, además le añadimos un matiz que lo vuelve aún más dañino; si yo no lo puedo tener, que no lo tenga otro. Es decir, si hay algo que ansiamos tener que tiene otro, ¡deseamos que ese otro incluso lo pierda! “si total, para lo que lo va a disfrutar…” o “le viene grande”, sin olvidarnos del gran axioma: “qué mal le sienta..”. Si, o quizá al que le sienta mal es a ti que el otro lo tenga y tu no.

Creo que España es el único país, incluso yo diría rincón mundial en el que lejos de alegrarnos del éxito de nuestros paisanos, nos cabrea. Dejamos que tengan un poquito de éxito, pero eso de que triunfen…eso ya es otro asunto.

El lenguaje ha encontrado múltiples maneras de “matizar” el elogio por muy merecido que este sea, por ejemplo la expresión que pronunciamos constantemente y que sin duda no somos conscientes de lo simbólica que es: hay que reconocer que Fulano es buen cantante (o buen pintor o fontanero o lo que sea). Es decir, tenemos que hacer el esfuerzo de aceptar incluso contra nuestra voluntad que alguien posee una virtud que muy probablemente nosotros no tengamos o la tengamos en menor medida.

Otra extraña y no menos graciosa forma de elogiar sin hacerlo es utilizando la expresión negativa contraria a lo que queremos elogiar: anda que ese va descalzo (conduciendo un cochazo) o es pequeño el jodío si es un hombre corpulento…

Luego está la manía de buscar siempre una razón externa que sin duda justifica la virtud, el logro o la hazaña de nuestro paisano o bien el buscar un lado negativo que enturbie su éxito:

“Es buen político, pero como persona…” o al contrario, si es un buen hombre: “si pero como científico…”.

El caso es buscar la tara, el fallo que minimice lo logrado y nos haga sentir mejor. Si el hijo de la vecina ha sido el primero de su promoción: “si es que ese es un enchufado”. El primero de la clase: “el pelota, claro, ¡como no va a aprobar todo!”. El ataque al familiar también es frecuente: “ya quisiera su hermano escribir como el” o “los hijos no han salido igual, ¿verdad?”

También pensamos que el que logra adquirir un bien apreciado lo hace sin duda para provocar nuestra ira, por ejemplo el amigo que se compra el cochazo que nos gusta: “ese se lo ha comprado para fastidiarme a mi. Total, seguro que eso gasta un montón. Mi Seat córdoba es un mechero y me lleva igual…”

España es el único país donde decir una frase como “que bien juega al fútbol el cab….” es un elogio. La palabrota no tiene nada que ver, es como el tributo que ha de pagar el otro por ser elogiado. ¡No vamos a elogiarle gratis!

La lista de frases, chascarrillos y podría ser interminable. Otra curiosa es: “nunca segundas partes fueron buenas”, como diciendo que si has tenido éxito una vez el destino jamás permitiría que repitieras, por favor, solo faltaba eso..

¿Tendrá algo que ver la envidia en que España cuente con tantos y tan largos programas del corazón donde está permitido el escarnio público? La impunidad de “poner a parir” al otro sabiendo que formas parte de una legión de insultantes anónimos produce un alivio de nuestros males diarios, seguido de una redención masiva cuando preguntamos al día siguiente en el trabajo “¿viste ayer en la tele a fulanita que está saliendo con menganito? “ y acto seguido un sinfín de críticas que demuestran que están juntos bien por algún interés económico, mediático..a este deporte de la crítica gratuita, el vituperio y la mortificación personal le hemos puesto nombre también los españoles: cortar trajes.

El criticado debería darse por aludido y rectificar su vida de inmediato, ya que el español como todo el mundo sabe se encuentra en posesión de la verdad absoluta (soberbia) y solo el sabe como dirigir correctamente los destinos de todas y cada una de las almas que habitan la piel de toro…quizá antes de criticar al otro debiéramos ponernos en sus zapatos.

Es curioso escuchar los comentarios de muchos españoles cuando salimos al extranjero. Por mucho que lo que veamos en nuestro país de destino sea mejor que lo que tenemos nosotros, siempre encontraremos “alguna cosita” para criticar lo que estamos viendo echando por tierra la magnificencia de lo que tenemos ante nuestros ojos, con tal de no aceptar que en algún lugar del planeta hay alguien más listo, avispado, manitas o lo que sea que nosotros:“como en casa en ningún sitio”, porque sin duda el que sentencia ha visitado ya todos o casi todos los países del mundo para afirmarlo… “en España se come mejor que en ningún otro lado del mundo”..si, dale tu a un chino un arroz con leche a ver lo que te dice. “en España tenemos una calidad de vida que no tiene nadie”…en fin, que somos los mejores, qué le vamos a hacer.

Decía Jorge Luis Borges que la envidia es algo muy típico de los españoles y que siempre está presente porque cuando nos referimos a algo bueno, decimos que “es envidiable”. Es decir, que ya le otorgamos a algo la capacidad de ser envidiado en cuanto alguien lo posea y nosotros no podamos.

Agustín de Foxá fue diplomático, dramaturgo, aristócrata, hombre adinerado y con gran éxito en la vida que además estrenó una obra de teatro en Madrid llamada Baile en Capitanía que llenaba noche tras noche. Al ser felicitado por un amigo suyo por tal cúmulo de éxitos le contestó: “Es demasiado, ¿verdad?. Yo ya he empezado a correr el bulo de que tengo una úlcera de estómago”. De alguna manera tenía que infligirse a si mismo un defecto para compensar un poco.

Los refranes que pueblan el acervo español son numerosos y como siempre dan reflejan una imagen certera de la idiosincrasia del español. Algunas muestras:

A buena suerte, envidia fuerte

Más vale ser envidiado que envidioso

La envidia sigue al mérito como la sombra al cuerpo

Y luego las acusaciones al pueblo de al lado (o ciudad, pedanía, barrio o región) donde a tenor del refranero pareciera que no hubiese una sola mujer decente:

En Salamanca la que no es puta en manca

De Daroca, o puta o loca

Toledanas, putas tempranas

Las redes sociales han irrumpido en todas las latitudes con fuerza y en España no iba a ser menos. En ellas podemos espiar al amigo, al cuñado, al vecino de forma legal y autorizada por ellos mismos y darle al “me gusta” cuando en realidad deberíamos cambiar el emoticono por el de “¡Jó que envidia!”

En resumen, que somos unos envidiosos y yo el primero.

Alvaro Alcántara


 

¿De verdad?

Hoy he leído algo que me ha hecho ver la luz: “fragmentamos el conocimiento, lo que es parcialmente cierto puede ser totalmente falso”.

Y entonces lo he entendido casi todo.

Esa debe ser la razón por la que algunos se aferran a verdades parciales para hacer de ellas un paradigma sobre el que no cabe plantear duda alguna.

Amo a Descartes (aunque algunos lo acusen de plagio) y su duda metódica. Es en el dudar de las cosas (de todo, si no, no vale) cuando se avanza hacia el conocimiento y esa verdad esquiva que se ríe de nosotros. Nada de lo que somos, creemos o amamos tiene sentido si no es verdad… o eso creía yo.

Con el tiempo, me he dado cuenta de que aceptamos la mentira porque nos aporta seguridad. Y en este mundo que vivimos, la seguridad lo es todo. Preferimos estar seguros de algo, aunque sea falso, que dudar de todo hasta que encontremos la verdad.

La certeza nos proporciona una vida cierta y estable, aunque sea un espejismo.

La incertidumbre nos emociona pero nos plantea una imagen borrosa del futuro.

Cuando alguien se atreve a inmiscuirse en nuestro precioso escenario vital (cartón piedra del malo) para mostrarnos que aquello a lo que nos aferramos es puro humo, tenemos dos opciones: aceptarlo y seguir a Descartes hasta el “cogito ergo sum” o darle la espalda y tratar de refugiarnos bajo ese establo que creíamos palacio.

En ese momento, aunque no lo creamos, aparece el carácter de cada uno, ese barro moldeable que según como se forje nos convierte en fango o en roca. Solos frente al espejo, surge una de estas dos preguntas: ¿Puedo vivir sin conocer la verdad de las cosas? Si respondes que no… a por Descartes; si respondes que sí, acepta que, después de todo, la verdad está sobrevalorada y ¿quién dijo que nos hace más felices?

Odiemos a los voceros que vienen a perturbar nuestro amable placebo y tratan de obligarnos a mirar más allá de la niebla. Linchémoslo en la plaza publica mientras nos mentimos los unos a los otros hasta aceptar que estamos en posesión de una verdad (no de la verdad, pero que nos importa al fin y al cabo, si esto son dos días).

Sera entonces cuando podremos unirnos a otros en hermandad plena y fundar un partido político, un club de fútbol, una secta o una religión o incluso, si somos menos imaginativos, un club de lectura.

Alguien dijo una vez que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. No estoy de acuerdo: una mentira común que todos aceptamos como tal, es la verdad.

Víctor Panicello