Amo con mayúsculas

Diario de una exploradora emocional: capítulo 7

Dicen que si quieres una flor la arrancas para llevártela y si la amas la riegas y la cuidas allá donde esté.

Y explorando mi vida me asombro y me sorprendo detectando esos instantes, ocasiones, situaciones o personas que dan, en mí, forma a esa cita.

Me he dado cuenta de las mil y una personas o cosas que amo, pero que AMO con mayúsculas. Amo incondicionalmente a mis hijos y creedme que a veces es difícil sostener la cordura. Amo infinitamente a mis padres, como nunca antes lo había sentido. Amo a mis hermanas de alma y de vida de un modo que no podía haber imaginado, a mis amigos, a los que amor verdaderamente, les doy y daré todo lo que soy en cualquier circunstancia y ocasión. Sin juicio, independientemente que compartamos opinión, criterio o tiempo.

Amo la vida en sobremanera, amo los momentos de conciencia plena, las canciones a gritos en el coche, bailar en medio de la cocina, ver salir el sol desde mi ventana, dejarme cuidar por la esteticista, meditar y dar gracias por lo que soy, animar al equipo de futbol de mis hijos, disfrutar de una buena comida, de una carrera bajo la lluvia, ver una puesta de sol desde el agua, reírme de algo hasta llorar y que se me doblen las piernas, tomar cervezas con los amigos, disfrutar del sexo con todos sus matices, oir el sonido vacio del mundo submarino, poner sellos en mi pasaporte. En fin, contabilizar verdadero tiempo vivido…

Y me doy cuenta de que a veces no estoy amando, estoy queriendo algo o a alguien. No permito que las cosas sean, sino que me encabrono con algo y mi niña caprichosa pelea por ello.

Y si peleo permito a mi mente y a mi ego que intervenga, que me dirija. Que aparezcan miedos y el amor no me ilumine. Soy capaz de dejar de ver al otro y sus necesidades, no respetar su voluntad o verdadera naturaleza, no le permito SER. Vamos … ¡que si fuera flor la arrancaba!

Así que me escucho y observo con delicadeza para aprender a diferenciar cuando amo o quiero, y revisarME.

Patrícia Arner Gusart


 

La realidad es pura ficción

Hace tiempo que leo teorías que hablan de esa construcción de la realidad que nuestro cerebro, mentiroso y complaciente, va efectuando día a día y cambiando constantemente.

Readaptando.

Y yo creyendo que sé lo que pasa a mi alrededor o, peor aún, cual es mi historia, mis recuerdos, mi identidad. Al final, todo se basa en una cierta ceremonia de la confusión, en un marasmo de sensaciones que, reales o no, componen lo que creemos que nos singulariza como personas.

Y no es así.

El cerebro es adaptable, plástico, maleable, flexible, dúctil… en definitiva, falso. Maneja el caos con indigencia, con la pereza de quien no siente necesario el rigor y si en cambio la coherencia. Por eso entremezcla verdades y mentiras, sensaciones e imaginaciones, certezas y deseos. Trabaja con la tranquilidad de un constructor veterano que sabe que lo que realmente cuenta no es que cada ladrillo enganche a la perfección con el siguiente, que cada pieza ensamble limpiamente con la de al lado, con la de arriba y con la de abajo. Lo que cuenta, es que el edificio crezca y acabe aguantando muchos años. Y para eso, para unir las piezas, ya tenemos el cemento.

Hablemos del cemento.

Moldear esa pasta informe con la que enlazamos las piezas para formar un muro y los muros para formar edificios es lo que hace nuestro cerebro a todas horas. Construye muros solidos a base de medias verdades, recuerdos confusos, sensaciones ajenas y algo de realidad pasada por el tamiz del momento, de la oportunidad, del espíritu o del psicotrópico oportuno.

Por eso todo tiende a cuadrar cuando, ya solidificada la masa, nos lo presenta como verdad irrefutable de lo que somos y sobretodo de lo que fuimos, Y a eso nos aferramos, a una identidad que construimos creyendo que es una, grande y seguramente libre.

Pero vivimos en una ficción continua y apenas nos damos cuenta.

A veces, solo a veces, tenemos una pequeña intuición de que algo falla, de que nuestro Matrix particular nos está vendiendo como producto terminado y homologado algo que realmente está compuesto de retales y de cables sueltos.

Por suerte esa sensación acostumbra a durar poco.

No vaya a ser que descubramos la impostura de una historia que nos ha llevado toda la vida construir. No vaya a ser que decidamos no mentirnos más y entonces no sepamos bajo que árbol cobijarnos.

El día que descubramos que nuestro maravilloso cerebro, ese músculo (en realidad víscera, pero no suena igual) no es en realidad como un supercomputador sino más bien como una enorme planta de residuos, entenderemos que eso que llamamos realidad no es más que una película mal empalmada de lo que nos gustaría ser y nunca seremos.

Sin embargo, ¿a quién no le gusta la ficción.?

Víctor Panicello


 

Colores

Hoy, quizá lo mejor sea dejar que me hablen tus colores,

como tu azul, el color del agua de aquellos días íntimos

donde escapábamos unas horas para lograr parar nuestro loco mundo

y traer de nuevo a nosotros el vestigio de días donde todo comenzaba

Ocres que traen recuerdos de otoños, de días de adorarte frente al fuego

de música de fondo y olor a humo, de recetas ancestrales, de ambiente de paz,

de vino que te transporta a ese espacio donde te reencuentras con el alma,

ese espacio efímero en que por un instante vives el instante, cálido y amable

Amarillos que recuerdan tu pelo, siempre suave, donde hundir mis dedos,

donde atraer tu cara hacia la mía y acercarte un beso, largo, atento,

que me hace recordar la importancia de lo importante, la esencia de estar vivos,

porque no hay nada más vivo que un beso espontáneo y valiente.

Negros y grises, colores de otra época, de ambientes góticos y noches inolvidables

donde se detenía el tiempo y nada ni nadie nos detenía a nosotros

y donde elegíamos lanzando una moneda al aire para que el azar trazase nuestro destino,

aceptando ese destino como parte de nuestro juego

Llamo a voces al color blanco para que lo tape todo y nos deje una hoja,

un papel por escribir, un hogar para miles de palabras que habrán de salir,

poco a poco, caprichosas, llenando de sentido renglones del alma,

gritando frases que resuenan en las esquinas de los corazones…

Álvaro Alcántara


 

Que guapa estoy

Qué guapa estoy cuando no me doy por vencida.
Cuando me quito los miedos y me dejo llevar.
Qué guapa estoy cuando vibro sin que nadie me empuje.
Cuando sé lo mejor que hacer.
Qué guapa estoy cuando asumo las consecuencias de mis acciones, a pesar de arriesgarme a perder.
Cuando confio y me entrego a mi cuerpo.
Qué guapa estoy cuando soy justa conmigo y con la gente.
Cuando agradezco las cosas buenas que viven en mi camino.
Qué guapa estoy cuando me salen solas las sonrisas.
Cuando ofrezco mis manos sin esperar nada a cambio.
Qué guapa estoy cuando tengo tacto y sentido de equidad.
Cuando predico lo que hago y digo lo que predico.
Qué guapa estoy cuando me permito reírme de mi misma.
Cuando concibo la vida y sus circunstancias desde el humor.
Qué guapa estoy cuando dejo atrás lo que pasó, para centrarme en lo que está pasando.
Cuando me hago valer, y no dejo que me quieran menos de lo que merezco.
Qué guapa estoy cuando sueño y salgo ahí fuera a cumplir mis sueños.
Cuando sé que no existe casi nada imposible.
Qué guapa estoy cuando soy fuerte.
Cuando me levanto después de una caída, cuando cambio de piedra porque ésa ya está harta de mi.
Qué guapa estoy cuando aprendo, cuando sé lo que valgo, lo que merezco.
Qué guapa estoy cuando soy sincera y franca, oponiéndome a las decisiones de cualquiera.
Qué guapa estoy cuando lucho contra las adversidades y busco soluciones.
Cuando medito internamente sin juzgar ni dejar que otros lo hagan.
Qué guapa estoy cuando entiendo que mi mayor error es dejar que la cabeza silencie mi corazón.
Cuando la sensibilidad, la bondad, la humildad, la confianza y el agradecimiento se convierten en mis fundamentales.
Qué guapa soy cuando me comprometo con lo que me da y tiene sentido.
Cuando me permito ser en toda mi autenticidad, también estoy guapa.
Gemma Segura Virella

No soy una adulta normal

Diario de una exploradora emocional: capítulo 6

Hace unos días mi hijo mayor volvió a dejarme boquiabierta… Tiene esa capacidad abrumadora de hacerlo constantemente, a veces mi niña bien visible se cabrea como una mona con él por ello.

Íbamos al colegio en el coche y sin venir a cuento comentando la crítica hacia un musical que al parecer acaba de estrenarse me suelta que no soy una adulta normal, al uso… que no soy como la mayoría, como los que estamos escuchando por la radio, como su padre, como los profes, que soy distinta…. Divergente, como la peli. ¡Jo Der!

Tiene doce años, imagínate como vuelan sus hormonas a ratos y suelta esa perla, sin decirlo despectivamente… ¡Dios! Quiero que ese instante quede congelado en el tiempo y cuando lleguen esos días en los que me odia más veces que me ama, se acuerde que su madre la que le gruñe y le reprime cosas es divergente.

Bien, os cuento esto porque evidentemente me da para meditarlo y mucho. No obstante no sé si sois conocedores de la película “Divergente”, es una película americana del 2014 basada en una novela de Veronica Roth en la que (no contaré mucho, vale la pena verla) se divide la sociedad por facciones y en función de sus habilidades deben dedicarse a un proyecto en la vida bien concreto. Si obvias la parte fantasiosa y de efectos especiales, tiene un fondo muy, muy potente y una profundidad que mueve por dentro. Evidentemente me encanta y la he visto con ellos dos o tres veces.

Como os digo me parece brutal que alguien que me conoce tanto, que me ve en los peores y en los mejores momentos pueda calificarme de tal manera.

Yo no pretendo ser colega ni amiga de mis hijos, pero si pretendo ser y mostrarme como una persona que es madre. Y digo persona delante, porque no quiero que las creencias establecidas y estipuladas sobre las madres me pesen y me jodan su educación. Porque ser madre genera automáticamente emociones como el amor incondicional y la entrega en mil ocasiones, pero nunca debe hacerte olvidarte de quien eres tú, de tu verdadera identidad y ésta, no tiene límites de parentesco.

Quiero y me muestro como soy y mis sensaciones, emociones, pensamientos y acciones procuro que sean siempre las más mejores y más adecuadas para mí y para mí con ellos, y para mí con los demás y para mí con el mundo. Porque si soy lo más próxima a mi auténtica y verdadera identidad, desde el amor, probablemente seré la mejor versión de mi misma y por tanto de persona, de madre, de hija, amiga, compañera.

Y seguramente la cagaré una y otra vez, como todos. Seré el peor espectáculo y la más negativa de las compañías, en ocasiones. Porque en ese momento no seré capaz de estar mejor. Pero eso, y el aprendizaje que estaré realizando, será lo mejor que me podrá pasar, lo mejor que podrán vivir, porque es la realidad de todos y de todas. Seamos madres o no, porque somos personas. Con sensaciones, emociones, pensamientos y acciones que son siempre cambiantes, que deben ser siempre auténticas y que amorosamente son las mejores que pueden estar ocurriendo en ese instante.

Ser divergente para mí significa no encasillarse en ningún lugar que no sea mi verdadera identidad y tampoco permitir que nadie lo haga por mí. Trabajarme para permitirme Ser y para que los demás sean quienes ya son, aunque a veces no lo recuerden, o aunque el proceso de Re-conocimiento sea difícil o duela.

Mis hijos son unos maestros y….. también son divergentes 😉

Patrícia Arner Gusart

Fotografía: Miquel Gassull