Y la distopía asustó a la realidad

Últimamente, por motivos personales, tengo mucho tiempo libre por la tarde. Esos momentos de tiempo libre suelen coincidir, por lo general, con picos de cansancio en los que no quieres hacer mucho más que tirarte en el sofá y ver algo en la televisión.

Afortunadamente, hoy en día, “ver algo en la televisión” no es lo mismo que “ver la televisión”. La diferencia para mí radica en que cuando “ves algo en la televisión” ésta es una mera pantalla donde disfrutas de algo que he elegido, dentro de un catálogo que también he escogido.

Una compañera de la oficina me había hablado mucho de un libro que se llamaba “El cuento de la criada”. Justo al tiempo, decidieron hacer una serie de televisión, que ahora ya esta siendo emitida.

“El cuento de la criada” de Margaret Artwood, nos habla de un futuro no tan alternativo, en el que el cambio climático y otras variables han provocado que sea muy dificultoso cosechar, y debido a factores externos pocas mujeres pueden procrear. Las pocas afortunadas que aun poseen dicha capacidad son capturadas a fin de mantener viva la población.

Más allá de la temática sobre el género, creo que podemos hacer otras lecturas.Podemos ver reflejado ese, o cualquier otro derecho en general.

Durante los seis episodios somos testigos del mundo antes y durante. Pero sobretodo somos testigos del proceso mediante el cual, y poco a poco, una parte de la sociedad (y al final, toda en su conjunto) pierden libertades y forma de vida. Poco a poco, pero sin pausa. Y cómo sin darse cuenta y “porque no importa” la ciudadanía se ve abocada a un modelo de vida donde poco margen queda a la libertad de elección.

Después de las noticias de ayer, sobre el atentado en Manchester durante el concierto de Ariana Grande, me vino a la cabeza justamente esa historia.

Poco a poco el miedo se arraiga en las personas.

Hay quien dice que hay que tener cuidado al viajar. Cuidado con los trenes, con los buses, con los metros y los aviones.

Hay que tener cuidado cuando sales a cenar, a tomar una copa.

Hay que tener cuidado cuando sales a bailar, a cantar, a divertirte.

Hay que tener cuidado en las fiestas señaladas como Navidad, cuando vas a disfrutar de los mercados, o a hacer las compras.

Hay que tener cuidado… Casi cuando vas a respirar.

Y el día llega en que tener cuidado, se transforma en tener miedo.

Y enmascaramos ese miedo y lo llamamos precaución. Y decimos, no vamos a tal, por si acaso. Y por si acaso, poco a poco, nuestro mundo se vuelve más pequeño, más opaco, más oscuro, más solitario, en un exterior desconocido que se nos antoja incluso hostil.

No me puedo imaginar cuál es el dolor que queda tras un suceso como el de ayer o los que venimos viviendo desde hace un tiempo en occidente (que por desgracia en otras partes del mundo no son sucesos puntuales, si no el día a día).

Debe ser de ese tipo de dolor que te rompe el alma y te deja sin ganas de vivir, ni de hacer nada, probablemente.

Y por ello creo que entiendo reacciones como la que ha tenido la cantante, de cancelar de forma indefinida su gira. Esa gira en la que canta canciones sacadas de su álbum “Dangerous Woman”.Entiendo el respeto que quiere mostrar hacia sus fans, y las víctimas, y las familias de estas.

Me pongo por un segundo al otro lado de la cámara y pienso en el agresor y en todo su entorno y en la victoria que representa esa cancelación. Porque esa cancelación es un símbolo. De su victoria, física y moral. De que han conseguido hacer el daño suficiente, y con ello sembrar el miedo, cada día así un paso más cerca de su propósito.

Me gustaría poder decirle a Ariana Grande que sea fuerte. Por ella, por las víctimas, y por la sociedad en general. Porque con veinticuatro años y sin quererlo, ella también es ahora un símbolo y será recordada, probablemente, junto a esa desgracia cada vez que la nombren.

Me gustaría poder decirle que entiendo su decisión, de corazón, pero que quizás también sería alentador que siga cantando, que siga adelante con sugira y que no se rinda, para que no entiendan quienes sean y donde estén, que todos nos rendimos y agachamos las orejas de conejo.

Entiendo el miedo. Pero no quiero que ese miedo condicione el resto de mi vida.

Porque hoy un loco decide que no puedes bailar. Y mañana es que no puedes ir a un concierto de una música determinada, y pasado es que no puedes salir en días señalados. Y al otro quizás sea que no puedes hablar, o pensar, o estudiar, o trabajar, o amar, o quién sabe. Vivir, lisa y llanamente.

Entiendo el mundo de Margaret Atwood porque paso a paso quieren abocarnos a él, o a una de sus infinitas versiones, y eso no debe suceder. Jamás.

Muchas historias quedaron ayer inacabadas, pero quizás la mejor manera de honrarlas no es olvidando y escondiéndonos, si no siguiendo cada día la propia vida, intentando disfrutarla sin dejar que sea ese miedo impuesto por extraños y no nuestras propias decisiones, lo que marca el rumbo.

Ojalá llegue el día en que sucesos como el de ayer solo tengan cabida en mundos distópicos de la literatura y la ficción.

Mientras tanto, quedará el dolor, pero lo que no puede arraigar es el miedo.

P.S.: Este escrito data del 23 de mayo. Los últimos días han sido muy intensos, y tras la calma Ariana Grande, haciendo honor a su apellido, finalmente ha decidido hacer un concierto benéfico en Manchester, en honor a las víctimas: “No vamos a dejar que el miedo nos domine, que nos divida. No dejaremos que el odio gane”. Esa decisión me parece toda una demostración de valor y entereza. El amor y un paso al frente son la mejor respuesta a una atrocidad como la vivida.

Tamara Elea Tonetti


 

Aprendo sobre mí, gracias a los otros

Diario de una exploradora emocional: capítulo 9.

Existe la creencia que permaneciendo en tu interior, sólo o aislado, es cuando mejor te conoces. Esos gurús que hablan de sentirte bien a solas para sentirte bien con los demás tienen una gran parte de razón. Yo no lo dudo, es más, sostengo que nadie puede hacerse más feliz que uno mismo en completo equilibrio. Pero si opino que depende mucho de cada uno y de su relación consigo y con su entorno.

Los monjes budistas buscan la elevación hacia la infinidad y la conexión con su verdadera identidad aislándose, retirándose como ermitaños, meditando durante horas hasta llegar al nirvana. En un mundo dónde, sin preocupaciones, desde el silencio, en el ayuno y la observación máxima consiguen, no todos, incluso levitar del suelo. Y para las personas de a pié, en un arranque de necesidad de respuestas, se producen procesos de acercamiento hacia la espiritualidad dónde se busca imitar éstas actitudes que ayudan a la elevación. Y se ponen de moda el yoga, el mindfulness, las dietas concretas, los retiros, la ropa blanca, las bicicletas, etc…

Pero yo me pregunto ¿Es esto real? ¿ Es necesario?

Yo no vivo aislada en lo alto de un monasterio, corro arriba y abajo de clase en clase evitando resbalar en chanclas cuando salgo de la piscina, me maquillo los ojos para estar más mona (waterproof, claro) a veces mi ayuno consiste en comer a las 16,15 una ensalada o un sándwich en el coche en la puerta del cole, medito en el tren con las gafas de sol puestas o hago un pranayama para calmarme porque me siento nerviosa o buceando en la mente, también grito cuando me cabreo si fallo a portería y cargo con el cuerpo haciendo falta si no llego al balón, tomo cerveza, bailo reggetón y digo estupideces y la cago.

Y medito tooooooooodos los días y practico deporte y yoga tooooodos los días y estoy más cerca de mi verdadera esencia, de lo que jamás antes había estado de forma consciente. Muestro mi amor a las personas que amo sin tapujos ni miedos y a lo grande. Y cuando el maldito miedo aparece por algo, también lo muestro y me lo miro a los ojos, cara a cara, para superarlo.

Y todo esto es posible porque vivo en comunidad, porque aprendo de cada una de las personas con las que convivo, mis compañer@s de trabajo, mis amig@s, padres, pareja e hijos. Cuando me relaciono con ellos se destapan esas creencias y límites que me he impuesto a lo largo de los años, que he heredado o simplemente me he creído sea consciente o no. Y es entonces cuando tras las fricciones, decido hacer algo con ellas, aceptarlas, superarlas y convertirme en una versión mejorada de mi misma. Algunas veces tras unos días de drama, eso si…

Y estoy segura que todo esto que aprendo de mí, no lo haría aislada. No me conocería más, ni me querría más, ni estaría más iluminada…

En Kundalini Yoga decimos que el yoga que practicamos es el yoga de la familia, el de la experiencia, el del día a día. El que se compagina con la vida cotidiana. La vida Sana, Santa y Feliz al final es la que haces con plena conciencia, meditando, corriendo, cocinando, trabajando, surfeando o bailando. Y todo eso es mucho más verdadero cuando además lo compartimos con los otros, relacionándonos.

Patrícia Arner Gusart


 

Soy el capitán de mi alma

Provista de su block de dibujo, Lila va por el mundo convencida de tener un maravilloso y mágico poder: el poder para convertir el mundo en un lugar mejor. Sentada en un bar, en su casa, paseando por el parque o simplemente caminando por la calle, dibuja las lineas que llenarán de magia y color todo cuanto la rodea.

En el fondo Lila (un corto escrito, animado y dirigido por Carlos Lascano) es una metáfora visual acerca de cómo las personas podemos ayudar a los demás a través de pequeños, pero poderosos, actos de bondad.

Lila expresa, también, el deseo de soñar y de romper esa barrera que muchas veces los adultos se crean entre la realidad y la fantasía. La actitud ante la vida de Lila nos anima a decidir y a accionar cualquier cosa que deseemos hacer en nuestras vidas, nos anima a romper esa barrera entre lo que creemos que es y lo que puede llegar a ser. Nos anima, en realidad, a despertar la pasión por esa llamada interior que nos impulsa a la acción, al movimiento, a la transformación, porque solo la gente con pasión puede cambiar el mundo para hacerlo mejor.

Hay algo de Lila en cada uno de nosotros, quizás sea la necesidad de ver las cosas de otra manera, de encontrar esa magia que el día a día parece que, en ocasiones, se empeña en robarnos. Quizá la necesidad de descubrir que dentro de cada uno de nosotros lo único que hay es un niño que quiere pasarlo bien con la vida y con el resto del mundo, de descubrir que hay que apasionarse porque aburrirse es un verdadero drama.

Lila nos está diciendo, de una manera sencilla, que la magia está en nosotros mismos y que la realidad no es única sino una especie de dialogo que se completa al ser percibida, experimentada y vivida. A veces esperamos que todo sea perfecto tal como lo soñamos y tal vez somos nosotros quienes tenemos que ver las cosas de otra forma y modificarlas a nuestro antojo.

Lila, sutil y delicadamente, toma una posición activa y no solo contemplativa frente a la realidad y se anima a cambiar dicha realidad para verla mucho mejor. Es como ella hubiera decidido convertir los fracasos de otros en su propio éxito.

Dejadme que, antes de mostraros la magia de Lila, os recuerde el poema de William Ernes Henley “Invictus”, porque el corto me ha conectado con él:

Más allá de la noche que me cubre,

negra, como el abismo insondable,

doy gracias al Dios que fuere

por mi alma invicta.

En las azorosas garras de las circunstancias

nunca he gemido, ni llorado.

Sometido a los golpes del destino,

si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos

donde yace el horror de la sombra,

la amenaza de los años,

me encuentra y me encontrará, sin miedo.

Ya no importa cuan estrecho sea el camino,

ni cuantos castigos lleve a la espalda:

Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.

Soy el capitán de mi alma: ¡Simplemente maravilloso!

Gemma Segura Virella

Vivimos, luchamos, fracasamos

De derrota en derrota hasta la victoria final. Esta frase se atribuye a Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. Tal vez la dijo él o tal vez no, con las frases que han pasado a la memoria colectiva, nunca se sabe.

Sin embargo, sirve para ilustrar algo que me inquieta desde hace un tiempo, sobre todo desde que trabajo con chicos jóvenes que, por una u otra razón, no encajan en los modelos sociales más convencionales… vamos que tienen problemas serios que merecen una etiqueta propia.

Cuando hablo con ellos me doy cuenta de que han sido víctimas de un timo enorme, de un engaño masivo en el que, de un modo u otro, todos los adultos participamos.

Nadie les habla del fracaso.

En realidad, eso no es del todo exacto, les hablamos de sus fracasos, ya sea en los estudios, en las relaciones, en su comportamiento social, en sus trabajos… todo ello haciendo especial hincapié en sus fracasos futuros, en lo mal que le irá en el mundo sino siguen nuestro ejemplo.

Porque claro…a nosotros nos ha ido siempre bien.

No hemos fracasado en el instituto a pesar de que a menudo nos quedó alguna asignatura o nos echaban de clase por indisciplina, ni acabamos el COU sin tener la nota que necesitábamos… ¡No, claro que no!

Tampoco es cierto que, en ese momento, todo eso nos importaba un pimiento ya que le futuro era algo tan lejano que ya nos preocuparíamos por él cuando se acercara el momento.

No éramos inconscientes, inconsecuentes, incoherentes, inaplicados, insensatos, indecorosos o interesados No… ¡qué va!

Lo cierto es que hemos fracasado mil veces, hemos perdido amigos, oportunidades, relaciones amorosas, trabajos, dinero.

Hemos fracasado diez mil veces con proyectos absurdos, con intenciones nebulosas, con emociones disparatadas y con ambiciones desmedidas.

Hemos derrochado cariño, sentimientos, abrazos, mucho alcohol y algunas drogas.

La vida nos ha puesto a prueba y la mayoría de las veces hemos perdido… o hemos huido.

Cuando nos tocaba luchar, tuvimos miedo. Cuando nos tocaba amar, también lo tuvimos.

Tiramos por la borda el tiempo que perdimos, los paisajes que olvidamos, los sonidos que no escuchamos y las palabras que no dijimos.

Perdimos mucho más que ganamos.

Y, sin embargo, en nuestro cerebro nos mentimos y construimos un edificio de victorias que decoramos con las banderas de la hipocresía y allí vivimos en una madurez estable que nos vendemos como utópica.

Es entonces cuando extendemos el engaño hacia afuera, cubriendo de mala hierba las nuevas cosechas que ven el cielo azul cuando para nosotros solo es gris.

Les explicamos que su fracaso los llevará a un nuevo fracaso y así hasta la derrota final.

Porque, no nos engañemos, su derrota es nuestra victoria, la victoria de la mentira en la que muchos hemos vivido y que no debemos poner en riesgo solo para explicar la verdad.

La verdad…

Cada fracaso te hace más fuerte si lo admites, si dejas de maquillar la realidad, sin encajas el golpe sin caer o incluso si caes y eres capaz de levantarte.

Si luchas.

Si mueres una y mil veces en cada batalla.

Si fracasas y sigues caminado es que ya has vencido.

Digámoslo en voz bien alta.

La vida está hecha de fracasos: grandes, pequeños o inciertos… fracasos que duelen o que pican o que aprietan el alma o que cierran la mente.

Pero algunos aquí estamos, dispuesto de nuevo a fracasar y a vencer.

A aprender.

De fracaso en fracaso hasta la victoria final.

Víctor Panicello


 

Un viaje descubriéndote

Quiero hacer un viaje por tu cuerpo, pero no tengo prisa, recorriendo cada rincón, cada pliegue, parándome allá donde el corazón me pida. Será como explorar un paisaje nuevo para mí, donde encontraré lugares que no por desconocidos, me resultarán familiares.

Comencé mi viaje desde los dedos de tus pies, sabía que sería un buen inicio. Me detuve en cada uno de tus dedos y pasé 10 días entre ellos, pasando de uno a otro. Pasaba de uno a otro y escondía entre ellos…a veces subía por el dedo corazón hasta sentarme en la punta, como si me sentase en un muelle con el mar de fondo viendo el atardecer.

A la mañana siguiente me puse de pie y comencé a bajar por el empeine del pie derecho, manteniendo el equilibro. Andando por el tobillo logré llegar a la loma que forma tu rodilla, me senté justo arriba unos minutos, admirando el paisaje que tenía por delante y continué andando. Subiendo por la pierna, hacia la ingle y allí me deslicé por la entrepierna y me quedé parado delante. Con mis dedos y muy suavemente abrí aquella caverna donde todo era calor, humedad, paz…un viaje regresivo. Por un momento me di cuenta que me encontraba en aquel lugar donde se creaba la vida, donde se producía el milagro. Allí me quedé laargo rato, acariciando las paredes, rozándolas con mi cara, intentando abrazarlo todo.

Por la mañana salí de allí y me dispuse a escalar de nuevo por la ingle hacia arriba, llegando hasta el ombligo, que invitaba a la meditación porque allí parecían converger todos los flujos de energía de tu cuerpo. El epicentro de tí.

Me deslicé por el vientre despacio y decidí descansar en el hueco entre tus pechos. Allí comencé a escuchar los latidos del corazón; estaba apenas a unos centímetros de el. La cadencia es infinita.

De repente te diste la vuelta y tuve que correr sobre tu cuerpo para no caerme y cuando te quedaste quieta por fin me vi sentado en tu espalda, como contemplando un desierto en el momento en que se pone el sol. Me tumbé y te acaricié la espalda, notando como el vello reaccionaba ante las caricias. Después subí hasta el hueco entre la espalda y la cabeza, la nuca, intenté escuchar tus pensamientos, pues dicen que es allí en el cerebro límbico donde surgen los sentimientos, pero no escuché nada, solo la paz del silencio…

Sobre el pelo tuve la sensación de estar en un prado donde las briznas de hierba las constituían cada uno de tus cabellos. Luego me deslice por un lado de la cara y me quedé frente a tu nariz y la boca. El aire salía y entraba despacio. La respiración es el hilo conductor entre el corazón y nuestra mente. Meditar durante unos momentos aprovechando tu respiración fue como acallar mi mente con tu ayuda inconsciente. Toqué tu boca con mis dedos, sintiendo tus labios, suaves. Una mano entró por entre tus labios solo para acariciar tu lengua, caliente, suave, húmeda. Mi cuerpo estaba pegado a tus labios. Tuve la sensación de recibir un beso que abarcaba todo mi cuerpo. Un amor que me rodeaba.

Estabas recostada de lado sobre tu brazo estirado, y no pude resistir quedarme acurrucado en el hueco debajo de tu hombro. Me encanta ese olor que desprendes, como de pan recién cortado. Pasé allí la noche y por la mañana continué andando por el brazo hasta tu mano, que recostaba semiabierta con la palma hacia arriba. Allí, las líneas de la mano se me antojaron como los surcos de un vinilo donde se escribía las historias de tu vida. Las recorrí todas, intentando anticiparme al futuro y ver si yo me encontraba en el…

Allí decidí terminar mi viaje, tumbado entre tus dedos. Al fin y al cabo me tenías en tu mano. Me sentí pequeño pero formando parte de tí, esperando que despertaras y decidieras tú en qué parte de tu cuerpo iba a quedarme, en qué paisaje de tu contorno iba a tumbarme a dormir la próxima noche.

Álvaro Alcántara