Otra visión de la sinceridad

La sinceridad rema con la corriente siempre a su favor. Nos sirve para llegar lejos sin grandes esfuerzos porque la sinceridad es joven, fuerte y ágil.

Las personas sinceras pueden perderse, vivir contradicciones o incluso estar en el proceso interno más delicado en el encuentro de sí mismas, y siempre las crearás, porque dedican mucho tiempo al mejor regalo que te puedan hacer, ser sinceras.

La sinceridad no pretende ser poseída, es la verdad más libre que se puede vivir.

La sinceridad es inconfesable, inexplicable, contradictoria y piensa mejor en soledad.

La sinceridad quiere ser victoria y es estudiada y planificada, mientras se disfruta de un paisaje.

La sinceridad es la poesía más mentirosa al oído con la que distraemos, y cambiamos de táctica para probar nuestras fuerzas, cuando rendimos cuentas, ante el pánico de dejar de vivir ciertos momentos presentes.

Si la sinceridad fuera ambigua, podría contagiarte en tu momento más vulnerable con su rocío matinal y el dios del vino, y pondría a sus cuervos a anidar en tu mente pacífica y, el miedo o el deseo lujurioso, te harían enfermar de sinceridad.

La sinceridad es inconsciente, irresponsable, espontánea, y siempre tiene un plan para ser más sincera.

La sinceridad es un bálsamo para la persona que vive atrapada en su propia sinceridad, cuando con argumentos lógicos, es improvisada.

La sinceridad libra sus propias batallas de supervivencia. Es ardua, presumida, indefinida.

La sinceridad siempre mejora lo peor de mi.

Julia Socorro


El paradigma se desvanece

El concepto de paradigma se utiliza en la vida cotidiana como sinónimo de “ejemplo” o para hacer referencia en caso de algo que se toma como modelo digno de seguir. La palabra paradigma también se utiliza para indicar un patrón o modelo, un ejemplo fuera de toda duda, un arquetipo (el patrón ejemplar del cual otros objetos, ideas o conceptos se derivan. Es el modelo perfecto.

Podríamos decir que un paradigma es una forma de entender las cosas, de percibirlas, de procesarlas en el cerebro y comprenderlas. Es algo así como nuestro mapa del mundo.

Uno de los cambios de paradigma más comunes tiene que ver con el dinero. Muchas personas creeen que tienen un tope en cuanto a sus ingresos, que no ganarán nunca mucho más de lo que ingresan ahora. Sin embargo ¿Dónde está escrito? Uno puede cambiar sus creencias sobre el dinero. Posible es, os lo aseguro, otra cosa es que en tu paradigma actual no se contemple esta posibilidad.

Dejadme que os cuente una pequeña historia en la que un sabio le pregunta a su joven discípulo lo siguiente:

Imagina que estás en el piso 50 de un edificio y al frente hay otro edificio (a unos 100 metros) también de 50 pisos. Entre los dos hay una tabla delgada para que puedas atravesar de un edificio a otro. ¿Si te dan 10.000€ por hacerlo, lo harías?

Evidentemente que no, responde el discípulo.

¿Y si te subo la cifra a 30.000? ¿O a 100.000€?

Tampoco, responde de nuevo el joven.

Pero es que resulta, le explica el sabio, que en la mitad de la tabla está tu hijo (o tu pareja si no tienes hijos) que te dice que tiene mucho miedo ¿Lo harías entonces?

Evidentemente que sí, claro que lo haría.

¿Te has dado cuenta de algo? Te he cambiado el paradigma en 10 segundos.

Evidente, leyendo esta pequeña historia, que el problema entonces no es el riesgo ni el miedo. La historia nos muestra que si la motivación es fuerte el paradigma se desvanece. 

Es por ello que es sumamente interesante que identifiquemos nuestros paradigmas internos porque son ellos los que están creando nuestro mundo externo, porque en realidad son la base para poder iniciar una verdadera transformación, ya sea personal, social o colectiva.

Es posible que muchas veces sientas que estás dentro de una cárcel (invisible) sin nada que poder hacer, pero en realidad existe la posibilidad de que esa cárcel la hayas creado tú mismo, y sea invisible. ¿Podrías salir de esa cárcel? ¿Existe esa posibilidad? Es cierto que tu entorno te puede condicionar (está de sobra demostrado que lo hace y mucho), pero no lo utilices como excusa porque siempre puedes elegir la actitud con la que quieres afrontar la vida. Y eso es en realidad el cambio de paradigma.

Se trata de entender (no digo que sea tan fácil) que aquello que está afuera no responde a ningún factor externo, objetivo e inmutable, porque lo de afuera es un espejo de lo de adentro y atraemos aquellos elementos que están en sintonía y vibración con nuestra energía, intenciones, emociones, contratos, creencias y/o mandatos.

Si te permites esta posibilidad, de que no hay modelos externos sino que cada uno es su propio modelo, se hace más evidente que tenemos, en potencialidad, la libertad de elección para entender que cuando vivimos dentro de un paradigma, no podemos escuchar el universo.

Partamos de eso, si la motivación es muy fuerte, no hay paradigma, porque entonces la motivación está a un nivel superior del reto: ir a buscar a alguien para salvarlo.

Recordadlo, Si la motivación es fuerte, el paradigma se desvanece.

Gemma Segura Virella


 

Olores, sabores

Cierro los ojos y recuerdo tus sabores y olores

sabor a frutas de tu boca, fruta madura y dulce

vainilla de tu piel, suave, cremosa, caliente

en tu cuello pan recién hecho

el pelo como el olor del café por la mañana

tu dedos saben a miel, densa y melosa

la espalda un bizcocho de yogur que sale del horno

tu vientre un postre que no quiero que acabe nunca.

Álvaro Alcántara


 

Nada es lo que parece

Nada es lo que parece.

Ni tú, ni yo, ni siquiera ambos.

No somos dos, ni sumamos cuatro.

No estamos solos, ni vivimos en el mundo que soñamos.

Nada es como queríamos que fuera, todo se desfiguró con el tiempo y el cansancio.

Esperábamos demasiado o tal vez realmente nunca quisimos conocernos.

Y ahora no somos ni tú, ni yo, ni siquiera ambos cuando despertamos.

Ahora te espero sin saber si volverás a ser quien eras.

Ahora me espero sin saber quién soy.

Cuando leo estos versos que escribí el día de nuestro aniversario, me pregunto a quién obedecía mi mano cuando corría por la tinta de mis venas y el aliento de mi sueño. No entiendo cómo pude hacerlo, cómo pude creer que los leerías y olvidarías el engaño.

Me abandonaste ese día cuando dejaste caer la hoja blanca de nieve que deposité en nuestra vida junto al café de la mañana, en esa bandeja de plata que compraste a precio de oro ese verano en que todavía nos amamos junto a los mil mares del sur.

Un poema de nuestras vidas presentes que te regalé para contarte el presente de desencanto, el pasado de esperanza desvanecida y el futuro de rutina y aislamiento. Creía que era así cómo te sentías, igual que yo, suspendidos en un tiempo vacío de sentimientos y abrumado de certezas.

Creí que, si te explicaba en esos versos una verdad compartida, tal vez sentirías mi angustia, mi abandono, mi desidia, mi olvido, la falta de estímulos para seguir adelante en nuestro camino hacia ninguna parte.

Nunca pensé que marcharías con el rostro bañado en un dolor que todavía hoy me abruma. Nunca creí que te irías, con las lágrimas todavía húmedas en esa nota que me dejaste en la cama, donde vivimos y morimos cada noche hasta que dejamos de ser quienes fuimos.

Todavía recuerdo tu letra, encogida y dudosa, como temiendo dejar huella en ese momento decisivo y temido.

La leo cada mañana, cuando despierto en mi cama, cuando pienso en ti y me invade la rabia.

Nada es lo que parece, es cierto. Ni tu ni yo somos lo que fuimos porque eso solo era un espejismo. Lo supe cuando te vi, lo supe cuando te soñé despierta y te abrí todas mis puertas.

Nada es lo que parece, tu nunca lo fuiste, ni alegre, ni atento, ni siquiera consciente de todo aquello en lo que día tras día me fallaste. Ni en tu indiferencia, ni en tu abandono, ni en tu vida desencantada e insatisfecha.

Nada es lo que parece, tienes razón. Ni tú eres el que eras, porque el tiempo ha pasado, tu pelo ha caído, tu barriga ha crecido, tu aspecto se ha descuidado, tu alegría se ha perdido, tu humor se ha corrompido, tu amor se ha evaporado, tus gestos se han ofuscado y tu vida se ha desperdiciado.

Y a pesar de todo eso, siempre te he amado.

A pesar de las rutinas, de los olvidos, del sexo frustrado.

A pesar de tu apatía, de tu gesto torcido y tus quejas frustradas.

A pesar de ti mismo, te he amado.

También cuando tu no me amaste, también cuando tú me olvidaste.

Pero ahora, gracias amor, tus versos me han liberado.

Te olvido con el corazón encogido y el alma sedienta de sueños.

Víctor Panicello