Un día más

Otro aniversario

Es una fecha como otra cualquiera, un día más. Podía haber sido otra, pero escogí esa porque el recuerdo de aquel día me reconforta mucho. Hay días que son especiales y no sabes muy bien por qué. Es posible que se acumulen en una sola jornada muchos momentos agradables y situaciones inolvidables. Es tu día especial o el de ambos, quien sabe.

Para algunos, es el día en el que se conocieron. Para otros, un aniversario corresponde con el momento en el que se cruzaron las promesas, ya sabes: “te querré para siempre”, “eres el amor de mi vida” o el clásico: “¿quieres casarte conmigo?”

Para nosotros no. Al menos no para mí y creo que tampoco para ella. Si hay algo que creo sigue trayendo paz a nuestras almas día a día, es precisamente la ausencia de promesas que no sabemos si vamos a poder cumplir o no. Pero, paradójicamente el tener esa forma de pensar es una cuestión de compromiso con el amor mucho mayor que la prometer gratuitamente.

Prueba a pensar cada día “sólo por hoy voy a amarte como si fuera el último día que estamos juntos”. Sólo por hoy. Y mañana cuando te levantes, haz lo mismo. Pero sólo mañana. Y al día siguiente también, pero sólo al día siguiente, sólo por ese día. Te encontrarás con una sucesión de últimos días, uno detrás de otro que harán que cada día distinto, sea como el último.

Te acostarás con la duda de si será de verdad el último día, pero con la certeza de haber entregado todo. Y te levantarás con la idea de que efectivamente, vale la pena que cada día sea como el último día que vais a pasar juntos

¿Acaso el amor no consiste en eso?

Alvaro Alcántara


Colocón emocional

Siempre había creído que ante cualquier catástrofe o emergencia sería de las que saldría con vida. De las osadas que sobrevive a cualquier cosa o moriría luchando por salvarse.

Y ha ocurrido algo.

Hace dos días elegí estar dónde sólo si naces con branquias puedes vivir. Elegí poner mi existencia en ese medio limitada por 200 bar de aire y con dos y tres atmósferas sobre mi.Lo hice a conciencia.

Creyéndome capaz de admirar y disfrutar tal hazaña, rendida ante la inmensidad del mar y la belleza submarina, como un gran acto de Fe. Como en anteriores ocasiones. En realidad no tenía ni idea de lo que me iba a mostrar la experiencia, jamás calculé la magnitud que iba a alcanzar.Hoy no soy la misma persona. No lo fui ayer tras ninguna de las dos inmersiones, ni anteayer tras las dos anteriores.

Cada inmersión un nuevo nacimiento. El más intenso e importante, cuando descubrí quién era y qué me mueve en la vida cuando hay que sobrevivir. La 2ª inmersión era en condiciones muy especiales, mi primera vez de noche y a profundidad. Cuando buceas las medidas de seguridad son extremas pero en esas condiciones, más. Tu compañero es tu guardián y salvoconducto, y tu el suyo. Siempre atentos a que ambos estéis bien. El instinto de supervivencia activa una mente habladora y te pone en jaque.

La mía empezó su monólogo cuando tenía mucho frío y se encargó de recordarme todos los conocimientos adquiridos sobre los peligros de la hipotermia y comenzar a convulsionar. Mi mente perturbada no permitió comprender que mi compañero se encontraba mal y en un momento lo perdí. Mantener la calma para no entrar en pánico buscándolo sin perder el grupo hizo que entrara en calor, me olvidé por completo de mi estado.

No recuerdo casi ninguna ocasión en la que lo haya pasado peor en toda mi vida. Solo quería encontrarlo y saber que estaba bien. ¡Jamás se abandona a un compañero!

Cuando apareció vigilado por un guía pude calmar el torrente de adrenalina y emociones. Y comenzar a procesar lo que había ocurrido. En unos minutos volvió el frío con menor intensidad. Tras el shock inicial, ambos coincidimos en cuanto aprendimos con esta experiencia y creamos un lenguaje propio para comunicarnos mejor bajo el agua.

Pero lo importante, lo que más me ha golpeado y me ha mostrado más sobre mi misma, ha sido darme cuenta que soy del tipo de personas que no calibra si se pone en riesgo para ayudar al otro, o que sencillamente le da igual. No soy de las que hace lo que sea por sobrevivir.

Esto me plantea varias cuestiones.En el momento que se requiere soy capaz de darlo todo, obviando si hay quien me espera vivita y coleando. Mi compañero es mi vida y, por tanto, ¿espero lo mismo de el? Por supuesto, limito su existencia con eso y no tenía conciencia de ello. ¿Es que para mi la existencia propia solo tiene sentido en comunidad, relacionándome con el/los otros? ¿Cómo afecta esto a mi día a día? ¿Seríamos capaces de sobrevivir en soledad?

Y, quizás, lo más bestia ha sido percibir con claridad que en realidad la Vida lo es todo y nada, a la vez.

Y que es un sinsentido aferrarse a ella, a pesar de buscar excitantes experiencias que ayuden a ampliar justamente la perspectiva de su inmensidad.

Hoy estoy aún abducida por el colocón de emociones vividas, espero sobrevivir al síndrome de abstinencia…

Patrícia Arner Gusart



La decisión de Vasili

— ¿De qué tienes miedo?

— De sentirme solo

— ¿De sentirte o de estar solo?

— No sé, de ambas cosas supongo

— ¿Acaso crees que alguna vez has dejado de estarlo?

— Bueno… no sé. Suponía que sí, pero ya lo dudo

— Piensa en cómo te sientes cuando prefieres callar a compartir un triunfo, cuando te excusas con pretextos para no volver a tu refugio, cuando exploras nuevos caminos y nuevas personas buscando lo que no encuentras, cuando recibes silencios a tus preguntas, cuando respondes silencios a los desprecios. Piensa un momento en todas esas ocasiones en las que has cogido el teléfono y has dudado sobre con quien deberías compartir una mala noticia, en todos esos momentos en los que has gritado en el coche o debajo del agua para que nadie te oyera, en las miradas perdidas, en las emociones olvidadas o en los rencores desterrados.

— Solo. Me he sentido muy solo a menudo

— Entonces, vuelvo a preguntarte ¿de qué tienes miedo?

— De que eso sea tan evidente que no pueda esconderme en mis actividades frenéticas o en mi trabajo absorbente o en mi sentimiento de culpa.

— Si, tienes miedo de encontrarte de nuevo

— Claro, porque ahora ya no sé quién soy

— ¿Quién eres?

— Soy la luz de mis días tristes, la fuerza de mis latidos, la potencia de mis besos y el dolor de mis entrañas.

— Sí, ese eres. ¿Quién más?

— Soy el más oscuro de mis miedos y el más ansioso de mis deseos. Soy lo que se ve, pero sobretodo soy lo que permanece escondido. Soy yo y mil veces yo, tan distinto a mí mismo como los matices del sufrimiento y el olvido. 

— Y eso no es todo.

— ¡Claro que no!

— ¡Venga, dime quién más eres!

— Soy mi cuerpo envejecido, mis sueños ya perdidos y también mis recuerdos confusos y vacíos. Soy la vida que he vivido y la vida que me queda. Soy mi Dios y mis demonios, mi placer y mi agonía. Soy quien ha sobrevivido…

— Ese eres tú, el que ha sobrevivido a la vida y a la muerte. Así que, dime una vez más, ¿de qué tienes miedo?

— Solo de mí

— Sí, y de ti saldrá el valor que necesitas. Porque engendrarás un único ser y ese será tu fin.

— El amor

— Sí, es justo eso. Y cuando nazca en ti, podrás responder a esa pregunta.

— Entonces ya no tendré miedo

— No, solo debes aceptarte cómo eres. Así que ámate y no esperes nada más 

— Será doloroso, pero lo haré.

— Será lo más sublime que puedas sentir. 

— Será mi fin

— Y tu principio

— Será mi muerte 

— Será la vida, espléndida y poderosa. Será la culminación de tu existencia.

— Será la vida.

Víctor Panicello Monterde