Y la distopía asustó a la realidad

Últimamente, por motivos personales, tengo mucho tiempo libre por la tarde. Esos momentos de tiempo libre suelen coincidir, por lo general, con picos de cansancio en los que no quieres hacer mucho más que tirarte en el sofá y ver algo en la televisión.

Afortunadamente, hoy en día, “ver algo en la televisión” no es lo mismo que “ver la televisión”. La diferencia para mí radica en que cuando “ves algo en la televisión” ésta es una mera pantalla donde disfrutas de algo que he elegido, dentro de un catálogo que también he escogido.

Una compañera de la oficina me había hablado mucho de un libro que se llamaba “El cuento de la criada”. Justo al tiempo, decidieron hacer una serie de televisión, que ahora ya esta siendo emitida.

“El cuento de la criada” de Margaret Artwood, nos habla de un futuro no tan alternativo, en el que el cambio climático y otras variables han provocado que sea muy dificultoso cosechar, y debido a factores externos pocas mujeres pueden procrear. Las pocas afortunadas que aun poseen dicha capacidad son capturadas a fin de mantener viva la población.

Más allá de la temática sobre el género, creo que podemos hacer otras lecturas.Podemos ver reflejado ese, o cualquier otro derecho en general.

Durante los seis episodios somos testigos del mundo antes y durante. Pero sobretodo somos testigos del proceso mediante el cual, y poco a poco, una parte de la sociedad (y al final, toda en su conjunto) pierden libertades y forma de vida. Poco a poco, pero sin pausa. Y cómo sin darse cuenta y “porque no importa” la ciudadanía se ve abocada a un modelo de vida donde poco margen queda a la libertad de elección.

Después de las noticias de ayer, sobre el atentado en Manchester durante el concierto de Ariana Grande, me vino a la cabeza justamente esa historia.

Poco a poco el miedo se arraiga en las personas.

Hay quien dice que hay que tener cuidado al viajar. Cuidado con los trenes, con los buses, con los metros y los aviones.

Hay que tener cuidado cuando sales a cenar, a tomar una copa.

Hay que tener cuidado cuando sales a bailar, a cantar, a divertirte.

Hay que tener cuidado en las fiestas señaladas como Navidad, cuando vas a disfrutar de los mercados, o a hacer las compras.

Hay que tener cuidado… Casi cuando vas a respirar.

Y el día llega en que tener cuidado, se transforma en tener miedo.

Y enmascaramos ese miedo y lo llamamos precaución. Y decimos, no vamos a tal, por si acaso. Y por si acaso, poco a poco, nuestro mundo se vuelve más pequeño, más opaco, más oscuro, más solitario, en un exterior desconocido que se nos antoja incluso hostil.

No me puedo imaginar cuál es el dolor que queda tras un suceso como el de ayer o los que venimos viviendo desde hace un tiempo en occidente (que por desgracia en otras partes del mundo no son sucesos puntuales, si no el día a día).

Debe ser de ese tipo de dolor que te rompe el alma y te deja sin ganas de vivir, ni de hacer nada, probablemente.

Y por ello creo que entiendo reacciones como la que ha tenido la cantante, de cancelar de forma indefinida su gira. Esa gira en la que canta canciones sacadas de su álbum “Dangerous Woman”.Entiendo el respeto que quiere mostrar hacia sus fans, y las víctimas, y las familias de estas.

Me pongo por un segundo al otro lado de la cámara y pienso en el agresor y en todo su entorno y en la victoria que representa esa cancelación. Porque esa cancelación es un símbolo. De su victoria, física y moral. De que han conseguido hacer el daño suficiente, y con ello sembrar el miedo, cada día así un paso más cerca de su propósito.

Me gustaría poder decirle a Ariana Grande que sea fuerte. Por ella, por las víctimas, y por la sociedad en general. Porque con veinticuatro años y sin quererlo, ella también es ahora un símbolo y será recordada, probablemente, junto a esa desgracia cada vez que la nombren.

Me gustaría poder decirle que entiendo su decisión, de corazón, pero que quizás también sería alentador que siga cantando, que siga adelante con sugira y que no se rinda, para que no entiendan quienes sean y donde estén, que todos nos rendimos y agachamos las orejas de conejo.

Entiendo el miedo. Pero no quiero que ese miedo condicione el resto de mi vida.

Porque hoy un loco decide que no puedes bailar. Y mañana es que no puedes ir a un concierto de una música determinada, y pasado es que no puedes salir en días señalados. Y al otro quizás sea que no puedes hablar, o pensar, o estudiar, o trabajar, o amar, o quién sabe. Vivir, lisa y llanamente.

Entiendo el mundo de Margaret Atwood porque paso a paso quieren abocarnos a él, o a una de sus infinitas versiones, y eso no debe suceder. Jamás.

Muchas historias quedaron ayer inacabadas, pero quizás la mejor manera de honrarlas no es olvidando y escondiéndonos, si no siguiendo cada día la propia vida, intentando disfrutarla sin dejar que sea ese miedo impuesto por extraños y no nuestras propias decisiones, lo que marca el rumbo.

Ojalá llegue el día en que sucesos como el de ayer solo tengan cabida en mundos distópicos de la literatura y la ficción.

Mientras tanto, quedará el dolor, pero lo que no puede arraigar es el miedo.

P.S.: Este escrito data del 23 de mayo. Los últimos días han sido muy intensos, y tras la calma Ariana Grande, haciendo honor a su apellido, finalmente ha decidido hacer un concierto benéfico en Manchester, en honor a las víctimas: “No vamos a dejar que el miedo nos domine, que nos divida. No dejaremos que el odio gane”. Esa decisión me parece toda una demostración de valor y entereza. El amor y un paso al frente son la mejor respuesta a una atrocidad como la vivida.

Tamara Elea Tonetti


 

Eres único

¿Únicos o prescindibles?

Qué humano es el miedo al cambio, y el afán por sujetarse ni que sea dolorosamente a las situaciones conocidas a pesar de las inconveniencias.

Qué humano es aplicar la ley del mínimo esfuerzo, consiguiendo los objetivos con la menor inversión en tiempo y esfuerzo para conseguir los máximos beneficios.

Y en medio de todo ello, el “mundo civilizado” se ha encontrado de bruces con el cambio de las reglas del juego que tercamente ha intentado obviar, aunque desde hace tiempo que se encuentran delante de sus narices.

Es cruel tener que decirlo así, pero la clase media, la que tanto se queja por la pérdida de empleo, la que puebla cada rincón de las grandes superficies como Primark, es la que clama al cielo ante la aparición de iniciativas como Amazon Go.

Amigos míos, la culpa es nuestra.

El día de mañana cuando desaparezcan todos esos puestos de trabajo, habrá que ser realistas, mirarse ante el espejo y decirnos: “La culpa es mía”. Siendo valientes, sin mirar al lado buscando otro culpable.

Así que, cuando ese día llegue, abramos nuestro armario y admiremos todas las cosas que tenemos. Miremos una por una las etiquetas, miremos dónde se han hecho. Ninguna será comercio local.

Y también, ese día, abramos la despensa y miremos cuántos productos de marca blanca tenemos, cuánta comida prefabricada hay en la nevera, en el congelador…

Y me darás la razón.

Podríamos discutir sobre lo paradójico de este momento. Porque a fin de cuentas, no es más que un pez que se muerde la cola.

Por un instante me gustaría puntualizar que seguimos viviendo en la crisis económica, aunque nos intenten vender que vamos mejorando.

Yo no he visto todavía que hayan bajado las cifras del desempleo, ni que haya habido un menos atisbo de subida de sueldos. Y sí, es verdad que el mercado inmobiliario puede estar empezando a moverse. Pero, ¿es gracias a los ciudadanos de a pie que intentan acercarse a una entidad financiera a pedir una hipoteca para comprarse una vivienda digna, armados con su contrato temporal, o de sustitución, o cualquier contrato basura que se estile? ¿O es gracias a los grandes accionistas e inversores que fagocitan nuestras ciudades para lucrarse en un futuro, o convertirlas en urbes turísticas, obligando a los vecinos de toda la vida a emigrar allí donde la vida sea más asequible?

Y también creo que otra reflexión importante sería preguntarse: ¿en esta crisis, cuántas grandes superficies de consumo de alimentación o ropa se habrán inaugurado? Porque ellos sí que triunfan y están llenos a reventar. Recordemos el día de la inauguración del Primark en la Gran Vía madrileña, donde no sólo había colas quilométricas para acceder, sino que encima como colmo del absurdo, trabajadores de la cadena repartían papelitos con números entre la multitud que tenías que enseñar en la entrada o te quedabas fuera, como si del concierto de la última estrella del pop se tratara.

Porque sí, los sueldos serán más bajos que antes, habrá desempleo, pero el consumismo se ha consolidado como otro de los grandes opios del pueblo. Y porque, seamos sinceros, ¿dónde más puede permitirse comprar la clase media con los sueldos de hoy en día?

Hace nada tuve una conversación con una cándida estudiante, en pleno proceso de autodescubrimiento personal en el que, vestida de arriba abajo con ropa producida en masa, abogaba por los derechos humanos. Empiezo a pensar que los principios mueren donde rozan el bolsillo.

Queremos tener cosas. Las queremos para ayer. Las queremos baratas. Y no nos gusta esforzarnos.

Y como ya nos hemos vendido en internet (sí, porque nos hemos vendido, llevamos años haciéndolo, todos nuestros datos), sin darnos cuenta la mayor parte de las veces, claro, desde la más profunda de las ignorancias (o desde la candidez, si alguien prefiere la versión edulcorada del “yo no sabía”, “yo no pensaba”, “yo creía”, tan típica de nuestra fauna autóctona), diez años más tarde, como cervatillos asustados en medio de un bosque donde se oculta el peligro, temblamos porque no lo hemos visto todavía, pero sabemos que algo acecha en la oscuridad.

Queridos todos, este es el precio de la gratuidad. Ahora ya sabéis dónde han ido a parar todos esos datos “inocuos” compartidos felizmente en internet. Se han transformado en la comida de las futuras generaciones de corporaciones, en eso que quizás os suene, llamado “Big Data” que no teníamos muy claro para qué iba a servir. Y la respuesta es: para todo.

Somos testigos de la versión más disparatada del mundo que se nos podría haber presentado. En esa en la que todo lo que dábamos por sentado como la Unión Europea, la estabilidad de Estados Unidos o la bondad del sistema democrático, nos ha dado un bofetón en la cara para despertarnos a otra en la que Europa amenaza con hacerse pedazos tras el Brexit, Donald Trump ha ganado las elecciones en Estados Unidos, y gran parte de ello ha pasado porque mucha gente actuando de forma visceral se toma a risa su propio sistema democrático y su derecho al voto, y lo que es peor: se cree lo que le dicen sin dedicar un tiempo a desmigar lo que hay detrás de las palabras.

Porque lo importante no es pensar, es divertirse. Porque lo importante no es crear, si no tener. Porque a día de hoy, se ha transformado la sociedad al borreguismo. En su máximo esplendor.

Y ahora me gustaría preguntar si realmente, comentado lo anterior, a alguien de verdad le sorprende tanto que aparezcan servicios como Amazon Go, cuya misión es hacernos la vida más fácil. Porque, ya que estamos en un momento de sinceridad, reconozcámoslo: a nadie le gustan las colas. ¿Cuántas veces no habremos deseado simplemente dejar el dinero de la compra en la caja, aunque sobrara algo, simplemente por el hecho de no hacer cola y no perder el tiempo?

Pero ahora que viene alguien a ofrecernos ese servicio, y tras alegrarnos en un primer momento con el “qué bien, ya era hora”, una pequeña alarma salta en el interior de algunas personas: “¿Y qué va a ser de mí?”. Porque Amazon Go, la digitalización, la era del internet de las cosas implica que muchos trabajos van a quedar obsoletos. Y esto es así. Esta realidad ha venido para quedarse. Y no podemos hacer nada (porque en el fondo, queremos seguir llevando una vida cómoda, mientras no nos afecte directamente).

Vamos a ir diciendo adiós de forma anticipada a gran parte de los trabajos relacionados con la producción, la logística y la distribución: al personal de caja, a los taquilleros; a los transportistas; a los pilotos de avión; a los conductores de trenes, aviones, taxis, buses, tranvías y cualquier derivado; a los operarios en millones de fábricas…

¿A quién le gusta pagar gastos de envío? A quien le guste, que levante la mano y se reafirme en que quiere pagarlos para salvar los susodichos puestos de trabajo.

¿A quién le gusta que su avión llegue tarde porque el controlador aéreo de turno o el piloto, ha decidido hacer huelga en Navidad y se cancelen los vuelos? A quien le guste, que levante la mano, una vez ha perdido su reserva y se han cancelado sus únicas vacaciones del año, la oportunidad de ver a la familia, de disfrutar unos días de merecido descanso (porque: eh, yo también me lo he ganado), y aplauda a esas personas por defender sus puestos y derechos.

¿A quién le gusta que el transporte público haga huelga o llegue tarde? A quien no le importe enfrentarse a las autopistas ultracongestionadas y a tener que recuperar las horas de trabajo en la empresa en pro de la solidaridad, que levante la mano.

¿A quién le gusta tener un armario con poca variedad y poderse comprar pocas cosas al año? A quien le guste, y esté dispuesto a reducir su fondo de armario para que la gente de países como la India, China y alrededores tengan una vida digna, que levante la mano.

Bueno, yo sinceramente, la levantaría únicamente en el último caso, y porque no soy fan de comprar ropa.

Hombre, no todo va a ser malo. Eso también afectará a los bancos, que van a cerrar miles de sucursales para trasladar el 95% (siendo bondadosos) de su negocio a internet. Esos bancos “old school” que muy probablemente mueran a manos de nuevas entidades por venir que finalmente entiendan el “negocio” de otra manera. Quizás incluso mueran a manos de Amazon Go, o peor, de cadenas de supermercado como “Día”. Me ha parecido ver incluso alguna sonrisa, desde este lado de la pantalla. Pillines…

Pero en serio, este es el mundo que viene. Y va a representar una gran crisis para la mayor parte de la población, hay que asumirlo. Y asumirlo hoy, ahora, en este momento. Y no mañana. Hay que asumirlo, y prepararse para el cambio.

Porque a pesar de lo desgarrador que pueda parecer el panorama, siempre hay esperanza. Yo soy de ese raro tipo de personas que ven oportunidades en todas partes. Y con cada crisis llega también una oportunidad de renovación.

Renovarse, reinventarse, salir adelante, no es sencillo. Requiere mucho esfuerzo. Dejar de lado la pereza y afrontar los miedos. Es como esas promesas de ir al gimnasio el año que viene, que tenemos en la lista de propósitos para 2017. Ponerse en forma también es doloroso en cierta medida y sacrificado, y requiere de compromiso. Siempre es más fácil quedarse en casa. Salvo para esas personas que poco a poco han asimilado el deporte como una actividad más en su vida diaria.

El problema, no es este loco mundo nuestro cada vez más enfocado a la automatización y la digitalización de las tareas para mejorar la calidad de vida. El problema es que esa mejora en la calidad de vida es privilegio solo de una parte de la población. El problema, es el desconocimiento de cómo utilizar las nuevas herramientas para evolucionar y crecer a nivel personal. El problema es que seguimos educando mano de obra en las escuelas, cuando quizás el futuro para el trabajo “humano” radicará en aquellas cosas que las máquinas no puedan hacer.

Quizás deberíamos ser realistas y afrontar que nuestro actual plan de vida no sirve para las casi 7.500 millones de personas que somos, cuyas labores además son fácilmente asimilables en su mayoría.

Quizás hoy deberíamos valorar qué hacer con ese gran remanente de tiempo libre a nivel mundial que va a quedar como consecuencia del cambio en el mundo laboral.

Quizás hoy lo que deberíamos estar haciendo es pensar en cómo dar un giro a la situación, educar y dar herramientas a las generaciones que vienen para afrontar la nueva realidad.

Esfuerzo. Superación. Mejora. Creatividad. Imaginación. Innovación. Aprendizaje. Relación. Sacrificio. Adaptación. Improvisación. Perseverancia.

Todo ello son cualidades que nos hacen únicos y nos separan (al menos todavía a día de hoy) al hombre de la máquina, y en las que deberíamos apoyarnos más que nunca de hoy en adelante para encontrar un nuevo camino.

Tamara Elea Tonetti


 

Inspiración

Hace cosa de un año y medio, empecé a sentir una irresistible necesidad de leer sobre algunas personas en concreto. Me venían a la cabeza Steve Jobs, Richard Branson, Walt Disney, Stan Lee, Mike Morhaime, Michio Kaku, Hayao Miyazaki, Gary Gigax y Dave Arneson…

No es que pensara en todos ellos en el mismo día, pero cada tanto me asaltaban las ganas de conocer más sobre sus vidas. Hasta que un buen día me di cuenta que lo que estaba pasando, en realidad, es que buscaba inspiración. Desesperadamente.

Como ya he comentado más de una vez, una de las frases que he escuchado de manera recurrente a lo largo de mi vida es: “Eso es una locura”, cosa que se debe interpretar como “Dedícate a otra cosa más productiva y normal”.

En un mundo en que la “normalidad” es tan pavorosamente aclamada por todos, y las “peculiaridades” viven amenazadas por la extinción, sobresalen cada tanto esas personas cuya energía se contagia por el simple hecho de que se han sido fieles a sí mismas, y han luchado por sus sueños.

Como dijo Nelson Mandela: “Un ganador es un luchador que nunca se rinde”.

Así como el cielo nocturno está bordado de estrellas que nos iluminan en la más oscura de las noches, cuando ni siquiera la luna asoma, nuestro día a día cotidiano está iluminado por miles de personas brillantes que han tenido la bondad de compartir sus ideas con todo aquel que ha querido dedicar un segundo a escucharles.

Todas las personas que he mencionado al principio, son individuos que tuvieron un sueño y lucharon por él, contra viento y marea a pesar de los contrariados juicios del resto de la sociedad. Son (y fueron) capaces de plantarse y luchar por sus ideas sin tirar la toalla, y tras la lucha contra las adversidades, todos nos han dejado un legado y han plantado semillas para nuevas ideas en nuestro interior. O quizás si no para ideas, al menos nos han regalado sonrisas, sueños y esperanzas.

Tal y como comentaba hace unos días, fui a ver “La teoría del todo” sola. Fue una experiencia muy gratificante. En primer lugar, porque he aprendido que puedo hacer cosas por mí misma, más allá de la vergüenza (lo cual considero un pequeño éxito personal). Y en segundo lugar, porque jamás dejaré de asombrarme por las increíbles ganas de vivir de Stephen Hawking.

Creo que Stephen Hawking es una de las pruebas vivientes de lo que representa la fe en uno mismo, el coraje y la perseverancia.

Alguien a quien se le pronosticaron dos años de vida y que ya lleva más de setenta sobre la faz de la Tierra, maravillándonos con sus ideas a pesar de la gran cantidad de limitaciones físicas que padece. Sin rendirse, y dispuesto a exprimir todas las posibilidades de su maravillosa mente, hasta el final.

Sé que no hace falta mirar tan lejos para darse cuenta de que hay otras tantas personas, seguramente incluso anónimas, que salen adelante cada día. Pero hay algunos casos notorios que hacen que te pongas en pie, dejes de lamentarte, y empieces a caminar por tu cuenta.

Desde aquel día que sentí revolverse con fuerza esa pequeña marea en mi interior, he ido conociendo mucha gente en mi camino, que se han convertido en las pequeñas luces de mi firmamento. Personas que ahora tengo el placer de llamar amigas, y otras que sin conocerlas en persona, me han inspirado, como Simon Sinek o Jeff Gomez.

Desde aquel día, empecé también a perder los miedos. Aunque confieso que a ese proceso contribuyeron los dos años y medio de terapia, que necesité para exorcizar el poder psicológico que mi jefe ejercía sobre mí, haciéndome sentirme muy pequeña e inútil. Perder el miedo es un proceso largo, y muchas veces no pareces estar haciendo ningún tipo de progreso.  Sin embargo, el día llega en que te reconcilias contigo mism@ y vuelves a serte fiel. Y al serte fiel de nuevo, tienes confianza en tus ideas, y las fuerzas para luchar por ellas a pesar de los demás. Es un largo camino que empieza como todos: con el primer, y a veces titubeante, pequeño paso.

En esos días “místico-comprensivos” que los llamaría mi madre entre risas, me gusta pensar que estamos rodeados de luces.  Más aún: todos somos una pequeña luz. E incluso como dijera Carl Sagan en el último capítulo de su serie documental “Cosmos”: “Todos somos polvo de estrellas”. 

Me encantaría aprovechar la ocasión para dar las gracias a todas esas personas maravillosas que nos descubren cada día un nuevo fragmento del universo. Al vasto, al ínfimo, y al personal.

It is clear that we are just an advanced breed of monkeys on a minor planet orbiting around a very average star in the outer suburb of one among a hundred billion galaxies… But–ever since the dawn of civilization, people have craved for an understanding of the underlying order of the world.

There ought to be something very special about the boundary conditions of the universe – and what can be more special than that there is no boundary? And there should be no boundary to human endeavor. We are all different. There is no such thing as a standard or run of the mill human being–but we share the same human spirit. However bad life may seem, there is  always something you can do, and succeed at. While there’s life, there is hope.

Stephen Hawking 

“Es evidente que sólo somos una especie avanzada de mono en un planeta menor, que orbita una estrella de tamaño medio, en los suburbios exteriores de una galaxia entre billones… Pero desde el principio de los tiempos, las personas han buscado el conocimiento del orden subyacente del mundo. 

Tiene que haber algo muy especial en las condiciones limitadoras del universo… ¿Y qué puede ser más especial que el hecho de que no haya limitación en absoluto? Y no debería existir limitación al esfuerzo humano. Todos somos diferentes. No existe el humano común o medio… Pero todos compartimos el mismo espíritu. A pesar de lo mala que pueda parecer la vida, siempre hay algo que puedes hacer, y tener éxito en ello. Mientras hay vida, hay esperanza.” 

“We are all different. However bad life may seem, there is always something you can do, and succeed at. While there is life, there is hope.”


 

Y tu, ¿qué quieres?

Como probablemente ya sabrás si es que hemos llegado a coincidir, ni que sea leyéndonos, o en persona, soy un tipo de ser que le da muchas vueltas a las cosas.

De hecho, una vez tuve una clase de creatividad, en que una de las cosas que intentaba el profesor era potenciar que los alumnos tuvieran más ideas a la vez. Bueno, yo habría sido feliz con justo lo contrario.

A veces me gustaría pensar mucho menos.

También, en ocasiones, me descubro teniendo conversaciones conmigo misma en la cabeza.

No estoy muy convencida de que todo el mundo lo haga, no lo sé. ¿Tú qué opinas? Espero que sí, porque si no, de aquí me mandan al loquero, fijo. Lo cual me llevó hoy a pensar en una frase que leí en un libro de Richard Branson: “Nunca nadie ha aprendido escuchándose a sí mismo” (no estoy segura si la cita era o no suya). Recuerdo que cuando la leí pensé: “¡Cuánta razón!”. Pero en estos días de introspección profunda, me he dado cuenta de que (perdona, Richard, sabes que te quiero, quiero trabajar contigo igualmente, y seguiré leyendo tu blog y tus libros) en realidad, no es tan así. A veces aprendemos mucho escuchándonos a nosotros mismos. Muchísimo, de hecho. El problema, yo creo, radica en que no nos sabemos (o atrevemos) a atender.

Tengo una teoría muy interesante (que igual comparten más personas) sobre la frase: “No sé”. Mi teoría es (fanfarrias, redoble de tambores) que realmente sí sabemos, solo que no queremos asimilarlo.

Muy pocas veces “No sé”, es tal.

Muchas veces es una frase que decimos para evitar herir a alguien. Te diré una cosa: no funciona. Haces daño igual, y también te lo hacen. Qué le vamos a hacer. Y ya que estamos metidos en esto, voy a compartir un recuerdo contigo.

Cuando iba a EGB (sí, yo ya tengo una edad), mi amigo de la infancia y yo nos fuimos al cine a ver una película, ahora no recuerdo si Terminator 2 o Parque Jurásico 1, a un cine de aquellos de los viejos, de los que tenían una cortina que se corría para dar paso a la pantalla. Era la mítica y ahora desaparecida sala Waldorf. El caso es que yo fui al cine como si tal cosa, con mi mejor amigo de aquel entonces, a disfrutar de una película. Pero en una de esas, se le dio por pedirme para salir (wtf?). Me quedé tan bloqueada, que no supe decir que no (porque, claramente la respuesta era “no”), así que bueno, opté por el plan B: “No sé”.

Uno de los grandes problemas del “No sé”, es que claro, en algún momento tienes que saber. Y yo no tenía narices a decirle que no, así que utilicé la Técnica Avestruz, que en este caso venía a ser tirarme una semana entera diciendo “No sé”. Con el paso de los días, ya se dio por aludido, y entendió que era que no. Bueno, le pilló tanta tirria a esas dos palabras, que después de aquello, cada vez que una chica le decía “No sé”, la enviaba a pastar con las vacas. Y seguimos siendo tan amigos (te quiero, Bro).

Otra cosa que he aprendido en el último año, es que llevo casi toda mi existencia viviendo la vida según cómo los demás esperaban que la viviera.

Este año conocí a una persona muy especial. Yo creo que fue un regalo, o destino, o como se quiera llamar. Esa persona me contó muchas cosas de su vida, y espero que me siga contando otras tantas más, pero una de las cosas que me dijo, y tiene en eso más razón que un santo, es que mucha gente me dirá que no haga lo que quiero hacer a lo largo de mi vida. Y no por maldad, si no más ben al contrario: por amor. Porque las personas que te quieren, no quieren verte sufrirY muchas veces, seguir tu camino y apartarte de la senda conocida, es exponerse al fracaso, al dolor, a levantarse y volver a intentarlo. Y como esas personas que nos quieren, no desean que tengamos una vida de sacrificio, prefieren con todo el cariño del mundo, decirnos que no hagamos locuras y sigamos con el rebaño. Pero lo que no saben es que a muchas personas, seguir en el rebaño, las mata poco a poco.

Yo llevo un año haciendo muchas locuras. Muchas, muchas. Y las que me quedan. Pero porque simplemente, tras tanto tiempo de hacer caso a las personas que me desean bien, me he dado cuenta que su forma de hacer no es mi forma de hacer (le doy cada disgusto a mi madre…).

A mediados de diciembre estaba en casa de un amigo, charlando, y le decía que algún día me encantaría encontrar gente como yo, que me comprenda y no me miren raro (¡gracias, Gemma!). Con ello, claro, daba por sentado que mi amigo me entendía. Y para mi sorpresa me dijo: “No te confundas, yo tampoco lo entiendo, pero si a ti te hace feliz, yo te apoyo. Porque si no hubiera gente como tú, aún seguiríamos con piedras y palos”. Tengo que decir que hay algo de bonito en que te digan eso, creo…

Últimamente aprendo cosas muy básicas para los cánones normales.

Por ejemplo, para mí ir al cine es un evento social. No voy sola. Pero claro, por esperar a ir con gente, a veces han sacado la película de cartelera, o directamente he desestimado ir. Te diría que no sé por qué no voy sola, pero claro a estas alturas, no te voy a mentir. Es por vergüenza, por si alguien piensa, mira la chica esta que viene sola al cine… Y en el fondo, qué más da lo que piense nadie.

A lo largo de mi vida he hecho muchas estupideces, y me he perdido muchas cosas por decisiones basadas en el que dirán, o en lo que se suponía que se esperaba de mí.

Me acuerdo que cuando iba al instituto, no me iba de viaje si no era a un hotel de mínimo cuatro estrellas. Porque no molaba, claro. Y ahora, que sé que lo que me gusta es viajar, descubrir, pasear por las ciudades, ver pasar a la gente o conocerla, disfrutar de un café en una terraza, sacar fotos, leer o escribir; me he dado cuenta de que el hotel lo quiero solo para dormir, así que no necesito una cama de cuatro estrellas, en la que apenas voy a descansar.

Será la madurez, pero finalmente he comprendido que cuando ya no esté aquí, me llevaré las experiencias y no la cama. Así que quiero vivir mi vida, disfrutando de esas experiencias.

Y por ese sencillo motivo, este fin de semana me iré a ver “La teoría del todo”. Me parece una elección maravillosa para esta decisión.

La pregunta no es “Y tú qué quieres”, si no “¿Y yo qué quiero?”.

Un día antes de conocer a esa maravillosa persona que ahora mismo está disfrutando un viaje increíble por Sudamérica, conocí también a otra que dejó su trabajo porque estaba harta, no la llenaba y lo hizo de una forma bastante espectacular y original. Le escribí porque cuando vi cómo se fue, me hizo pensar. Y visto en retrospectiva, quizás no lo suficiente. Le dije que no la conocía, pero estaba orgullosa de lo que hizo, cómo lo hizo, y que era una inspiración.

Una semana más tarde me respondió un mail, y diciendo que no haga nunca caso a las personas que me digan que no haga algo a mi manera, que siga siempre mi camino, que es duro, pero al final la felicidad llega. Que siga luchando. Y eso hago.

Y te diré que creo que hay algo más triste que tener un sueño y abandonarlo porque alguien te diga que noY es que tú mismo te digas que no a algo que sabes que eres capaz de hacer, o qué demonios, igual no sabes si puedes, pero si no lo intentas jamás lo averiguarás.

No me vale un “No sé”.

En el fondo, en el fondo, en el fondo de tu ser, hay una vocecita que si la escuchas te dirá “Sí” o “No”.

Me gustaría decirte que sigas tus sueños, que los persigas y no los dejes escapar. Si te ves capaz de hacer algo, aunque el mundo te diga que no es posible, y tú lo ves claro: lucha.

Piensa más a menudo en qué quieres tú, y menos en lo que quieren los demás. No es fácil, pero vida, solo hay una para intentarlo.

Yo tengo una larga lista de cosas que tengo que hacer, y ahora que he superado que me digan que “no” los demás, me queda lo más duro: aprender a no decirme “no” a mí misma, y preguntarme a menudo “¿Qué quiero yo?”.


Para siempre

Resulta que este año, a todos los efectos y por primera vez en mi vida, puedo hacer uso de la frase “Año nuevo, vida nueva”.

Normalmente, la estación de cambios es la primavera. Esa que tenemos asociada al renacimiento tras el frío y duro invierno. Esa en que los árboles vuelven a lucir nuevos brotes y las flores reaparecen con sus colores bajo el sol. Primavera es la promesa de un nuevo comienzo. Y sin embargo, para mí el nuevo comienzo lo ha marcado el invierno, con el nuevo año.

Después de todo lo acontecido, he estado meditando sobre algunas frases, especialmente estas dos: “Para siempre”, y “Vale la pena”. Bueno, quizás la primera no es una frase en sí misma, pero yo creo que me entiendes.

El caso es: muchas veces hacemos un uso irreflexivo de las palabras.

La primera vez que me di cuenta de ello, fue de manera absurda y siendo yo pequeña, en el metro.

Creo que muchas veces miramos sin ver. ¿Cuántas veces habré mirado los letreros de las paradas, sin ser consciente de dónde estaba realmente? Por ejemplo, la parada de “Poble Sec” (Pueblo Seco), “Sants” (Santos), o nombres de calles como “Rocafort” (personaje histórico). Cada cosa tiene un significado, un porqué de esa elección. Estaba tan habituada a “verlo” que jamás me pregunté por ello. Simplemente leía las palabras sin pensar.

Estos días tengo conversaciones con mis amigos sobre: “Vale la pena”.

Aunque es una frase que usamos de forma superflua, es digna de análisis, porque dice ni más ni menos que estamos dispuestos a pagar con dolor y lágrimas, con esfuerzo, con sufrimiento, el conseguir algo. La decimos muchas veces, en momentos triviales de la vida como las rebajas: “Cómprate el jersey que está rebajado al 30% y vale la pena”. Hemos banalizado por completo la frase.

Cuando decidimos arriesgarnos en una relación, o realizar un cambio en nuestra vida, a veces, también la utilizamos.

Y creo que aquí, sí tiene sentido el uso. Porque realmente, empezar una relación implica muchos cambios y esfuerzos: abrir nuestro corazón, confiar en otros, amoldarse, aprender a comunicarse, explorar… Empezar una relación es exponerse al desnudo en cuerpo y alma, y por completo a una persona, con todo lo bueno y todo lo malo. Con el miedo al rechazo futuro y al dolor ante la posibilidad de una relación rota. Por eso, cuando decidimos empezar con alguien y creemos que vale la pena, estamos indicando (aunque no lo sepamos) la profundidad del cambio que estamos dispuestos a abrazar. Lo mismo podría decirse del cambio de trabajo.

También tengo conversaciones sobre “para siempre”.

Para siempre, es mucho tiempo, y es muy relativo.

Aunque no nos guste, tod@s somos un producto de nuestra época. Nuestros gustos, nuestra forma de relacionarnos, nuestra forma de comunicarnos, nuestra forma de entender el mundo. Con algunas variaciones, pero en realidad no todas nuestras elecciones son realmente conscientes y nuestras.

Uno de los grandes problemas del siglo XXI, de mi generación y de quizás las venideras, es el mundo que nos han “vendido”.  El mundo que nos educaron para creer que sería y no es, que es muy diferente al que nos hemos encontrado.

Nos han educado en el “para siempre”.

Un trabajo para siempre, una casa para siempre, una pareja para siempre. Y, ¿qué pasa cuando ya no es así?

Mi hermano, con quien me llevo casi dieciocho años, me dijo hace un tiempo en un momento de ofuscación adolescente (de esos en los que piensas: “un buen copón necesitas tú…”), que para qué iba a estudiar, si para cuando acabara no habría trabajo para él, que España estaba muy mal. Y quien dice España, dice el mundo. Pero bueno, emigrar a otro planeta habitable no es posible todavía, así que tendremos que contentarnos con este. El caso es que yo le dije, en un momento de iluminación, que tenía que ampliar su mira.

Cuando yo iba al colegio, la promesa que me hizo el mundo es que si acababa mis estudios y tenía un título universitario, tendría un buen trabajo donde podría jubilarme. Un trabajo para siempre. Pero cuando acabé la universidad, el mundo empezó a cambiar, y me di cuenta que esa promesa no se podría mantener. El mundo que me ha tocado vivir es el de cambiar de empresa para sobrevivir. Sin mayores traumas. Aprender a cambiar de posición y alcanzar de nuevo un equilibrio. Y la generación de mi hermano irá un paso más allá como tantos otros desde que estalló la crisis: cambiarán muchas veces de país, y no solo de empresa a lo largo de sus vidas.

El mundo hoy es el mundo del fluir.

El mundo de adaptarse. El mundo cambiante que no es igual que ayer, ni el mismo que mañana (en parte también por los avances tecnológicos cada vez más veloces). Y en un mundo tan voluble, qué difícil es mantener la promesa del “para siempre”.

Porque “para siempre”, implica quietud. Que hoy seremos igual que ayer y que mañana. Y (afortunadamente) esto no es así.

Con mi “año nuevo, vida nueva”, he aprendido algo que otras personas aprenden antes que yo: que “para siempre” ya no existe tampoco en las relaciones de pareja.

Hace tiempo tenía un blog bastante personal. Tengo que decir que me alegro mucho de haber escrito en él, porque me sirve para ver lo mucho que (afortunadamente también) he cambiado. Y me doy cuenta que cosas por las que paso ahora ya las viví entonces. Así que al menos me sirve como bitácora, y no sé si debería preocuparme que en algunas cuestiones haya seguido viendo la vida igual que hace ocho años. Hice ya en su momento una interesante reflexión sobre esto del ad infinitum. Y a lo que se ve, no me he hecho mucho caso a mí misma, hasta que ha pasado algo lo suficientemente importante para cambiar.

Por eso, me gustaría hacer un alto en el camino y animarte a escribir siempre que puedas, aunque se te de mal: la práctica ayuda a mejorar y es bueno tener una referencia de cómo eras. Un día, aunque no lo creas, te gustará leerlo o te servirá incluso.

Y después de todo lo vivido, me encuentro ahora pensando no con las gafas del “para siempre” si no con las de “ahora” o “por ahora”, que son más fiables.

Con una elevada probabilidad, dentro de cinco años, seré alguien muy diferente de quien soy ahora. Tú también. Todos lo seremos. Eso quiere decir que si conozco a alguien de quien ahora me enamoro locamente, le quiero ahora en este momento, y mañana esperemos que sí pero puede ser que no, no pasa nada. Ahora entiendo lo que tantos amigos se esfuerzan por hacerme entender con eso de “disfruta del momento”. Pero es un conocimiento que llega como el de los enchufes y los dedos entumecidos: tras meterlos en ellos, en primera persona y con dolor.

Muchas de nuestras frustraciones provienen de esos grandes planes a largo plazo que tejemos con nuestra situación actual como base.

La hipoteca que firmamos cuando teníamos un buen puesto de trabajo, previendo que mantendríamos el sueldo los próximos 35 años, sin pensar en un despido porque eso no me puede pasar a mí.

El trabajo que pensamos que vamos a tener cuando acabemos los estudios, porque claro, con este título cómo no voy a encontrarlo.

La vida maravillosa que disfrutaré junto a mi pareja los próximos treinta años, envejeciendo juntos en el porche…

Tener una idea de hacia dónde queremos que vaya nuestra vida, es importante. Pero muchas veces tomamos decisiones basados en ese “para siempre” que no existe. Como cuando te dicen que tienes que ser bueno para cuando mueras, ir al Cielo, y pasas tu vida pensando en ese “premio” futuro sin ver el precioso presente.

Pasamos por la vida corriendo a todos lados. Sin disfrutar lo que nos envuelve, sin disfrutar de la comida, de las personas, de las charlas, de los todos momentos del día. Consumimos la vida, nos atragantamos en el festín de los días, esperando el próximo plato sin pararnos a saborear el que tenemos en la mesa porque creemos que siempre llegará el siguiente, y quizás mejor.

Con tristeza y añoranza aprendí el año pasado que solo tenemos “ahora”.

Aprendí que cuando “ahora” pasa, y se transforma en “ayer”, muchos momentos que ahora nos parecen malos se borran con los buenos recuerdos de lo que ayer no supimos disfrutar plenamente.

Y aprendí también que cuando “ayer” pasa, y se transforma en “hoy”, tenemos una oportunidad de empezar de nuevo, no para siempre, si no por ahora.


¿Quien soy?

Cuando era pequeña, quería ser muchas cosas: astronauta, ingeniera genética, superheroína, mutante, profesora, presidente, elfa, piloto de mechas. Pero lo que quería ser y en lo que acabé por convertirme, son dos cosas muy diferentes.

Yo nací en Uruguay. Cuando tenía cuatro años (allá por 1983), mis padres se embarcaron en la aventura de sus vidas, que fue emigrar, con dos mochilas y mil dólares americanos en metálico. Cumplí los cinco años en Barcelona.

En aquel entonces, ser inmigrante era algo duro. Porque habían pocos. Recuerdo que los niños en el colegio, me decían que les hablara en uruguayo. Porque claro, yo venía de un país diferente, y por lo tanto tendría que hablar otro idioma, ¿no? Se sorprendieron cuando les dije que ya estaba hablándolo, y les expliqué que en Uruguay se hablaba también castellano.

Creo que en ese momento, perdí un poco del misterio que les atrajo hacia mí. Y no sé cómo, pasé a ser la niña rara.

La convivencia vecinal también fue de lo más diversa.

Tengo bonitos recuerdos. Como los que atañen a los vecinos del tercer y cuarto piso. Me gustaba mucho jugar con Ingrid, era una chica fantástica. Y después estaba Oscar, que me pasaba cosas con una canastita que nos habíamos hecho, y así subíamos y bajábamos objetos entre pisos, porque yo vivía en un principal.

Pero también tengo malos recuerdos. Como vivíamos en el principal, teníamos un patio bastante amplio, que lindaba con el de al lado y estaba separado por una reja cuyas varas se distanciaban aproximadamente en espacios de quince centímetros. Más que suficiente para que pase una mano.

Un día, la señora de al lado estaba celebrando el cumpleaños de las nietas. Hizo una fiesta preciosa, a la que invitó a los niños del edificio. Menos a mí. A mí me dio de comer pasando un plato por la reja con algunas piezas de repostería. Y cuando lo cogí, le dijo a los demás: “Mira, pero si parece un monito cuando come”. Yo no lo entendí. Pero mi madre justo estaba entrando en el patio y se lió una buena.

Ahora sí lo entiendo.

Mis padres me han inculcado muchas cosas buenas. Pero también algunas malas. Por ejemplo, crecí pensando que si no tenía dinero no sería nadie en la vida. Escuché muchas veces la frase “En esta casa no hay nada tuyo porque no lo has pagado”. La consecuencia de esos años fue que yo crecí con una gran ambición y muchísimas ganas de ganar dinero a mansalva.

Eso es un estigma que arrastré hasta los veintimuchos. Se dice por ahí que en esta vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Bueno, yo pensaba que mis prioridades eran tener carrera, tener trabajo y tener mi casa. Me he esforzado mucho para las últimas dos cosas. La primera siempre me ha resultado sencilla. Pero las otras dos me han enseñado cosas muy importantes.

Una persona me dijo que no hay nada más importante que el trabajo. Por encima de la familia. Tal cual. ¿Sabes qué es lo fuerte? Que yo me lo creí. Porque estaba cegada con que mi lugar en el mundo dependía de mi dinero y de mi éxito profesional. Hoy veo todo con otro prisma.

La otra cosa que aprendí es que la felicidad no es tener una casa a medias con el banco. Siempre pensé que comprarme un piso sería el símbolo de mi culminación como ciudadano productivo. Lo que sucedió cuando la tuve fue muy distinto. Seguía sin poder dormir por las noches, y me asaltaban muchas preguntas. Y me pesaba no tener tiempo para mí. Porque no tener tiempo personal era el precio que yo pagaba a cambio de los euros a final de mes.

Cuando me di cuenta de todo ello, empecé a plantearme algunas cosas de mi vida. Vivir sola da para mucho, ya sabes. Te vuelves como la vieja de los gatos de los Simpson.

La primera es, cómo queriendo ser astronauta acabé de administrativa. La segunda, que el lugar de una persona en el mundo no depende del dinero. Y la tercera, que la felicidad no es algo que pueda llenarse con nada material.

Cuando alguien me decía hace diez años, algo parecido a: “la felicidad viene de dentro”, creo que no me reía por educación. Porque yo estaba convencida que felicidad era tener éxito en la vida.

Yo no sé qué es felicidad para ti.

Pero para mí es algo más parecido a tener paz interior. A saber quién soy. A serme fiel a mí misma. Es tener sueños por las mañanas, y esperanza. Y ganas de hacer cosas nuevas. Eso es lo que hace que me levante por las mañanas y tenga fuerzas para afrontar lo que venga. Lo que sea.

Todo lo demás, es pedirle al mundo que me haga feliz. Pero he aprendido a las duras en estos años, que la felicidad es como un músculo, o un arte. Hay que ejercitarlo, hay que practicar, hay que poner mucho de ti mismo. Y todo lo que venga de fuera, es un regalo.

Para mí, felicidad, es saber quién soy y ser capaz de aceptarlo.


Vencer a las sombras

Una vez, hace muchos años, le dije a mi madre: “Creo que el mundo está hecho para que yo sea feliz”.

De alguna manera, pudo sonar un poco prepotente, y tal vez daba lugar a malinterpretación… Pero para mí, era una frase que tenía todo el sentido del mundo. Porque con el paso del tiempo había ido descubriendo que las cosas que había anhelado, se habían ido cumpliendo (en rasgos generales).

Creo que, cuando deseas algo verdaderamente, de forma inconsciente trabajas sin cesar. Tu mente piensa en ello, y por lo tanto, tú actitud cambia y te esfuerzas para conseguirlo (aunque no lo sepas).

¡No te hablo de la lotería claro!

Te hablo de las cosas que dependen de tus acciones más que del azar.

Y aun a riesgo de que pueda sonar esotérico, creo que cuando encuentras tu vocación, tu pasión, tu objetivo, tu camino si así quieres llamarlo, todo se alinea.

¿Sabes eso que ocurre en muchas ocasiones, de que la sonrisa se contagia, al igual que la rabia?

Creo que cuando encuentras tu vocación, eres capaz de afrontar las dificultades con optimismo, y a pesar de los días malos, y de los obstáculos, en alguna parte de tu ser sientes que tienes la fuerza necesaria para seguir adelante, pese al sacrificio que pueda representarte.

Pero lo más maravilloso es que ese optimismo, esa alegría, se contagia. Y gracias a ella conoces a otras personas que te acompañarán en tu camino de un modo u otro: a tu lado para guiarte, a tu lado para apoyarte, a tu lado para escucharte o a tu lado para inspirarte.

Por eso hoy es un día muy especial para mí. Porque después de mucho tiempo y esfuerzo, encontré mi camino, y en él coincidí con una persona maravillosa, gracias a la cual ahora mismo tengo el placer (y el honor), de  compartir esta porción de ciberespacio: Gemma Segura, quien me ha brindado esta oportunidad. Y también la oportunidad de compartirlo contigo, que estás ahí leyendo.

Y como es una ocasión especial, quiero compartir un recuerdo.

Un par de años antes de cumplir los treinta (quienes estén cerca de cumplirlos tal vez puedan entenderlo, porque a veces uno pasa verdadera mala racha), alguien me dijo algo en una conversación.  No recuerdo bien por qué estaba molesto. El caso es que lo estaba. Me dijo una frase que no se me olvidará en la vida: “Porque tú te crees que eres muy inteligente, pero estás rodeada de gente muchísimo más inteligente que tú. Y tienes la autoestima muy alta, y sé que oír esto te jode”.

Y tenía razón.

Me jodió. Me jodió mucho. Me jodió tanto, que empecé a caer en espiral a un agujero negro que empezaría a engullir mi autoestima en los tiempos venideros. Me hizo daño. Y cuando lo recuerdo, me da mucha rabia. Y te digo que hace unos seis años de aquello, pero lo recuerdo como si fuera ayer.

Pero lo que no te mata, te hace más fuerte. Y créeme cuando te digo, que yo saqué mucha fuerza de aquello. Empecé a mirar mi entorno con otros ojos.

En estos tiempos convulsos que corren, creo que uno de los mayores logros de aquellas personas y organismos que ostentan el poder, es hacerle creer a la gente que no tiene la capacidad de cambiar nada.Que da igual lo mucho que se esfuercen: todo permanecerá tal como está. Educar y criar a alguien, con el convencimiento de que podrá tener una vida “digna”,  siempre que permanezca dentro de la norma, es una gran victoria presente y futura.

Y es que el precio de esa “normalidad” son los sueños, los deseos, la esperanza. La condena a la “mediocridad”.

Sinceramente pienso que todas las personas, y  digo TODAS las personas, tienen un don que las hace especiales. Pero muy pocas se sienten así, ni se sienten capaces, porque el mundo industrializado y jerarquizado en el que vivimos ha dado prioridad a una serie de habilidades y aptitudes que engloban más el pensamiento racional, y relega la creatividad y el resto de capacidades a un plano inferior. Y por lo tanto, nunca han recibido el apoyo necesario para desarrollarse.

Hay quienes son buenos matemáticos, buenos físicos, buenos médicos, buenos profesores… Pero también hay buenos músicos, y bailarines. Y cocineros. Y amas de casa. Y educadores… Y la lista sigue y sigue. El mundo nunca funcionará si alguno de esos elementos (que nos pasan desapercibidos) falla.

Ninguna habilidad es mejor que otra.

Mejor y peor, bueno y malo, grande y pequeño; son conceptos muy subjetivos y que vienen impuestos de fuera.

A veces hay que caer muy bajo para encontrar esa cosa que te distingue de los demás, esa habilidad que te hace brillar. Y cuando la encuentras (salvo que seas un fan de Jack el Destripador), hay que aferrarse a ella y cultivarla. Sin avergonzarse.

Lo mío no es el pensamiento racional. Es un hecho. No seré un Einstein, ni un Hawkins, porque yo tengo otras cualidades. A mí lo que me apasiona es cocinar y hacer pasteles (y desde luego, comérmelos). Me apasionan los trabajos creativos, y motivar a los demás para sacar a relucir lo mejor de ellos. Quiero aportar mi granito de arena para que la vida sea más consciente, plena y feliz. Y a veces el camino a la felicidad pasa por senderos desconocidos.

¡Nos vemos pronto!