Eres tú y el camino

Pronto llegará el momento, ese día de reflejos perdidos que ya nunca trucarán los sueños y será entonces cuando ya nada se interpondrá entre lo que eres y lo que quisiste ser.

Puede que te sientas abandonado por la vida, puede que requieras esa muleta de ayuda que siempre rechazaste porque nunca creíste ser más débil que el peor de tus pecados.

Te cuesta aguantar tu propia mirada porque no llegaste allí donde jamás se pone el sol y donde la felicidad se cuece a fuego lento. No conquistaste la tierra del sabor a sal y del perpetuo viento del sur, allí donde los suaves perfumes esconden la podredumbre que crece en tu interior.

Y, sin embargo, nunca fuiste más libre, más fuerte, más pleno. Nunca como ahora tuviste la posibilidad de tomar el camino más suave y pasear tus deseos por la tierra roja de sangre y de miedo. Nunca como ahora fuiste tú y esa soledad que te acompaña, te mima y te consuela cuando el dolor es demasiado intenso.

Atrévete a salir de la jaula y enfréntate a todo aquello que cargas con el dolor de los deseos perdidos. Mastica tu ira, déjala fluir por tus venas y siente como se abre paso por tu cuerpo, despertándolo, con dolor, con deseo, con esperanza, con la decepción del tiempo perdido y los errores omitidos.

El tiempo ha barrido el camino de tu regreso y ya nada ni nadie te espera.

Las lágrimas han sembrado el huerto de tus quimeras y el fruto de tus ambiciones explota saciándote de calma y de una extraña indiferencia ante las miradas ajenas.

Eres tú, con tus manos, con tu sexo olvidado, con tu cuerpo formado, con las heridas sanadas, con los gritos oscuros, con el placer recibido, con la sonrisa abierta, con el puño cerrado, con el corazón abierto y calmado.

Eres tú, solo eso.

Eres tú, solo eso.

Solo eso.

Tú.

Víctor Panicello


 

La vida bella

Esta vez lo haré, me comprometo a tratar de ser optimista.

Cuando nazca el día, me levantaré y daré las gracias al universo por dejarme existir. Si está nublado, daré las gracias a las plantas que, con su aportación de oxígeno, me permiten respirar. Si se me han muerto algunas por no regarlas, daré gracias al gato, por serme fiel y buen compañero, aunque nunca acuda a mis llamadas o me lance la zarpa si intento jugar con él.

Saldré a la calle con una sonrisa, porque me siento vivo, aunque la tos me mata y la espalda no me deja ponerme derecho del todo. Saludaré a mis vecinos con cariño y les recordaré con amabilidad que llevo tres noches sin dormir porque a sus hijos les gusta el rap latino a todo volumen. Conduciré disfrutando del paisaje, el mismo que veré durante la próxima hora detenido en la autopista por una retención monumental, la de cada mañana.

Empatizaré con mis compañeros, mis colegas de profesión y contemplaré con ellos las dos mil fotos del fin de semana en la playa con sus hijos, suegra, amigos, hijos de sus amigos y dos nuevos novios para sus hijas adolescentes. Centraré mi atención, viviré el poder del ahora en cada expediente que pase por mis manos, a pesar de que sean siempre los mismos los que reclaman más atención social y que el mundo sea más justo con ellos.

Disfrutaré de la comida que me llena el plato y bendeciré mi suerte si consigo encontrar el trozo de carne sumergido en esa salsa oscura que me sirven cada día. Oleré el café de máquina, intenso y me transportaré con él al lavabo, con urgencia, tratando de no tocar nada de ese santuario de pequeños seres con caparazón que comparten la madre tierra con nosotros. Benditos sean los animales y los insectos que reptan.

Disfrutaré de vuelta a mi hogar, trataré de que mis hijos se den cuenta de mi presencia y hablaré con ellos entre pausa y pausa de alguna de las mil partidas que juegan a diario. Me mostraré atento y agradecido con esa persona que comparte mi vida, mis sufrimientos y que me responsabiliza de sus limitaciones y sus frustraciones con una intensidad única e incomparable.

Veré caer la luz y suspiraré en el crepúsculo que se adivina tras la capa de contaminación que cubre nuestras vidas. Elevaré con él mi espíritu mientras escuchó los gritos de agradecimiento a la vida de la banda adolescente que destroza el parque infantil. Serenaré mi alma con la Luna llena que debería estar en alguna parte de ese cielo gris que cubre nuestras cabezas. Brindaré con ella con vino del Mercadona y buscaré un Almax para la acidez que me provocará ese licor de los dioses.

Finalmente, cuando este día llegue al ocaso, me dormiré en el sofá hasta que alguien me dé un suave codazo en las costillas. Conectaré la alarma por si vuelven los ladrones que asolan el barrio y daré gracias con la posición del loto muerto de cansancio, pensando que el colchón no pasa de este trimestre.

Cuando pierda el contacto con este mundo, roncaré suavemente mientras el gato salta sobre mis partes nobles y alzaré un grito al cielo.

La vida es maravillosa, solo hay que saber mirarla con unas gafas opacas.

Víctor Panicello 


 

Cosas que no necesito

No necesito nada para seguir adelante, ni las comodidades de una vida que creía construida, ni el cariño de unos hijos que hace tiempo dejaron de serlo, ni el apoyo de una familia que murió o me abandonó o ambas cosas.

No necesito el dinero, ni el miedo a no tenerlo. No necesito respirar siempre el mismo aire creyendo que así me sentiré más seguro.

No necesito el pasado para vivir el presente.

Miro el horizonte nublado, pero ya no me asusta la tormenta. Después de vivir mi muerte, que otra cosa puede asustarme, que otra cosa me ata a mis raíces podridas. Vivo pendiente del tiempo, sintiendo como se desliza entre los rincones de mi vida y me avisa: ya no te queda mucho, ya no te queda nada.

Cada día que explota en mi ventana es como una fotografía quemada, como un cuento sin héroes, como una noche sin alba. Me siento en esa silla vacía donde surgió un día el recuerdo de quien era yo entonces. Me siento en esa silla y contemplo la nada.

Dejo caer la carga pesada que he almacenado con tiento para futuros inciertos. Y entonces despierto y descubro que jamás hubo futuro, que jamás llegaré a tocar el cielo, que nunca existió en mi un infierno. Me siento estafado y contento, confuso y abierto, frustrado y también liberado. Siento que no necesito mis sueños, que no necesito sentir ese aliento que un día creí para siempre y que ahora está frío y ausente.

No necesito mi vida para seguir viviendo.

Paseo mis horas de soledad por los parques desiertos, contemplando las risas que temo. Respiro aires nuevos y viejos momentos de soledad y de dudas, de sentir que no encajo en ese álbum ilustrado donde todo está escrito.

Vuelvo a ser aquel que luchó fieramente contra el miedo al olvido.

Pero ahora soy fuerte y más fiero. No necesito mis miedos, no necesito el dinero, ni sentirme seguro, ni amado, ni tan siquiera apreciado.

No necesito amigos que nunca lo fueron, ni amores que jamás existieron.

No necesito el sexo, ni el poder, ni la fe, ni los pensamientos oscuros, ni ese aire de misterio que en realidad era miedo.

No necesito de nada, solo algún que otro apoyo cuando las piernas flaqueen y el cansancio me llegue.

Ahora que ya no soy nadie podré, al fin, abrir mi propio camino, labrar mi propio huerto, construir mi propio barco, dormir mi propio sueño, gritar mi propio suspiro o morir en una vida que vuelve a ser mía.

No necesito el silencio, solo mirar hacia el cielo.

Víctor Panicello Monterde


 

Lo obvio

Cuando llueve pienso en agua, igual que cuando nieva pienso en algo blanco. Cuando aprieta el Sol pienso en hielo y cuando nace el día pienso en luz. De noche… oscuridad.

Todo es obvio en esta vida que construyo con ladrillos de piedra y armo con cemento oscuro y espeso. Todo es obvio cuando pienso en esperanza verde, gatos negros o rojo de fuego.

Avanzo por la izquierda, señalo con el índice y camino con paso vivo. Respiro profundamente, odio con inquina y abrazo con fuerza.

Todo es obvio en esta vida en la que creo en mí mismo y en la bondad de mis vecinos, en la que siento el apoyo de mi familia y la paciencia de mi pareja.

Huyo sin mirar atrás y golpeo con dureza. Hablo con reparos y prudencia y sonrío con la dulzura de una fuente cristalina. Nada en mí es especial, nada en ti es egoísta.

Resisto los deseos y amo a mis semejantes casi como a los animales a los que adoro por lo fieles que son. Sufro con las desgracias y aprovecho cuantas oportunidades se presten.

Todo es obvio cuando hablo y cuando pienso. Todo es obvio cuando miento para proteger lo que más quiero.

Sufro con los desplantes, me impaciento con las esperas, creo en todos los dioses y me desconcierto con los sinsentidos.

Disfruto con los perfumes que desprende la primavera, me encojo en el frío invierno y vuelo con cada largo verano.

Todo es obvio en esta vida mientras espero el momento de salir de ella, de morir de miedo, se temblar de pasión o de deseo.

Mientras eso sucede, mientras sueño con imposibles y reclamo los placeres que me han sido negados, viviré con lo obvio.

Después de todo, la hierba crece y el mar se mueve en su inmensa soledad.

Es obvio.

Víctor Panicello Monterde


 

Las cosas sencillas

Cuando la vida se complica, todo se vuelve oscuro y difícil, y entonces te metes en ese laberinto del que sientes que nunca más podrás salir. Lloras de rabia e impotencia porque tú, lo que siempre has querido, es aquello que resulte sencillo, simple y transparente.

Dices que te sientes abrumado por no saber nunca dónde está en realidad el problema y por eso no encuentras las soluciones. Antes eso no era así, todo parecía fácil y claro. Cuando algo iba mal, lo cambiabas o lo ignorabas, pero no lo cargabas encima sin saber en realidad el motivo, sólo porque crees que debes hacerlo.

No quiero una vida complicada, aunque a veces todo el mundo se empeñe en cambiar de carril sin avisar, en quitar los carteles que me permiten orientarme, en disfrazar las palabras que ya no dicen lo que quieren decir, en desviar la mirada sin hacerme saber en qué les he fallado, en no escucharse ni escucharme.

Me gusta saber con quién estoy y por qué, me gusta amar cuando soy amado e ignorar cuando soy envidiado, me gusta tomar el Sol en paz, me gusta el mar y el agua en movimiento, me gustan las miradas tranquilas que se entretienen en mis ojos, me gusta el silencio cuando no es un preludio del infierno.

No sé cuándo se pasa de lo frágil a lo insensible, cuándo nos encerramos en nuestras cajas de miedo y de razón, cuándo dejamos de gritar si algo nos duele o cuándo nuestro dolor se compensa con el dolor ajeno. No sé cuándo pasó todo esto, ni si alguien me pidió participar en este juego macabro de correr hacia el vacío.

En las reglas de esta vida no está escrito que todo deba ser siempre más confuso, que todo gire sobre sí mismo hasta perder de vista el inicio y el final, que todo se difumine cuando crees que ya estas cerca de la meta.

Solo quiero vivir de cara, con la luz en el pecho y el sonido de mi propia respiración acompasado con los pasos que me llevan hacia un camino sin prejuicios, donde la vida no se retuerce, ni se para, ni se muere.

Un lugar de cosas simples, donde soy, estoy y envejezco, sabiendo que el horizonte siempre me espera para velar por mis sueños.

Soy corazón, razón y un solo cuerpo, todo eso y nada más que eso.

Si me acompañas deja atrás tus resuellos, olvídate de las promesas, no dejes que te atrape el miedo.

Si me acompañas, alza por fin el vuelo.

Cuando todo se vuelva claro, será por fin el momento, la llamada perdida de un eco que te llevará de la cima hasta el suelo.

Y allí, por fin, dejarás atrás el tiempo http://www.ien.es/ca/blog/musica-classica/

Víctor Panicello


 

Cuando vuele con el viento

Cuando siento la presión es que ya he ido demasiado lejos.

Soy de los que aguanto el dolor, las quejas, las impertinencias, el sarcasmo e incluso que las premisas falsas.

Lo entiendo casi todo, sea injusto, inmaduro, caprichoso o aprovechado. No me importa aceptar tus argumentos, aunque sepa que se basan en algo que te has construido sin pararte a pensar en qué parte es cierta y cual solo conveniente.

Asimilo que, a veces, las personas racionales se vuelven emocionales y a la inversa y que casi nunca te avisan de que gorra llevan ese día.

Guardo silencio ante tu ira, tu egoísmo o tu falta de compromiso real. No te muestro tus debilidades ni intento meter una cuña en ellas esperando que eso me favorezca en esas mil batallas que iniciamos en otros tiempos.

Me contengo.

Subo el listón de mi muralla.

Sin embargo, cuando siento la presión, esa molestia que no me deja pensar, que no me deja sentir, que no me deja razonar, es que algo va ya muy mal. Trato a menudo de contenerme, de volver a esa paz interior que ya he perdido y que se esconde de mi porque no quiere estar presente cuando todo reviente. Y eso es lo que pasará, que llegará una señal que me dirá que ya es hora, que ha llegado el momento de iniciar mi marcha.

Y entonces me iré.

Nada de lo que digas, hagas o lamentes podrá entonces detenerme. Me iré para no gritar, para no decirte todas esas cosas que he cargado en mi mochila hasta tenerla llena a rebosar. Me iré para no decirte que te di tiempo, comprensión y cien oportunidades de aprender a quererme una vez más.

No volveré.

Aunque oiga tus lamentos, entienda tus razones y consuele tus lágrimas. No volveré y tu vida y la mía serán otra vez tu vida y la mía y no la nuestra como lo fue durante tanto tiempo. No era eso lo que querías cuando reclamabas mi atención, mis caricias y mis silencios. No era eso lo que esperabas cuando golpeabas una y otra vez nuestro deseo de sentirnos como éramos en ese entonces que nunca fue. No era eso, aunque nunca te importó si tus embates causaban heridas.

Ahora las ves reflejadas en la soledad de tus miedos, en la tristeza de tus ausencias, en ese vacío que quedó en nuestra cama.

Cuando siento la presión, ya no soy quien era ni todavía quien quiero ser. Solo sé que es momento de partir, de empezar de nuevo el viaje, de dejar atrás las despedidas, el despecho y los reproches.

Hoy abro la puerta y comienzo a caminar de nuevo.

Víctor Panicello


 

El olvido

Vienes y me cuentas tus penas y yo, sin pensar que tal vez tenga otra alternativa, las absorbo, las mastico, las digiero, las hago mías.

Sin embargo, con cada confesión se abre paso algo en mi interior, una sensación a medio camino entre la compasión y el desprecio. Lo siento, es así, aunque no te lo digo porque realmente no creo que te importe, al fin y al cabo, tú solo quieres que alguien te escuche, solo necesitas un muro al que lanzarle tus piedras.

Soy tu cojín de las pesadillas, de los sueños que no te atreves a soñar, de los miedos que no te atreves a enfrentar. En esos momentos me utilizas, lo sé muy bien, aunque te escondas bajo esa capa de dolencia fingida que crees que me engaña una y otra vez.

Y otra.

Y otra.

En el fin de nuestros días de amor, apenas cumples con el ceremonial que nos impusimos cuando todo en ti era alegría, cuando todo en mi era esperanza. Me sonríes si te miro, pero dejas de hacerlo si vuelvo la cara. Y en ese momento desaparecen las sombras de nuestro mundo y dejan al descubierto que algo nació muerto en nuestra historia de silencios sin resolver.

Nadie, salvo tú ha sabido deleitarme con mi propio reflejo en el espejo de esos ojos que ya no me ven. Nadie, salvo yo, ha llorado tus ausencias mientras tu cuerpo yacía, dormido o muerto qué más da, en el lado oculto de nuestra cama. En ese lugar secreto donde tanto nos amamos, nos odiamos, nos deseamos, nos calcinamos e incluso nos fundimos en esa materia traslucida de la cual surge un mundo tras otro.

Tras nosotros, llego el olvido.

Tras cada despecho, el olvido.

Tras cada mentira, el olvido.

Vienes y me cuentas tus cosas y yo, sin pensar en nada, trato de mostrarte esa cara sin rostro mientras pienso en todo aquello que pudimos haber sido.

Tras de ti i de mí, el olvido y el fin de las brumas que nos enfrenta a lo que somos.

Víctor Panicello


 

La raíz

Trabajo con las palabras, con su significado, con su interpretación, con sus matices, sus silencios y sus olvidos. Busco en su interior nuevos reflejos, pequeñas inspiraciones que aparecen súbitamente y te deslumbran, apenas unos instantes, de manera que, si no estás mirando, se pierden tal vez para siempre.

Vivo de las palabras y aunque de tanto en tanto me desbordan y me canso de ellas (una vez os lo conté) en realidad siempre vuelvo a por más, como un viajante sediento que descubre un manantial de agua fresca y ya nunca se aleja tanto como para no poder regresar cada noche.

No recuerdo el día que me atraparon, seguramente fue estudiando su poder para arruinar vidas o enriquecer vanidades. Fue todo un descubrimiento encontrarme con ese poder casi mágico que desprenden, con esa energía que poseen y que explota ante tus ojos cuando crees que sabes más de lo que sabes.

Una palabra sana, o mata.

O hiere, o ama.

O agradece, o desmiente.

O susurra el amor eterno.

O te despedaza.

Nadie sabe de donde surgen, ese es otro de sus misterios. Tal vez alguien las inventa todas y no nos damos ni cuenta, como si fuera uno de esos duendes ocultos que reparan zapatos por la noche o pintan el cielo de estrellas. El duende de las palabras las sabe todas, la que existen y sobre todo las que todavía no han nacido.

Tampoco nadie sabe adónde van cuando desaparecen. Cuando llega su momento, se retiran consumidas por la tristeza, como esos viejos elefantes que emprenden su última senda al sentirse viejos e inservibles. Nunca vuelven de ese sitio, las palabras se pierden en el olvido y jamás regresan.

Nos hablamos con ellas, nos amamos o nos despreciamos, pero somos palabras. En realidad, como dijo el poeta:

Nosaltres, ben mirat, no som més que paraules

Si voleu, ordenades amb altiva arquitectura.

A veces, cuando nadie me mira, me permito creer que soy yo quien las domina, que surgen de mi mente con la fuerza de un océano y se desbordan arrastrando todo aquello que me place. Y, sin embargo, sé tan poco de las palabras…

Nada de lo pueda decir, pensar o crear perdurará en el tiempo más allá de las palabras con las que construyo mis ideas, mis amores, mis deseos o mis más oscuras fabulaciones. Pasarán a través de mí y seguirán su camino sin volverse atrás, sin reconocer mi voz, sin recordar mis sueños o mis fantasías.

Entonces seré como el viento, que no necesita de las palabras para existir.

Seré como la niebla que no necesita de las palabras para esconderse.

Seré como aquello a lo que no sabemos nombrar.

Seré silencio.

Víctor Panicello


 

Nada es lo que parece

Nada es lo que parece.

Ni tú, ni yo, ni siquiera ambos.

No somos dos, ni sumamos cuatro.

No estamos solos, ni vivimos en el mundo que soñamos.

Nada es como queríamos que fuera, todo se desfiguró con el tiempo y el cansancio.

Esperábamos demasiado o tal vez realmente nunca quisimos conocernos.

Y ahora no somos ni tú, ni yo, ni siquiera ambos cuando despertamos.

Ahora te espero sin saber si volverás a ser quien eras.

Ahora me espero sin saber quién soy.

Cuando leo estos versos que escribí el día de nuestro aniversario, me pregunto a quién obedecía mi mano cuando corría por la tinta de mis venas y el aliento de mi sueño. No entiendo cómo pude hacerlo, cómo pude creer que los leerías y olvidarías el engaño.

Me abandonaste ese día cuando dejaste caer la hoja blanca de nieve que deposité en nuestra vida junto al café de la mañana, en esa bandeja de plata que compraste a precio de oro ese verano en que todavía nos amamos junto a los mil mares del sur.

Un poema de nuestras vidas presentes que te regalé para contarte el presente de desencanto, el pasado de esperanza desvanecida y el futuro de rutina y aislamiento. Creía que era así cómo te sentías, igual que yo, suspendidos en un tiempo vacío de sentimientos y abrumado de certezas.

Creí que, si te explicaba en esos versos una verdad compartida, tal vez sentirías mi angustia, mi abandono, mi desidia, mi olvido, la falta de estímulos para seguir adelante en nuestro camino hacia ninguna parte.

Nunca pensé que marcharías con el rostro bañado en un dolor que todavía hoy me abruma. Nunca creí que te irías, con las lágrimas todavía húmedas en esa nota que me dejaste en la cama, donde vivimos y morimos cada noche hasta que dejamos de ser quienes fuimos.

Todavía recuerdo tu letra, encogida y dudosa, como temiendo dejar huella en ese momento decisivo y temido.

La leo cada mañana, cuando despierto en mi cama, cuando pienso en ti y me invade la rabia.

Nada es lo que parece, es cierto. Ni tu ni yo somos lo que fuimos porque eso solo era un espejismo. Lo supe cuando te vi, lo supe cuando te soñé despierta y te abrí todas mis puertas.

Nada es lo que parece, tu nunca lo fuiste, ni alegre, ni atento, ni siquiera consciente de todo aquello en lo que día tras día me fallaste. Ni en tu indiferencia, ni en tu abandono, ni en tu vida desencantada e insatisfecha.

Nada es lo que parece, tienes razón. Ni tú eres el que eras, porque el tiempo ha pasado, tu pelo ha caído, tu barriga ha crecido, tu aspecto se ha descuidado, tu alegría se ha perdido, tu humor se ha corrompido, tu amor se ha evaporado, tus gestos se han ofuscado y tu vida se ha desperdiciado.

Y a pesar de todo eso, siempre te he amado.

A pesar de las rutinas, de los olvidos, del sexo frustrado.

A pesar de tu apatía, de tu gesto torcido y tus quejas frustradas.

A pesar de ti mismo, te he amado.

También cuando tu no me amaste, también cuando tú me olvidaste.

Pero ahora, gracias amor, tus versos me han liberado.

Te olvido con el corazón encogido y el alma sedienta de sueños.

Víctor Panicello


 

Las cosas que importan

Pasa el tiempo y las cosas ya no me importan. Ni tanto, ni poco, no me importan nada. No sé cómo se llama ese proceso de desinterés que vivo con cierta indiferencia porque, naturalmente, tampoco tengo gran ansiedad en saber ni el nombre, ni la razón de esa impostura mía.

No me importa.

A veces, echando la vista atrás, tengo la sensación que hubo algún momento en la vida en que todo parecía brillante, misterioso, como puesto allí precisamente para que yo lo descubriera y me entusiasmara y me ilusionara y tal vez incluso me emocionara… bueno, no tanto.

Todo es relativo, valorable o incluso asumible, entonces, ¿para qué tanto interés? Si en el fondo la reducción intelectual de la propia experiencia nos lleva a concluir cosas como: lo único importante es el amor, entonces todo debería simplificarse mucho más.

Si tienes amor, importas.

Si no lo tienes, no.

Lo malo es que el amor es inoportuno y a veces aparece y luego se marcha.

Algunas veces no aparece.

Algunas personas no lo llegan a conocer nunca.

¡Y qué más da! Los que han llegado a disfrutar con esa intuición quasimística acaban por estropearlo, olvidarlo, vulgarizarlo, rechazarlo o abandonarlo. Y aún con eso, siguen con sus vidas dejando atrás loquerealmenteimporta.com. Si les preguntas lo negaran porque así se niega la impotencia de no saber qué hacer con eso que se supone que es lo único importante en esta vida.

Pierdes al amor y ya nada importa, así que o te quedas enganchado al amor – te guste o no – o te quedas en el margen, en ese estadio nebuloso de los que pierden el rumbo.

Y yo creo que soy de esos, de los que perdieron la partida de su destino y andan por el mundo respondiendo que “no” a todo. Poniendo cara de sueño ante las propuestas de aventura, desmontando con un gesto cualquier atisbo de entusiasmo juvenil por un mal amanecer o por un paisaje solitario, desgastando tanto vocerío inútil y cansino.

No tiemblo con una flor, ni vibro con una sinfonía, me molesta el agua de mayo y hasta el rocío de primavera resbala sobre mi piel. No me acurruco ante la chimenea, ni saboreo los placeres de un buen libro. No reparto sonrisas de buitre ni ansío conocer mis límites.

Me importa una mierda el destino, la historia pasada o presente. Aborrezco las notas dispares de esa canción legendaria y apenas levanto la vista cuando Saturno se come a sus hijos.

No me importa lo mucho que vivo.

No me importa lo mucho que sueño.

Es en este camino donde voy dejando caer todo aquello que sobra, todo lo que no es más que una ilusión repetida, todo lo que me induce a sentir que soy algo, o que algo de lo que veo es realmente algo.

Si juego bien mis cartas, llegaré al final con la misma soledad infinita con la que di principio a mis días.

Toda la vida tratando de ser para conseguir finalmente no ser nada.

Víctor Panicello


 

 

 

Una voz nueva

Miro a mi alrededor y lo veo todo, lo comprendo todo, lo admiro todo. Soy como un virus hambriento de cuerpo que busca saciarse de vida.

Me alimento de lo que otros creen.

No soy capaz de tener pensamientos propios, eso lo sé desde que me descubrí opinando lo mismo que había leído esa mañana en un periódico mientras devoraba un queso manchego que jamás había pisado esa polvorienta comarca de soles milenarios y polvos olvidados.

Me observo en el espejo de mis propias conclusiones y descubro que nos son mías, que son de otros que a su vez las robaron a otros que las escucharon de algún viajante perdido en la noche de los tiempos.

Me decido a bucear en el origen de todas las cosas o, por lo menos, de una sola cosa que sea por ella misma. Quizás no sean cosas lo que busco, quizás sean ideas, o reflejos de ideas, suspiros de inspiración que surgen de la madre tierra apenas nace el día.

¿Quién dijo primero?

Quién se desvío del camino y dejó de repetir lo mismo que le dijeron y dijo una nueva cosa primero. Esa misma cosa que luego otros repitieron y repitieron hasta que murió asfixiada por el peso de la impostura.

¿Quién pensó primero?

Quien extrajo una pieza al castillo de lo que siempre ha sido y modeló una nueva piedra del conocimiento para luego lanzarla hacia un camino distinto.

Un camino nuevo.

Un misterio extraño que nos desafía a dejar de ser quienes fuimos y empezar a ser lo que seremos.

Sueño solo, en el sitio donde todo renace, allí donde las formas esperan que alguien se atreva a llamarlas por su nombre, el nombre de lo nuevo, de lo terrible, de lo sincero.

Apuro la copa de un vino rancio y cansino que nunca fue uva y apenas es vino. Un licor amargo de luces sin sombra y de vientos sin aire. Falso, como falsos son mis indignos principios, mi moral cambiante, mi discurso aburrido.

Lanzo mis palabras al cielo y espero que caigan con el peso de los años de desaliento, retumbado en el suelo cuando mueran de nuevo. Llegará pronto el momento de buscar nuevas formas, nuevos colores, nuevas texturas, nuevos alientos.

Acepta tu muerte y resurgimiento con la esperanza de verlo todo distinto, mas verde, más tierno, más tuyo.

Será en ese momento, no en otro, no antes y nunca después. Será justo entonces cuando descubras que eres capaz de ser el creador de tu propio universo.

Muerto y desnudo ante la muerte, nacerá en ti el deseo.

Nacerá en ti la voz nueva.

Víctor Panicello


 

Vivimos, luchamos, fracasamos

De derrota en derrota hasta la victoria final. Esta frase se atribuye a Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. Tal vez la dijo él o tal vez no, con las frases que han pasado a la memoria colectiva, nunca se sabe.

Sin embargo, sirve para ilustrar algo que me inquieta desde hace un tiempo, sobre todo desde que trabajo con chicos jóvenes que, por una u otra razón, no encajan en los modelos sociales más convencionales… vamos que tienen problemas serios que merecen una etiqueta propia.

Cuando hablo con ellos me doy cuenta de que han sido víctimas de un timo enorme, de un engaño masivo en el que, de un modo u otro, todos los adultos participamos.

Nadie les habla del fracaso.

En realidad, eso no es del todo exacto, les hablamos de sus fracasos, ya sea en los estudios, en las relaciones, en su comportamiento social, en sus trabajos… todo ello haciendo especial hincapié en sus fracasos futuros, en lo mal que le irá en el mundo sino siguen nuestro ejemplo.

Porque claro…a nosotros nos ha ido siempre bien.

No hemos fracasado en el instituto a pesar de que a menudo nos quedó alguna asignatura o nos echaban de clase por indisciplina, ni acabamos el COU sin tener la nota que necesitábamos… ¡No, claro que no!

Tampoco es cierto que, en ese momento, todo eso nos importaba un pimiento ya que le futuro era algo tan lejano que ya nos preocuparíamos por él cuando se acercara el momento.

No éramos inconscientes, inconsecuentes, incoherentes, inaplicados, insensatos, indecorosos o interesados No… ¡qué va!

Lo cierto es que hemos fracasado mil veces, hemos perdido amigos, oportunidades, relaciones amorosas, trabajos, dinero.

Hemos fracasado diez mil veces con proyectos absurdos, con intenciones nebulosas, con emociones disparatadas y con ambiciones desmedidas.

Hemos derrochado cariño, sentimientos, abrazos, mucho alcohol y algunas drogas.

La vida nos ha puesto a prueba y la mayoría de las veces hemos perdido… o hemos huido.

Cuando nos tocaba luchar, tuvimos miedo. Cuando nos tocaba amar, también lo tuvimos.

Tiramos por la borda el tiempo que perdimos, los paisajes que olvidamos, los sonidos que no escuchamos y las palabras que no dijimos.

Perdimos mucho más que ganamos.

Y, sin embargo, en nuestro cerebro nos mentimos y construimos un edificio de victorias que decoramos con las banderas de la hipocresía y allí vivimos en una madurez estable que nos vendemos como utópica.

Es entonces cuando extendemos el engaño hacia afuera, cubriendo de mala hierba las nuevas cosechas que ven el cielo azul cuando para nosotros solo es gris.

Les explicamos que su fracaso los llevará a un nuevo fracaso y así hasta la derrota final.

Porque, no nos engañemos, su derrota es nuestra victoria, la victoria de la mentira en la que muchos hemos vivido y que no debemos poner en riesgo solo para explicar la verdad.

La verdad…

Cada fracaso te hace más fuerte si lo admites, si dejas de maquillar la realidad, sin encajas el golpe sin caer o incluso si caes y eres capaz de levantarte.

Si luchas.

Si mueres una y mil veces en cada batalla.

Si fracasas y sigues caminado es que ya has vencido.

Digámoslo en voz bien alta.

La vida está hecha de fracasos: grandes, pequeños o inciertos… fracasos que duelen o que pican o que aprietan el alma o que cierran la mente.

Pero algunos aquí estamos, dispuesto de nuevo a fracasar y a vencer.

A aprender.

De fracaso en fracaso hasta la victoria final.

Víctor Panicello


 

El tiempo de la rabia

A menudo la veo en sus ojos cuando les llevo la contraria o simplemente cuestiono aquello que ellos defienden como principio de vida. Muchas veces incluso sin llegar a dirigirles la palabra, solo por el hecho de estar ahí, metiéndome en sus asuntos.

La ignoro.

Sin embargo, sé que está ahí, añadiendo combustible a esas vidas perdidas, quemadas, consumidas por el odio hacia todo y hacia todos, sobre todo hacia sí mismos. Ese es el alimento del que se nutre esa rabia, del odio, de la no aceptación de las propias debilidades y de reflejarlas en los demás.

Me odio… te odio.

Un animal en un laberinto, busca y busca la salida. Recorre obsesivamente los caminos, ansioso por encontrarla, se desgasta, se agota, se deprime y finalmente se odia a si mismo porque no es capaz de encontrar su salvación. No sirve para nada y siente como la rabia crece en su interior, apoderándose de todo, alimentando su odio….

Se consume y se pierde.

Nada de lo que hagas por él servirá sino vences su rabia. Si le ofreces tu mano, la morderá, aunque eso suponga su condena. Si le ofreces tu alma, la pisara, aunque eso implique que viva para siempre en su propio infierno. Nada de eso le importa cuando surge la rabia.

Nada puede con ella, nada que no sea el amor y la paciencia incondicionales.

A continuación, reproduzco un fragmento de “Pedres al camí”, novela juvenil publicada por editorial Comanegra y que he llevado a cabo junto con un grupo de chicos y chicas con conflictos dentro del sistema educativo:

El que habla es un educador de una Unitat d’Escolarització Compartida, donde se intenta dar una nueva oportunidad a estos chicos. Sin duda se trata de alguien que posee esas dos cualidades necesarias para apagar el incendio de la rabia: amor y paciencia. El curso está a punto de acabar y muchos de ellos finalizan su etapa en ese entorno protegido:

– Dejadme que os hable de una cosa que todos vosotros tenéis en común… Una cosa que traéis en la mochila cuando llegáis y que, ahora que estáis a punto de iniciar una nueva etapa, os pido que dejéis aquí, entre estas paredes que os han aguantado uno o dos cursos y que seguramente no volveréis a ver nunca más.

La expectativa generada acalló a todo el mundo. Tenían curiosidad por saber qué era aquello que todos compartían.

Joan sabía que aquello les llamaría la atención.

– Pues bien, hoy que estáis a punto de marcharos para tratar de ir siguiendo vuestro camino, os pido que dejáis aquí la rabia.

Nadie dijo nada. Buena señal.

– Ya sabéis de qué hablo. Mirad, algunos de nosotros llevamos haciendo este trabajo ya hace bastantes años y cada vez que llega un chico o una chica nueva, lo primero que hago es mirarlo a los ojos y… ¿sabéis qué veo?

– ¡Que están to rojos porque va fumao! – dijo Ariadna haciendo reír a la mayoría.

 – A veces también – respondió Joan sin inmutarse porque era rigurosamente cierto – Pero no quiero decir eso. Le veo la rabia … una especie de fuego interno que todos tenéis escondido en el fondo de vuestras miradas, siempre dispuesto a haceros explotar o a haceros desaprovechar oportunidades o a meteros en problemas por cualquier chorrada. La rabia que os gobierna y que a menudo no os deja ni pensar.

– Tiene razón – añadió Soco.

– No entro en sí es justa o injusta, en si tenéis motivos para sentirla o es si en realidad os apuntáis porque os es más cómodo no tener que enfrentaros a según qué. No juzgo, pero sí que os digo una cosa: si ella gana, vosotros perdéis. Siempre, aunque pensáis que habéis ganado, estáis perdiendo. Si ella manda, vosotros vivís a su servicio… y ahora que llega el momento de marcharos de aquí, os pido que la soltéis. Echadla para siempre de vuestras vidas porque es una carga que os aplastará antes o después.

Sabía que ahora lo estaban escuchando de verdad.

Todos ellos conocían la rabia y su poder.

– Ahora es el momento. Tiene que acabar el tiempo de la rabia.

Víctor Panicello Monterde


 

La realidad es pura ficción

Hace tiempo que leo teorías que hablan de esa construcción de la realidad que nuestro cerebro, mentiroso y complaciente, va efectuando día a día y cambiando constantemente.

Readaptando.

Y yo creyendo que sé lo que pasa a mi alrededor o, peor aún, cual es mi historia, mis recuerdos, mi identidad. Al final, todo se basa en una cierta ceremonia de la confusión, en un marasmo de sensaciones que, reales o no, componen lo que creemos que nos singulariza como personas.

Y no es así.

El cerebro es adaptable, plástico, maleable, flexible, dúctil… en definitiva, falso. Maneja el caos con indigencia, con la pereza de quien no siente necesario el rigor y si en cambio la coherencia. Por eso entremezcla verdades y mentiras, sensaciones e imaginaciones, certezas y deseos. Trabaja con la tranquilidad de un constructor veterano que sabe que lo que realmente cuenta no es que cada ladrillo enganche a la perfección con el siguiente, que cada pieza ensamble limpiamente con la de al lado, con la de arriba y con la de abajo. Lo que cuenta, es que el edificio crezca y acabe aguantando muchos años. Y para eso, para unir las piezas, ya tenemos el cemento.

Hablemos del cemento.

Moldear esa pasta informe con la que enlazamos las piezas para formar un muro y los muros para formar edificios es lo que hace nuestro cerebro a todas horas. Construye muros solidos a base de medias verdades, recuerdos confusos, sensaciones ajenas y algo de realidad pasada por el tamiz del momento, de la oportunidad, del espíritu o del psicotrópico oportuno.

Por eso todo tiende a cuadrar cuando, ya solidificada la masa, nos lo presenta como verdad irrefutable de lo que somos y sobretodo de lo que fuimos, Y a eso nos aferramos, a una identidad que construimos creyendo que es una, grande y seguramente libre.

Pero vivimos en una ficción continua y apenas nos damos cuenta.

A veces, solo a veces, tenemos una pequeña intuición de que algo falla, de que nuestro Matrix particular nos está vendiendo como producto terminado y homologado algo que realmente está compuesto de retales y de cables sueltos.

Por suerte esa sensación acostumbra a durar poco.

No vaya a ser que descubramos la impostura de una historia que nos ha llevado toda la vida construir. No vaya a ser que decidamos no mentirnos más y entonces no sepamos bajo que árbol cobijarnos.

El día que descubramos que nuestro maravilloso cerebro, ese músculo (en realidad víscera, pero no suena igual) no es en realidad como un supercomputador sino más bien como una enorme planta de residuos, entenderemos que eso que llamamos realidad no es más que una película mal empalmada de lo que nos gustaría ser y nunca seremos.

Sin embargo, ¿a quién no le gusta la ficción.?

Víctor Panicello


 

Esperando en el vacío

¡Espera! ¡Ten paciencia!

Estas dos ideas se configuran en nuestra mente desde que tenemos uso de razón. Nos programamos para la espera, para el aplazamiento de aquello que deseamos y al final, aceptamos gustosos que será en el futuro cuándo podremos disfrutar de la vida. Tal vez, cuando tengamos treinta, o cincuenta… seguro que en la jubilación (ese será el momento definitivo para empezar a disfrutar de la vida)

¡Lucha por ser alguien el día de mañana!

Así de claro, porque hoy, a estas alturas, todavía no eres nadie. No importa la edad que tengas, no importa el camino que hayas recorrido o lo que te haya costado. Siempre hay un sacrificio más por hacer, una meta nueva por alcanzar, algo especial que espera tu llegada.

¿La muerte?

Tal vez, por eso muchos mueren con la decepción de no haberse lanzado al vacío. Se sienten engañados, estafados, vendidos, timados…

¡Espera!

¿A qué exactamente? Al éxito profesional, a una vida social llena de relaciones sin sentido, al amor programado según la edad, a la maternidad/paternidad, a esos bienes indispensables que no necesitas.

Recuerdo de pequeño como me sentaba en la cocina y ayudaba a mi abuela a pelar habas (ya sé que suena a antiguo, es que lo es). A mí me encantaba comérmelas crudas, pero no me dejaban. Y no porque pasara nada por hacer desaparecer unas cuantas de todo ese montón. Sin embargo, no me permitían disfrutar de ese pequeño placer.

¡Espera!

Era simplemente por adiestramiento, por convención social, por esa idea de domesticar los impulsos infantiles que nos convierten en imprevisibles, en apasionados, en irreflexivos.

¡Ten paciencia!

Y así nos va… esperando que la vida vaya pasando ante nuestros ojos mientras creemos que llegará el momento, nuestro momento.

Algunos descubren que todo era falso, que no hay que esperar a nada, que hay que abalanzarse sobre las cosas, sea el amor, el sexo, el riesgo, las emociones, la ambición o el deseo.

Otros siguen esperando.

Y, aun así, aun sabiendo que todo era mentira, seguimos afrontando la vida con el freno de mano puesto, como si realmente existiera ese mañana perfecto donde se colmaran nuestras ansias más secretas. Para colmo, algunos prevén que eso no sucederá en esta vida, sino en la siguiente, en la no existencia, en la reencarnación o en el nirvana.

Y les creemos.

Esperamos.

Morimos con la sonrisa puesta.

Espera si te apetece, pero yo ya nada temo.

Víctor Panicello

Fotografía: Miquel Gasull