Las cosas sencillas

Cuando la vida se complica, todo se vuelve oscuro y difícil, y entonces te metes en ese laberinto del que sientes que nunca más podrás salir. Lloras de rabia e impotencia porque tú, lo que siempre has querido, es aquello que resulte sencillo, simple y transparente.

Dices que te sientes abrumado por no saber nunca dónde está en realidad el problema y por eso no encuentras las soluciones. Antes eso no era así, todo parecía fácil y claro. Cuando algo iba mal, lo cambiabas o lo ignorabas, pero no lo cargabas encima sin saber en realidad el motivo, sólo porque crees que debes hacerlo.

No quiero una vida complicada, aunque a veces todo el mundo se empeñe en cambiar de carril sin avisar, en quitar los carteles que me permiten orientarme, en disfrazar las palabras que ya no dicen lo que quieren decir, en desviar la mirada sin hacerme saber en qué les he fallado, en no escucharse ni escucharme.

Me gusta saber con quién estoy y por qué, me gusta amar cuando soy amado e ignorar cuando soy envidiado, me gusta tomar el Sol en paz, me gusta el mar y el agua en movimiento, me gustan las miradas tranquilas que se entretienen en mis ojos, me gusta el silencio cuando no es un preludio del infierno.

No sé cuándo se pasa de lo frágil a lo insensible, cuándo nos encerramos en nuestras cajas de miedo y de razón, cuándo dejamos de gritar si algo nos duele o cuándo nuestro dolor se compensa con el dolor ajeno. No sé cuándo pasó todo esto, ni si alguien me pidió participar en este juego macabro de correr hacia el vacío.

En las reglas de esta vida no está escrito que todo deba ser siempre más confuso, que todo gire sobre sí mismo hasta perder de vista el inicio y el final, que todo se difumine cuando crees que ya estas cerca de la meta.

Solo quiero vivir de cara, con la luz en el pecho y el sonido de mi propia respiración acompasado con los pasos que me llevan hacia un camino sin prejuicios, donde la vida no se retuerce, ni se para, ni se muere.

Un lugar de cosas simples, donde soy, estoy y envejezco, sabiendo que el horizonte siempre me espera para velar por mis sueños.

Soy corazón, razón y un solo cuerpo, todo eso y nada más que eso.

Si me acompañas deja atrás tus resuellos, olvídate de las promesas, no dejes que te atrape el miedo.

Si me acompañas, alza por fin el vuelo.

Cuando todo se vuelva claro, será por fin el momento, la llamada perdida de un eco que te llevará de la cima hasta el suelo.

Y allí, por fin, dejarás atrás el tiempo http://www.ien.es/ca/blog/musica-classica/

Víctor Panicello


 

Cuando vuele con el viento

Cuando siento la presión es que ya he ido demasiado lejos.

Soy de los que aguanto el dolor, las quejas, las impertinencias, el sarcasmo e incluso que las premisas falsas.

Lo entiendo casi todo, sea injusto, inmaduro, caprichoso o aprovechado. No me importa aceptar tus argumentos, aunque sepa que se basan en algo que te has construido sin pararte a pensar en qué parte es cierta y cual solo conveniente.

Asimilo que, a veces, las personas racionales se vuelven emocionales y a la inversa y que casi nunca te avisan de que gorra llevan ese día.

Guardo silencio ante tu ira, tu egoísmo o tu falta de compromiso real. No te muestro tus debilidades ni intento meter una cuña en ellas esperando que eso me favorezca en esas mil batallas que iniciamos en otros tiempos.

Me contengo.

Subo el listón de mi muralla.

Sin embargo, cuando siento la presión, esa molestia que no me deja pensar, que no me deja sentir, que no me deja razonar, es que algo va ya muy mal. Trato a menudo de contenerme, de volver a esa paz interior que ya he perdido y que se esconde de mi porque no quiere estar presente cuando todo reviente. Y eso es lo que pasará, que llegará una señal que me dirá que ya es hora, que ha llegado el momento de iniciar mi marcha.

Y entonces me iré.

Nada de lo que digas, hagas o lamentes podrá entonces detenerme. Me iré para no gritar, para no decirte todas esas cosas que he cargado en mi mochila hasta tenerla llena a rebosar. Me iré para no decirte que te di tiempo, comprensión y cien oportunidades de aprender a quererme una vez más.

No volveré.

Aunque oiga tus lamentos, entienda tus razones y consuele tus lágrimas. No volveré y tu vida y la mía serán otra vez tu vida y la mía y no la nuestra como lo fue durante tanto tiempo. No era eso lo que querías cuando reclamabas mi atención, mis caricias y mis silencios. No era eso lo que esperabas cuando golpeabas una y otra vez nuestro deseo de sentirnos como éramos en ese entonces que nunca fue. No era eso, aunque nunca te importó si tus embates causaban heridas.

Ahora las ves reflejadas en la soledad de tus miedos, en la tristeza de tus ausencias, en ese vacío que quedó en nuestra cama.

Cuando siento la presión, ya no soy quien era ni todavía quien quiero ser. Solo sé que es momento de partir, de empezar de nuevo el viaje, de dejar atrás las despedidas, el despecho y los reproches.

Hoy abro la puerta y comienzo a caminar de nuevo.

Víctor Panicello


 

El olvido

Vienes y me cuentas tus penas y yo, sin pensar que tal vez tenga otra alternativa, las absorbo, las mastico, las digiero, las hago mías.

Sin embargo, con cada confesión se abre paso algo en mi interior, una sensación a medio camino entre la compasión y el desprecio. Lo siento, es así, aunque no te lo digo porque realmente no creo que te importe, al fin y al cabo, tú solo quieres que alguien te escuche, solo necesitas un muro al que lanzarle tus piedras.

Soy tu cojín de las pesadillas, de los sueños que no te atreves a soñar, de los miedos que no te atreves a enfrentar. En esos momentos me utilizas, lo sé muy bien, aunque te escondas bajo esa capa de dolencia fingida que crees que me engaña una y otra vez.

Y otra.

Y otra.

En el fin de nuestros días de amor, apenas cumples con el ceremonial que nos impusimos cuando todo en ti era alegría, cuando todo en mi era esperanza. Me sonríes si te miro, pero dejas de hacerlo si vuelvo la cara. Y en ese momento desaparecen las sombras de nuestro mundo y dejan al descubierto que algo nació muerto en nuestra historia de silencios sin resolver.

Nadie, salvo tú ha sabido deleitarme con mi propio reflejo en el espejo de esos ojos que ya no me ven. Nadie, salvo yo, ha llorado tus ausencias mientras tu cuerpo yacía, dormido o muerto qué más da, en el lado oculto de nuestra cama. En ese lugar secreto donde tanto nos amamos, nos odiamos, nos deseamos, nos calcinamos e incluso nos fundimos en esa materia traslucida de la cual surge un mundo tras otro.

Tras nosotros, llego el olvido.

Tras cada despecho, el olvido.

Tras cada mentira, el olvido.

Vienes y me cuentas tus cosas y yo, sin pensar en nada, trato de mostrarte esa cara sin rostro mientras pienso en todo aquello que pudimos haber sido.

Tras de ti i de mí, el olvido y el fin de las brumas que nos enfrenta a lo que somos.

Víctor Panicello


 

La raíz

Trabajo con las palabras, con su significado, con su interpretación, con sus matices, sus silencios y sus olvidos. Busco en su interior nuevos reflejos, pequeñas inspiraciones que aparecen súbitamente y te deslumbran, apenas unos instantes, de manera que, si no estás mirando, se pierden tal vez para siempre.

Vivo de las palabras y aunque de tanto en tanto me desbordan y me canso de ellas (una vez os lo conté) en realidad siempre vuelvo a por más, como un viajante sediento que descubre un manantial de agua fresca y ya nunca se aleja tanto como para no poder regresar cada noche.

No recuerdo el día que me atraparon, seguramente fue estudiando su poder para arruinar vidas o enriquecer vanidades. Fue todo un descubrimiento encontrarme con ese poder casi mágico que desprenden, con esa energía que poseen y que explota ante tus ojos cuando crees que sabes más de lo que sabes.

Una palabra sana, o mata.

O hiere, o ama.

O agradece, o desmiente.

O susurra el amor eterno.

O te despedaza.

Nadie sabe de donde surgen, ese es otro de sus misterios. Tal vez alguien las inventa todas y no nos damos ni cuenta, como si fuera uno de esos duendes ocultos que reparan zapatos por la noche o pintan el cielo de estrellas. El duende de las palabras las sabe todas, la que existen y sobre todo las que todavía no han nacido.

Tampoco nadie sabe adónde van cuando desaparecen. Cuando llega su momento, se retiran consumidas por la tristeza, como esos viejos elefantes que emprenden su última senda al sentirse viejos e inservibles. Nunca vuelven de ese sitio, las palabras se pierden en el olvido y jamás regresan.

Nos hablamos con ellas, nos amamos o nos despreciamos, pero somos palabras. En realidad, como dijo el poeta:

Nosaltres, ben mirat, no som més que paraules

Si voleu, ordenades amb altiva arquitectura.

A veces, cuando nadie me mira, me permito creer que soy yo quien las domina, que surgen de mi mente con la fuerza de un océano y se desbordan arrastrando todo aquello que me place. Y, sin embargo, sé tan poco de las palabras…

Nada de lo pueda decir, pensar o crear perdurará en el tiempo más allá de las palabras con las que construyo mis ideas, mis amores, mis deseos o mis más oscuras fabulaciones. Pasarán a través de mí y seguirán su camino sin volverse atrás, sin reconocer mi voz, sin recordar mis sueños o mis fantasías.

Entonces seré como el viento, que no necesita de las palabras para existir.

Seré como la niebla que no necesita de las palabras para esconderse.

Seré como aquello a lo que no sabemos nombrar.

Seré silencio.

Víctor Panicello


 

Nada es lo que parece

Nada es lo que parece.

Ni tú, ni yo, ni siquiera ambos.

No somos dos, ni sumamos cuatro.

No estamos solos, ni vivimos en el mundo que soñamos.

Nada es como queríamos que fuera, todo se desfiguró con el tiempo y el cansancio.

Esperábamos demasiado o tal vez realmente nunca quisimos conocernos.

Y ahora no somos ni tú, ni yo, ni siquiera ambos cuando despertamos.

Ahora te espero sin saber si volverás a ser quien eras.

Ahora me espero sin saber quién soy.

Cuando leo estos versos que escribí el día de nuestro aniversario, me pregunto a quién obedecía mi mano cuando corría por la tinta de mis venas y el aliento de mi sueño. No entiendo cómo pude hacerlo, cómo pude creer que los leerías y olvidarías el engaño.

Me abandonaste ese día cuando dejaste caer la hoja blanca de nieve que deposité en nuestra vida junto al café de la mañana, en esa bandeja de plata que compraste a precio de oro ese verano en que todavía nos amamos junto a los mil mares del sur.

Un poema de nuestras vidas presentes que te regalé para contarte el presente de desencanto, el pasado de esperanza desvanecida y el futuro de rutina y aislamiento. Creía que era así cómo te sentías, igual que yo, suspendidos en un tiempo vacío de sentimientos y abrumado de certezas.

Creí que, si te explicaba en esos versos una verdad compartida, tal vez sentirías mi angustia, mi abandono, mi desidia, mi olvido, la falta de estímulos para seguir adelante en nuestro camino hacia ninguna parte.

Nunca pensé que marcharías con el rostro bañado en un dolor que todavía hoy me abruma. Nunca creí que te irías, con las lágrimas todavía húmedas en esa nota que me dejaste en la cama, donde vivimos y morimos cada noche hasta que dejamos de ser quienes fuimos.

Todavía recuerdo tu letra, encogida y dudosa, como temiendo dejar huella en ese momento decisivo y temido.

La leo cada mañana, cuando despierto en mi cama, cuando pienso en ti y me invade la rabia.

Nada es lo que parece, es cierto. Ni tu ni yo somos lo que fuimos porque eso solo era un espejismo. Lo supe cuando te vi, lo supe cuando te soñé despierta y te abrí todas mis puertas.

Nada es lo que parece, tu nunca lo fuiste, ni alegre, ni atento, ni siquiera consciente de todo aquello en lo que día tras día me fallaste. Ni en tu indiferencia, ni en tu abandono, ni en tu vida desencantada e insatisfecha.

Nada es lo que parece, tienes razón. Ni tú eres el que eras, porque el tiempo ha pasado, tu pelo ha caído, tu barriga ha crecido, tu aspecto se ha descuidado, tu alegría se ha perdido, tu humor se ha corrompido, tu amor se ha evaporado, tus gestos se han ofuscado y tu vida se ha desperdiciado.

Y a pesar de todo eso, siempre te he amado.

A pesar de las rutinas, de los olvidos, del sexo frustrado.

A pesar de tu apatía, de tu gesto torcido y tus quejas frustradas.

A pesar de ti mismo, te he amado.

También cuando tu no me amaste, también cuando tú me olvidaste.

Pero ahora, gracias amor, tus versos me han liberado.

Te olvido con el corazón encogido y el alma sedienta de sueños.

Víctor Panicello


 

Las cosas que importan

Pasa el tiempo y las cosas ya no me importan. Ni tanto, ni poco, no me importan nada. No sé cómo se llama ese proceso de desinterés que vivo con cierta indiferencia porque, naturalmente, tampoco tengo gran ansiedad en saber ni el nombre, ni la razón de esa impostura mía.

No me importa.

A veces, echando la vista atrás, tengo la sensación que hubo algún momento en la vida en que todo parecía brillante, misterioso, como puesto allí precisamente para que yo lo descubriera y me entusiasmara y me ilusionara y tal vez incluso me emocionara… bueno, no tanto.

Todo es relativo, valorable o incluso asumible, entonces, ¿para qué tanto interés? Si en el fondo la reducción intelectual de la propia experiencia nos lleva a concluir cosas como: lo único importante es el amor, entonces todo debería simplificarse mucho más.

Si tienes amor, importas.

Si no lo tienes, no.

Lo malo es que el amor es inoportuno y a veces aparece y luego se marcha.

Algunas veces no aparece.

Algunas personas no lo llegan a conocer nunca.

¡Y qué más da! Los que han llegado a disfrutar con esa intuición quasimística acaban por estropearlo, olvidarlo, vulgarizarlo, rechazarlo o abandonarlo. Y aún con eso, siguen con sus vidas dejando atrás loquerealmenteimporta.com. Si les preguntas lo negaran porque así se niega la impotencia de no saber qué hacer con eso que se supone que es lo único importante en esta vida.

Pierdes al amor y ya nada importa, así que o te quedas enganchado al amor – te guste o no – o te quedas en el margen, en ese estadio nebuloso de los que pierden el rumbo.

Y yo creo que soy de esos, de los que perdieron la partida de su destino y andan por el mundo respondiendo que “no” a todo. Poniendo cara de sueño ante las propuestas de aventura, desmontando con un gesto cualquier atisbo de entusiasmo juvenil por un mal amanecer o por un paisaje solitario, desgastando tanto vocerío inútil y cansino.

No tiemblo con una flor, ni vibro con una sinfonía, me molesta el agua de mayo y hasta el rocío de primavera resbala sobre mi piel. No me acurruco ante la chimenea, ni saboreo los placeres de un buen libro. No reparto sonrisas de buitre ni ansío conocer mis límites.

Me importa una mierda el destino, la historia pasada o presente. Aborrezco las notas dispares de esa canción legendaria y apenas levanto la vista cuando Saturno se come a sus hijos.

No me importa lo mucho que vivo.

No me importa lo mucho que sueño.

Es en este camino donde voy dejando caer todo aquello que sobra, todo lo que no es más que una ilusión repetida, todo lo que me induce a sentir que soy algo, o que algo de lo que veo es realmente algo.

Si juego bien mis cartas, llegaré al final con la misma soledad infinita con la que di principio a mis días.

Toda la vida tratando de ser para conseguir finalmente no ser nada.

Víctor Panicello


 

 

 

Una voz nueva

Miro a mi alrededor y lo veo todo, lo comprendo todo, lo admiro todo. Soy como un virus hambriento de cuerpo que busca saciarse de vida.

Me alimento de lo que otros creen.

No soy capaz de tener pensamientos propios, eso lo sé desde que me descubrí opinando lo mismo que había leído esa mañana en un periódico mientras devoraba un queso manchego que jamás había pisado esa polvorienta comarca de soles milenarios y polvos olvidados.

Me observo en el espejo de mis propias conclusiones y descubro que nos son mías, que son de otros que a su vez las robaron a otros que las escucharon de algún viajante perdido en la noche de los tiempos.

Me decido a bucear en el origen de todas las cosas o, por lo menos, de una sola cosa que sea por ella misma. Quizás no sean cosas lo que busco, quizás sean ideas, o reflejos de ideas, suspiros de inspiración que surgen de la madre tierra apenas nace el día.

¿Quién dijo primero?

Quién se desvío del camino y dejó de repetir lo mismo que le dijeron y dijo una nueva cosa primero. Esa misma cosa que luego otros repitieron y repitieron hasta que murió asfixiada por el peso de la impostura.

¿Quién pensó primero?

Quien extrajo una pieza al castillo de lo que siempre ha sido y modeló una nueva piedra del conocimiento para luego lanzarla hacia un camino distinto.

Un camino nuevo.

Un misterio extraño que nos desafía a dejar de ser quienes fuimos y empezar a ser lo que seremos.

Sueño solo, en el sitio donde todo renace, allí donde las formas esperan que alguien se atreva a llamarlas por su nombre, el nombre de lo nuevo, de lo terrible, de lo sincero.

Apuro la copa de un vino rancio y cansino que nunca fue uva y apenas es vino. Un licor amargo de luces sin sombra y de vientos sin aire. Falso, como falsos son mis indignos principios, mi moral cambiante, mi discurso aburrido.

Lanzo mis palabras al cielo y espero que caigan con el peso de los años de desaliento, retumbado en el suelo cuando mueran de nuevo. Llegará pronto el momento de buscar nuevas formas, nuevos colores, nuevas texturas, nuevos alientos.

Acepta tu muerte y resurgimiento con la esperanza de verlo todo distinto, mas verde, más tierno, más tuyo.

Será en ese momento, no en otro, no antes y nunca después. Será justo entonces cuando descubras que eres capaz de ser el creador de tu propio universo.

Muerto y desnudo ante la muerte, nacerá en ti el deseo.

Nacerá en ti la voz nueva.

Víctor Panicello


 

Vivimos, luchamos, fracasamos

De derrota en derrota hasta la victoria final. Esta frase se atribuye a Winston Churchill durante la segunda guerra mundial. Tal vez la dijo él o tal vez no, con las frases que han pasado a la memoria colectiva, nunca se sabe.

Sin embargo, sirve para ilustrar algo que me inquieta desde hace un tiempo, sobre todo desde que trabajo con chicos jóvenes que, por una u otra razón, no encajan en los modelos sociales más convencionales… vamos que tienen problemas serios que merecen una etiqueta propia.

Cuando hablo con ellos me doy cuenta de que han sido víctimas de un timo enorme, de un engaño masivo en el que, de un modo u otro, todos los adultos participamos.

Nadie les habla del fracaso.

En realidad, eso no es del todo exacto, les hablamos de sus fracasos, ya sea en los estudios, en las relaciones, en su comportamiento social, en sus trabajos… todo ello haciendo especial hincapié en sus fracasos futuros, en lo mal que le irá en el mundo sino siguen nuestro ejemplo.

Porque claro…a nosotros nos ha ido siempre bien.

No hemos fracasado en el instituto a pesar de que a menudo nos quedó alguna asignatura o nos echaban de clase por indisciplina, ni acabamos el COU sin tener la nota que necesitábamos… ¡No, claro que no!

Tampoco es cierto que, en ese momento, todo eso nos importaba un pimiento ya que le futuro era algo tan lejano que ya nos preocuparíamos por él cuando se acercara el momento.

No éramos inconscientes, inconsecuentes, incoherentes, inaplicados, insensatos, indecorosos o interesados No… ¡qué va!

Lo cierto es que hemos fracasado mil veces, hemos perdido amigos, oportunidades, relaciones amorosas, trabajos, dinero.

Hemos fracasado diez mil veces con proyectos absurdos, con intenciones nebulosas, con emociones disparatadas y con ambiciones desmedidas.

Hemos derrochado cariño, sentimientos, abrazos, mucho alcohol y algunas drogas.

La vida nos ha puesto a prueba y la mayoría de las veces hemos perdido… o hemos huido.

Cuando nos tocaba luchar, tuvimos miedo. Cuando nos tocaba amar, también lo tuvimos.

Tiramos por la borda el tiempo que perdimos, los paisajes que olvidamos, los sonidos que no escuchamos y las palabras que no dijimos.

Perdimos mucho más que ganamos.

Y, sin embargo, en nuestro cerebro nos mentimos y construimos un edificio de victorias que decoramos con las banderas de la hipocresía y allí vivimos en una madurez estable que nos vendemos como utópica.

Es entonces cuando extendemos el engaño hacia afuera, cubriendo de mala hierba las nuevas cosechas que ven el cielo azul cuando para nosotros solo es gris.

Les explicamos que su fracaso los llevará a un nuevo fracaso y así hasta la derrota final.

Porque, no nos engañemos, su derrota es nuestra victoria, la victoria de la mentira en la que muchos hemos vivido y que no debemos poner en riesgo solo para explicar la verdad.

La verdad…

Cada fracaso te hace más fuerte si lo admites, si dejas de maquillar la realidad, sin encajas el golpe sin caer o incluso si caes y eres capaz de levantarte.

Si luchas.

Si mueres una y mil veces en cada batalla.

Si fracasas y sigues caminado es que ya has vencido.

Digámoslo en voz bien alta.

La vida está hecha de fracasos: grandes, pequeños o inciertos… fracasos que duelen o que pican o que aprietan el alma o que cierran la mente.

Pero algunos aquí estamos, dispuesto de nuevo a fracasar y a vencer.

A aprender.

De fracaso en fracaso hasta la victoria final.

Víctor Panicello


 

El tiempo de la rabia

A menudo la veo en sus ojos cuando les llevo la contraria o simplemente cuestiono aquello que ellos defienden como principio de vida. Muchas veces incluso sin llegar a dirigirles la palabra, solo por el hecho de estar ahí, metiéndome en sus asuntos.

La ignoro.

Sin embargo, sé que está ahí, añadiendo combustible a esas vidas perdidas, quemadas, consumidas por el odio hacia todo y hacia todos, sobre todo hacia sí mismos. Ese es el alimento del que se nutre esa rabia, del odio, de la no aceptación de las propias debilidades y de reflejarlas en los demás.

Me odio… te odio.

Un animal en un laberinto, busca y busca la salida. Recorre obsesivamente los caminos, ansioso por encontrarla, se desgasta, se agota, se deprime y finalmente se odia a si mismo porque no es capaz de encontrar su salvación. No sirve para nada y siente como la rabia crece en su interior, apoderándose de todo, alimentando su odio….

Se consume y se pierde.

Nada de lo que hagas por él servirá sino vences su rabia. Si le ofreces tu mano, la morderá, aunque eso suponga su condena. Si le ofreces tu alma, la pisara, aunque eso implique que viva para siempre en su propio infierno. Nada de eso le importa cuando surge la rabia.

Nada puede con ella, nada que no sea el amor y la paciencia incondicionales.

A continuación, reproduzco un fragmento de “Pedres al camí”, novela juvenil publicada por editorial Comanegra y que he llevado a cabo junto con un grupo de chicos y chicas con conflictos dentro del sistema educativo:

El que habla es un educador de una Unitat d’Escolarització Compartida, donde se intenta dar una nueva oportunidad a estos chicos. Sin duda se trata de alguien que posee esas dos cualidades necesarias para apagar el incendio de la rabia: amor y paciencia. El curso está a punto de acabar y muchos de ellos finalizan su etapa en ese entorno protegido:

– Dejadme que os hable de una cosa que todos vosotros tenéis en común… Una cosa que traéis en la mochila cuando llegáis y que, ahora que estáis a punto de iniciar una nueva etapa, os pido que dejéis aquí, entre estas paredes que os han aguantado uno o dos cursos y que seguramente no volveréis a ver nunca más.

La expectativa generada acalló a todo el mundo. Tenían curiosidad por saber qué era aquello que todos compartían.

Joan sabía que aquello les llamaría la atención.

– Pues bien, hoy que estáis a punto de marcharos para tratar de ir siguiendo vuestro camino, os pido que dejáis aquí la rabia.

Nadie dijo nada. Buena señal.

– Ya sabéis de qué hablo. Mirad, algunos de nosotros llevamos haciendo este trabajo ya hace bastantes años y cada vez que llega un chico o una chica nueva, lo primero que hago es mirarlo a los ojos y… ¿sabéis qué veo?

– ¡Que están to rojos porque va fumao! – dijo Ariadna haciendo reír a la mayoría.

 – A veces también – respondió Joan sin inmutarse porque era rigurosamente cierto – Pero no quiero decir eso. Le veo la rabia … una especie de fuego interno que todos tenéis escondido en el fondo de vuestras miradas, siempre dispuesto a haceros explotar o a haceros desaprovechar oportunidades o a meteros en problemas por cualquier chorrada. La rabia que os gobierna y que a menudo no os deja ni pensar.

– Tiene razón – añadió Soco.

– No entro en sí es justa o injusta, en si tenéis motivos para sentirla o es si en realidad os apuntáis porque os es más cómodo no tener que enfrentaros a según qué. No juzgo, pero sí que os digo una cosa: si ella gana, vosotros perdéis. Siempre, aunque pensáis que habéis ganado, estáis perdiendo. Si ella manda, vosotros vivís a su servicio… y ahora que llega el momento de marcharos de aquí, os pido que la soltéis. Echadla para siempre de vuestras vidas porque es una carga que os aplastará antes o después.

Sabía que ahora lo estaban escuchando de verdad.

Todos ellos conocían la rabia y su poder.

– Ahora es el momento. Tiene que acabar el tiempo de la rabia.

Víctor Panicello Monterde


 

La realidad es pura ficción

Hace tiempo que leo teorías que hablan de esa construcción de la realidad que nuestro cerebro, mentiroso y complaciente, va efectuando día a día y cambiando constantemente.

Readaptando.

Y yo creyendo que sé lo que pasa a mi alrededor o, peor aún, cual es mi historia, mis recuerdos, mi identidad. Al final, todo se basa en una cierta ceremonia de la confusión, en un marasmo de sensaciones que, reales o no, componen lo que creemos que nos singulariza como personas.

Y no es así.

El cerebro es adaptable, plástico, maleable, flexible, dúctil… en definitiva, falso. Maneja el caos con indigencia, con la pereza de quien no siente necesario el rigor y si en cambio la coherencia. Por eso entremezcla verdades y mentiras, sensaciones e imaginaciones, certezas y deseos. Trabaja con la tranquilidad de un constructor veterano que sabe que lo que realmente cuenta no es que cada ladrillo enganche a la perfección con el siguiente, que cada pieza ensamble limpiamente con la de al lado, con la de arriba y con la de abajo. Lo que cuenta, es que el edificio crezca y acabe aguantando muchos años. Y para eso, para unir las piezas, ya tenemos el cemento.

Hablemos del cemento.

Moldear esa pasta informe con la que enlazamos las piezas para formar un muro y los muros para formar edificios es lo que hace nuestro cerebro a todas horas. Construye muros solidos a base de medias verdades, recuerdos confusos, sensaciones ajenas y algo de realidad pasada por el tamiz del momento, de la oportunidad, del espíritu o del psicotrópico oportuno.

Por eso todo tiende a cuadrar cuando, ya solidificada la masa, nos lo presenta como verdad irrefutable de lo que somos y sobretodo de lo que fuimos, Y a eso nos aferramos, a una identidad que construimos creyendo que es una, grande y seguramente libre.

Pero vivimos en una ficción continua y apenas nos damos cuenta.

A veces, solo a veces, tenemos una pequeña intuición de que algo falla, de que nuestro Matrix particular nos está vendiendo como producto terminado y homologado algo que realmente está compuesto de retales y de cables sueltos.

Por suerte esa sensación acostumbra a durar poco.

No vaya a ser que descubramos la impostura de una historia que nos ha llevado toda la vida construir. No vaya a ser que decidamos no mentirnos más y entonces no sepamos bajo que árbol cobijarnos.

El día que descubramos que nuestro maravilloso cerebro, ese músculo (en realidad víscera, pero no suena igual) no es en realidad como un supercomputador sino más bien como una enorme planta de residuos, entenderemos que eso que llamamos realidad no es más que una película mal empalmada de lo que nos gustaría ser y nunca seremos.

Sin embargo, ¿a quién no le gusta la ficción.?

Víctor Panicello


 

Esperando en el vacío

¡Espera! ¡Ten paciencia!

Estas dos ideas se configuran en nuestra mente desde que tenemos uso de razón. Nos programamos para la espera, para el aplazamiento de aquello que deseamos y al final, aceptamos gustosos que será en el futuro cuándo podremos disfrutar de la vida. Tal vez, cuando tengamos treinta, o cincuenta… seguro que en la jubilación (ese será el momento definitivo para empezar a disfrutar de la vida)

¡Lucha por ser alguien el día de mañana!

Así de claro, porque hoy, a estas alturas, todavía no eres nadie. No importa la edad que tengas, no importa el camino que hayas recorrido o lo que te haya costado. Siempre hay un sacrificio más por hacer, una meta nueva por alcanzar, algo especial que espera tu llegada.

¿La muerte?

Tal vez, por eso muchos mueren con la decepción de no haberse lanzado al vacío. Se sienten engañados, estafados, vendidos, timados…

¡Espera!

¿A qué exactamente? Al éxito profesional, a una vida social llena de relaciones sin sentido, al amor programado según la edad, a la maternidad/paternidad, a esos bienes indispensables que no necesitas.

Recuerdo de pequeño como me sentaba en la cocina y ayudaba a mi abuela a pelar habas (ya sé que suena a antiguo, es que lo es). A mí me encantaba comérmelas crudas, pero no me dejaban. Y no porque pasara nada por hacer desaparecer unas cuantas de todo ese montón. Sin embargo, no me permitían disfrutar de ese pequeño placer.

¡Espera!

Era simplemente por adiestramiento, por convención social, por esa idea de domesticar los impulsos infantiles que nos convierten en imprevisibles, en apasionados, en irreflexivos.

¡Ten paciencia!

Y así nos va… esperando que la vida vaya pasando ante nuestros ojos mientras creemos que llegará el momento, nuestro momento.

Algunos descubren que todo era falso, que no hay que esperar a nada, que hay que abalanzarse sobre las cosas, sea el amor, el sexo, el riesgo, las emociones, la ambición o el deseo.

Otros siguen esperando.

Y, aun así, aun sabiendo que todo era mentira, seguimos afrontando la vida con el freno de mano puesto, como si realmente existiera ese mañana perfecto donde se colmaran nuestras ansias más secretas. Para colmo, algunos prevén que eso no sucederá en esta vida, sino en la siguiente, en la no existencia, en la reencarnación o en el nirvana.

Y les creemos.

Esperamos.

Morimos con la sonrisa puesta.

Espera si te apetece, pero yo ya nada temo.

Víctor Panicello

Fotografía: Miquel Gasull


 

Una vez tuve una idea

Fue un momento especial, casi mágico.

Surgió de repente, sin apenas esfuerzo, como si hubiera estado ahí desde siempre, en estado latente, acumulando calor y energía para poder sobrevivir y crecer.

Recuerdo que cuando sentí su presencia por primera vez, pensé que era un error o, en el mejor de los casos, un espejismo pasajero.

Pero se negó a desaparecer y su presencia se hizo cada vez más evidente, más llamativa. Me despertaba por las noches, empapado en un sudor frío que me dejaba despierto y preguntándome qué demonios me estaba sucediendo.

A mí, que en mi vida no había llegado a tener jamás un solo pensamiento realmente original, ahora me asaltaban las dudas perpetuas de vivir un proceso para el que no estaba preparado. Una maldita idea que amenazaba mi estabilidad emocional, que había construido a base sobre todo de inapetencia, de inacción, de inconsciencia y de impotencia.

Durante un tiempo no sucedió nada, al menos de cara hacia afuera. Nadie sospechaba que en mi interior había estallado un proceso de crecimiento que me fascinaba y me tenía atrapado en su magia y su potencia.

La idea dejó de ser un esbozo y se consolidó, alimentándose de una ilusión que yo mismo creía extinguida hacia tiempo. Su presencia se convirtió en algo que pasó de ser temido a ser deseado y decidí dejar de luchar y entregarme.

Volví a leer.

Busqué alimento para ella y sentí como absorbía cada matiz de conocimiento que yo era capaz de asumir. Los nutrientes fluían por mi cuerpo y llegaban a mi mente con una velocidad que no sabía que pudiera existir en mi interior.

La mayoría de los que me rodeaban, acostumbrados a ignorarme, no se dieron cuenta de los cambios que esa gestación estaba provocando en mí. Solo los más cercanos empezaron a sospechar que algo extraordinario estaba sucediendo cuando abandoné las largas horas de letargo mental y pasé a mostrarme curioso, incisivo e incluso ingenioso.

Tuve que disimular.

Un día de finales de invierno, supe que por fin había llegado el momento. Después de largas semanas de espera, ella, mi idea, estaba lista para salir, para ver la luz, para enfrentarse a su destino

Y yo al mío.

El feliz acontecimiento tuvo lugar un martes, en pleno apogeo del marasmo productivo en el que vivía de 8 a 17 horas, todos los días sin falta desde alguien decidió que ya era un adulto..

Ese día, con la emoción a punto de desbordarse a través de mis ojos, ahora llenos de vida, sentí que no podía reprimirme más.

Levante la mano y, ante la mirada escrutadora de todos los que me acompañaban en ese ritual diario de aburrimiento extremo, reuní todo el valor que había acumulado en esos tiempos agitados y expresé mi intención de dejar nacer esa idea.

Lo dije en voz alta.

– Venga señor Álvarez, déjese de ideas, que aquí no se le paga para pensar.

Fin de todo.

Víctor Panicello


 

Me siento optimista

Hoy voy a ser optimista, me lo he propuesto, me lo he impuesto, me lo he creído e incluso lo he asimilado.

Veamos… optimista… sí.

Levantarse cada mañana es como un regalo que debemos agradecer a quien sea que se agradezcan estas cosas. Ir a trabajar, sentirse valorado, disfrutar de cada hora, de cada pequeña insignificancia que repites una y otra vez cada día de los últimos años, del café de máquina y de las sonrisas impuestas, de tu jefe/a/o, de tus compañeros y de sus interminables anécdotas sobre viajes, familia, aficiones, opiniones políticas… y ahora incluso de las fotos de sus vacaciones.

Volver a casa y recibir los gruñidos de tus hijos adolescentes, las caricias verbales de tu pareja, la paz de un domicilio que será todo tuyo en apenas veinte años. Ganarse a los vecinos en las reuniones, disfrutar de sus sonidos/rugidos/bufidos/bricolaje/música/discusiones… Elevar tu espíritu mirando el horizonte del edificio de enfrente o deleitar tu olfato con el humo o los efluvios cloacales.

Llegar vivo al fin de semana y subirte a esa bici que ya no corre (es la bici no la edad), asistir a una comida familiar y poder sentirte querido por todos aunque a veces no se les escuche en el fragor de la batalla. Visitar un centro comercial, respirar aire puro en la montaña o en el mar, conducir en un atasco o en un camino rural, beber cerveza y correr al lavabo, beber buen vino y correr al lavabo, comer marisco y esprintar al lavabo.

Empezar de nuevo la semana y creer que todo eso ya lo has vivido cien veces.

Quedarte sin trabajo y echar de menos a los compañeros, las rutinas, el café de máquina, el despertador, los atascos o los retrasos de RENFE. Reinventarte y buscar un nombre extraño para eso que haces que no sabes cómo explicar en una tarjeta de presentación pero que te llena tanto.

Llegar de nuevo al fin de semana y no poder ir ni al mar ni a la montaña. No saltarte la comida familiar y beber diez cervezas y qué más da el lavabo o esas opiniones que ni compartes, ni discutes, ni entiendes, ni te importan.

Divorciarte y echar de menos los gruñidos de tus hijos o las caricias verbales de tu pareja.

Amar a los animales y sus defecaciones o su indiferencia o ese olor corporal que tanto te gusta. Y no volver a tener ropa sin pelo.

Envejecer y sentir que tu cuerpo ya no es tuyo y que se deforma por todas partes, pero te sigues queriendo a pesar de haber quitado los espejos de tu casa. Olvidar las cosas que querías olvidar y las que no querías. Saludar a los que son de tu edad y pensar en que no puede ser que ese tío esté así…. (¿qué le habrá pasado?).

Reunirte con los del instituto 25 años después y leer las tarjetas para saber con quién demonios estás hablando.

Saber que has aprendido algunas cosas (muchas ya no las recuerdas) pero que ya no te sirven de nada.

Esperar a ser un poco más viejo para poder disfrutar de la vida, ahora sí, plenamente.

Morir y preguntarte de qué iba todo esto.

No cuesta tanto encontrar miles de razones para sentirse optimista, así que no os dejéis engañar por aquellos que creen que la vida es una broma de mal gusto.

No somos nada

Cuando pienso en mi mismo, nunca me imagino como realmente soy. Me miro en el espejo y apenas me reconozco (debe ser cosa de la degradación silenciosa a qué nos somete la edad).

Sin embargo, no es solo eso (ojalá lo fuera). También trato de verme con los ojos de los demás, escucharme con sus oídos, juzgarme con sus sensaciones o comprenderme con sus corazones. Y lo que encuentro no siempre me gusta. Es más, a menudo no sé quién es ese que opina sin que se le pregunte, discute sin sentido, razona sin argumentos o juzga sin conocer la verdad.

Soy yo… o mejor dicho, somos yo.

Hace ya tiempo que no intento abarcarme en todas mis dimensiones, eso sería Misión Imposible (la V o la VI, no sé cual me tocaría), ni tan siquiera conocerlas o entenderlas. Sin embargo, no deja de sorprenderme la capacidad que tenemos de mentirnos a nosotros mismos. O quizás no nos mintamos, solo nos aferramos a las cosas que no sabemos cómo cambiar.

No me gusta que mi cuerpo pierda fuelle o que se deje arrastrar a una partida de desgaste que tiene perdida de antemano. No me gusta sentir cómo lo pierdo, cómo deja de ser mío para ser de nadie. No me gusta aprender a convivir con ese que ni siquiera se parece a mí.

Pero en eso no tengo elección… o tal vez sí (siempre puedo luchar contra el tiempo, pero da pereza y además es inútil y a menudo un tanto penoso). Me resigno a aceptarme y a veces lo consigo.

A veces.

Para todo lo demás… depende de si soy capaz de iniciar por fin el camino del retroceso. Esa fase de retirada en la que más que avanzar, nos replegamos sobre lo que somos y dejamos de lanzar cohetes que explotan y desaparecen en una fugaz imitación de aquello que quisimos ser y que nunca logramos alcanzar. No es fácil, lo reconozco. Hasta los más brillantes generales pasaron por la incertidumbre de aceptar que llegó la hora del repliegue.

A veces para volver a atacar con más fuerza.

A veces para no volver más a la batalla.

No se trata de ver las cosas con otras gafas, sino de ponérselas por fin (la vista ya tampoco es la que era) y tal vez así descubriremos cuál es el camino y dejaremos de seguir avanzando por todas las sendas que nos salgan al paso.

¿A quién le importa lo que somos? De verdad, ¿a quién?

Esa capacidad de percutir en todos los frentes debe ir dejando paso a nuevas generaciones que creen saber mejor que nadie por donde hay que tirar. Lo creen como lo creímos nosotros antes y muchos otros antes que nosotros.

Intento fundirme con el paisaje, pero cuesta tanto renunciar…

Y aun así, siento en el alma que sé más que antes, que conozco mejor las cosas y a las personas, que entiendo las emociones, que comprendo lo pequeño y aborrezco lo grande.

¿Me equivoco?

Seguramente, porque conforme aprendo, siento la necesidad de saber menos. Conforme avanzo, me siento más cómodo en mi pequeño rincón del mundo, mientras decrezco, siento que vuelvo a la nada, a la tierra, al olvido, a lo que fuimos.

No somos nada y, aunque a veces cueste admitirlo, nunca lo fuimos.

Víctor Panicello


 

Sin palabras

Estoy seco de palabras.

De tanto escribirlas, de tanto hablarlas. De tanto imaginarlas incluso.

Estoy vacío de palabras.

Toda la vida creyendo que contienen el elixir mágico, la materia última con la que surgen los sueños.

Y no es así.

Toda la vida tratando de exprimirlas, de rodearlas, de retorcerlas o de manipularlas.

Estoy hastiado de palabras.

No quiero oírlas, ni pronunciarlas, ni amarlas, ni odiarlas.

No quiero ser palabras.

Abro los ojos y surgen las palabras para decirme lo que ya veo. Abro la boca y me desbordan de tanto que aparento dominarlas. Abro el corazón y vuelan en una jaula de barrotes gruesos y dorados.

Estoy adormecido de tantas palabras.

La mayoría nacen ya usadas, repetidas, gastadas, amargadas, dolidas o engañadas.

La mayoría son solo eso, palabras.

Y estoy cansado de ser palabras.

Ahora, en esta vida que me queda, quiero vivir sin palabras, sin escucharlas, ni pronunciarlas, ni siquiera pensarlas.

No quiero ser más una palabra. O cientos. O ninguna.

En esta vida que me queda quiero ser esa luz que no sabemos describir, ese sentimiento que no se puede transmitir.

Quiero ser una idea, una imagen o una ráfaga de viento que pasa y nunca vuelve.

Estoy harto de palabras.

Quiero ser un vacío en el que nada cabe y nada sale.

Ahora, en esta vida que me queda, quiero ser eso que ahora piensas y que no puedes explicar.

Víctor Panicello