Colocón emocional

Siempre había creído que ante cualquier catástrofe o emergencia sería de las que saldría con vida. De las osadas que sobrevive a cualquier cosa o moriría luchando por salvarse.

Y ha ocurrido algo.

Hace dos días elegí estar dónde sólo si naces con branquias puedes vivir. Elegí poner mi existencia en ese medio limitada por 200 bar de aire y con dos y tres atmósferas sobre mi.Lo hice a conciencia.

Creyéndome capaz de admirar y disfrutar tal hazaña, rendida ante la inmensidad del mar y la belleza submarina, como un gran acto de Fe. Como en anteriores ocasiones. En realidad no tenía ni idea de lo que me iba a mostrar la experiencia, jamás calculé la magnitud que iba a alcanzar.Hoy no soy la misma persona. No lo fui ayer tras ninguna de las dos inmersiones, ni anteayer tras las dos anteriores.

Cada inmersión un nuevo nacimiento. El más intenso e importante, cuando descubrí quién era y qué me mueve en la vida cuando hay que sobrevivir. La 2ª inmersión era en condiciones muy especiales, mi primera vez de noche y a profundidad. Cuando buceas las medidas de seguridad son extremas pero en esas condiciones, más. Tu compañero es tu guardián y salvoconducto, y tu el suyo. Siempre atentos a que ambos estéis bien. El instinto de supervivencia activa una mente habladora y te pone en jaque.

La mía empezó su monólogo cuando tenía mucho frío y se encargó de recordarme todos los conocimientos adquiridos sobre los peligros de la hipotermia y comenzar a convulsionar. Mi mente perturbada no permitió comprender que mi compañero se encontraba mal y en un momento lo perdí. Mantener la calma para no entrar en pánico buscándolo sin perder el grupo hizo que entrara en calor, me olvidé por completo de mi estado.

No recuerdo casi ninguna ocasión en la que lo haya pasado peor en toda mi vida. Solo quería encontrarlo y saber que estaba bien. ¡Jamás se abandona a un compañero!

Cuando apareció vigilado por un guía pude calmar el torrente de adrenalina y emociones. Y comenzar a procesar lo que había ocurrido. En unos minutos volvió el frío con menor intensidad. Tras el shock inicial, ambos coincidimos en cuanto aprendimos con esta experiencia y creamos un lenguaje propio para comunicarnos mejor bajo el agua.

Pero lo importante, lo que más me ha golpeado y me ha mostrado más sobre mi misma, ha sido darme cuenta que soy del tipo de personas que no calibra si se pone en riesgo para ayudar al otro, o que sencillamente le da igual. No soy de las que hace lo que sea por sobrevivir.

Esto me plantea varias cuestiones.En el momento que se requiere soy capaz de darlo todo, obviando si hay quien me espera vivita y coleando. Mi compañero es mi vida y, por tanto, ¿espero lo mismo de el? Por supuesto, limito su existencia con eso y no tenía conciencia de ello. ¿Es que para mi la existencia propia solo tiene sentido en comunidad, relacionándome con el/los otros? ¿Cómo afecta esto a mi día a día? ¿Seríamos capaces de sobrevivir en soledad?

Y, quizás, lo más bestia ha sido percibir con claridad que en realidad la Vida lo es todo y nada, a la vez.

Y que es un sinsentido aferrarse a ella, a pesar de buscar excitantes experiencias que ayuden a ampliar justamente la perspectiva de su inmensidad.

Hoy estoy aún abducida por el colocón de emociones vividas, espero sobrevivir al síndrome de abstinencia…

Patrícia Arner Gusart



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