Después de ti no hay nada

TizianoTerzani en su magnífico libro “El fin es mi principio” habla con su hijo Folco sobre la muerte y la trascendencia. En una de las conversaciones deja caer una frase que tal vez no pase a la historia de la literatura pero que creo consigue resumir en un pensamiento algo que hace años yo trataba de traducir en palabras sin conseguirlo. Mientras le explica como de simple es el acto de morir, la poca relevancia real que tiene nuestra vida y aun menos nuestra muerte en el mundo o en la historia, señala un árbol y dice algo así como:

– Ves este árbol hijo ¿qué le importa a él mi muerte?

No es una frase que parezca contener misterio ni grandeza alguna. De hecho, en el mismo libro, el periodista deja caer algunas frases mucho más transcendentes y brillantes (como por ejemplo: “nos pasamos la vida tratando de ser algo y alcanzamos la muerte intentando no ser nada” o “este mundo es en realidad un gran cementerio más lleno de seres muertos que no de seres vivos”). Sin embargo, si la analizamos bien, esa corta declaración contiene – en mi opinión – el secreto de toda existencia, de la vida misma en su enorme simplicidad.

¿Qué somos desde el punto de vista de un árbol?

Nada.

Nuestra vida no significa nada para él ni mucho menos nuestra muerte. No le importamos, no le afecta nuestra visión egocéntrica de las cosas, ni nuestra tendencia a pensar en un futuro que tal vez nunca exista, ni nuestros miedos, ni nuestras ansiedades o necesidades. No le afecta nada de nosotros porque no somos nada para el árbol.

Vivimos en una agitación constante, buscando una identidad que en realidad ya tenemos, centrados en unos sentimientos que no controlamos, esperando una trascendencia que no comprendemos.

El árbol mientras tanto, se centra en vivir.

Nosotros en cambio, nos centramos en buscar.

Cuando se acerca el momento de morir, el árbol muere… sin más.

También nosotros morimos sin más. Y nuestra muerte no afecta más que a unos pocos seres cercanos que pronto olvidarán para seguir buscando.

Al árbol no le importa si reímos o sufrimos, si rezamos o gritamos, si avanzamos o retrocedemos, si aprovechamos nuestro tiempo o contemplamos como pasa la vida. No le importa nuestra vida y no le importa nuestra muerte.

Nuestra trascendencia, más allá de cada movimiento, de cada percepción o de cada silencio no es nada.

Llega la muerte y morimos.

Lo que importa es como vivimos.

Y aunque eso tampoco afecta al árbol, ni a la piedra, ni al pájaro que se desliza, ni al río que corre hacia su fin, es lo único que tenemos.

Es en este instante que existo,

cuando el sol surge en el horizonte.

Es en este mismo instante que vivo,

cuando la luz atraviesa la lluvia.

Vivir es tu aventura,

porque después de ti no hay nada.

Víctor Panicello


 

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