El Valle de los Monstruos: Déjame entrar

El vampiro está agazapado en la ventana, su mirada fija en la niña, le dice algo que nadie alcanza a oír –no es importante, nadie lo entendería– solo la niña comprende lo que el vampiro le pide. La niña no se mueve, no quiere mirar, pero tampoco se atreve a apartar la mirada –si hubiese corrido la cortina… cerrado las contraventanas…– El poder del vampiro es más fuerte que  miedo de la niña: un temblor le permite vencer la parálisis apenas, aparta la colcha, posa en el suelo los pies descalzos, lleva las manos al pestillo y abre. La niña cree que el vampiro podía haber roto la ventana y es posible que así sea, pero eso no lo sabrá nunca.

Por un momento, la sonrisa del vampiro es tierna, nosotros no lo entenderíamos –dice que la noche es fría, que no ha comido en tres días, que si puede entrar–. La niña comprende sin querer y asiente apenas. El vampiro insiste, amable: que si le deja entrar; su voz es dulce, parece no tener prisa, ser muy paciente. La niña dice que sí y con gesto mínimo deshace el lazo que anuda el camisón al cuello intacto, su piel blanca cede a la punción suave de los dientes y deja brotar la sangre, después de que la niña haya respondido a la pregunta ¿puedo?

David Álvarez


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