Eres único

¿Únicos o prescindibles?

Qué humano es el miedo al cambio, y el afán por sujetarse ni que sea dolorosamente a las situaciones conocidas a pesar de las inconveniencias.

Qué humano es aplicar la ley del mínimo esfuerzo, consiguiendo los objetivos con la menor inversión en tiempo y esfuerzo para conseguir los máximos beneficios.

Y en medio de todo ello, el “mundo civilizado” se ha encontrado de bruces con el cambio de las reglas del juego que tercamente ha intentado obviar, aunque desde hace tiempo que se encuentran delante de sus narices.

Es cruel tener que decirlo así, pero la clase media, la que tanto se queja por la pérdida de empleo, la que puebla cada rincón de las grandes superficies como Primark, es la que clama al cielo ante la aparición de iniciativas como Amazon Go.

Amigos míos, la culpa es nuestra.

El día de mañana cuando desaparezcan todos esos puestos de trabajo, habrá que ser realistas, mirarse ante el espejo y decirnos: “La culpa es mía”. Siendo valientes, sin mirar al lado buscando otro culpable.

Así que, cuando ese día llegue, abramos nuestro armario y admiremos todas las cosas que tenemos. Miremos una por una las etiquetas, miremos dónde se han hecho. Ninguna será comercio local.

Y también, ese día, abramos la despensa y miremos cuántos productos de marca blanca tenemos, cuánta comida prefabricada hay en la nevera, en el congelador…

Y me darás la razón.

Podríamos discutir sobre lo paradójico de este momento. Porque a fin de cuentas, no es más que un pez que se muerde la cola.

Por un instante me gustaría puntualizar que seguimos viviendo en la crisis económica, aunque nos intenten vender que vamos mejorando.

Yo no he visto todavía que hayan bajado las cifras del desempleo, ni que haya habido un menos atisbo de subida de sueldos. Y sí, es verdad que el mercado inmobiliario puede estar empezando a moverse. Pero, ¿es gracias a los ciudadanos de a pie que intentan acercarse a una entidad financiera a pedir una hipoteca para comprarse una vivienda digna, armados con su contrato temporal, o de sustitución, o cualquier contrato basura que se estile? ¿O es gracias a los grandes accionistas e inversores que fagocitan nuestras ciudades para lucrarse en un futuro, o convertirlas en urbes turísticas, obligando a los vecinos de toda la vida a emigrar allí donde la vida sea más asequible?

Y también creo que otra reflexión importante sería preguntarse: ¿en esta crisis, cuántas grandes superficies de consumo de alimentación o ropa se habrán inaugurado? Porque ellos sí que triunfan y están llenos a reventar. Recordemos el día de la inauguración del Primark en la Gran Vía madrileña, donde no sólo había colas quilométricas para acceder, sino que encima como colmo del absurdo, trabajadores de la cadena repartían papelitos con números entre la multitud que tenías que enseñar en la entrada o te quedabas fuera, como si del concierto de la última estrella del pop se tratara.

Porque sí, los sueldos serán más bajos que antes, habrá desempleo, pero el consumismo se ha consolidado como otro de los grandes opios del pueblo. Y porque, seamos sinceros, ¿dónde más puede permitirse comprar la clase media con los sueldos de hoy en día?

Hace nada tuve una conversación con una cándida estudiante, en pleno proceso de autodescubrimiento personal en el que, vestida de arriba abajo con ropa producida en masa, abogaba por los derechos humanos. Empiezo a pensar que los principios mueren donde rozan el bolsillo.

Queremos tener cosas. Las queremos para ayer. Las queremos baratas. Y no nos gusta esforzarnos.

Y como ya nos hemos vendido en internet (sí, porque nos hemos vendido, llevamos años haciéndolo, todos nuestros datos), sin darnos cuenta la mayor parte de las veces, claro, desde la más profunda de las ignorancias (o desde la candidez, si alguien prefiere la versión edulcorada del “yo no sabía”, “yo no pensaba”, “yo creía”, tan típica de nuestra fauna autóctona), diez años más tarde, como cervatillos asustados en medio de un bosque donde se oculta el peligro, temblamos porque no lo hemos visto todavía, pero sabemos que algo acecha en la oscuridad.

Queridos todos, este es el precio de la gratuidad. Ahora ya sabéis dónde han ido a parar todos esos datos “inocuos” compartidos felizmente en internet. Se han transformado en la comida de las futuras generaciones de corporaciones, en eso que quizás os suene, llamado “Big Data” que no teníamos muy claro para qué iba a servir. Y la respuesta es: para todo.

Somos testigos de la versión más disparatada del mundo que se nos podría haber presentado. En esa en la que todo lo que dábamos por sentado como la Unión Europea, la estabilidad de Estados Unidos o la bondad del sistema democrático, nos ha dado un bofetón en la cara para despertarnos a otra en la que Europa amenaza con hacerse pedazos tras el Brexit, Donald Trump ha ganado las elecciones en Estados Unidos, y gran parte de ello ha pasado porque mucha gente actuando de forma visceral se toma a risa su propio sistema democrático y su derecho al voto, y lo que es peor: se cree lo que le dicen sin dedicar un tiempo a desmigar lo que hay detrás de las palabras.

Porque lo importante no es pensar, es divertirse. Porque lo importante no es crear, si no tener. Porque a día de hoy, se ha transformado la sociedad al borreguismo. En su máximo esplendor.

Y ahora me gustaría preguntar si realmente, comentado lo anterior, a alguien de verdad le sorprende tanto que aparezcan servicios como Amazon Go, cuya misión es hacernos la vida más fácil. Porque, ya que estamos en un momento de sinceridad, reconozcámoslo: a nadie le gustan las colas. ¿Cuántas veces no habremos deseado simplemente dejar el dinero de la compra en la caja, aunque sobrara algo, simplemente por el hecho de no hacer cola y no perder el tiempo?

Pero ahora que viene alguien a ofrecernos ese servicio, y tras alegrarnos en un primer momento con el “qué bien, ya era hora”, una pequeña alarma salta en el interior de algunas personas: “¿Y qué va a ser de mí?”. Porque Amazon Go, la digitalización, la era del internet de las cosas implica que muchos trabajos van a quedar obsoletos. Y esto es así. Esta realidad ha venido para quedarse. Y no podemos hacer nada (porque en el fondo, queremos seguir llevando una vida cómoda, mientras no nos afecte directamente).

Vamos a ir diciendo adiós de forma anticipada a gran parte de los trabajos relacionados con la producción, la logística y la distribución: al personal de caja, a los taquilleros; a los transportistas; a los pilotos de avión; a los conductores de trenes, aviones, taxis, buses, tranvías y cualquier derivado; a los operarios en millones de fábricas…

¿A quién le gusta pagar gastos de envío? A quien le guste, que levante la mano y se reafirme en que quiere pagarlos para salvar los susodichos puestos de trabajo.

¿A quién le gusta que su avión llegue tarde porque el controlador aéreo de turno o el piloto, ha decidido hacer huelga en Navidad y se cancelen los vuelos? A quien le guste, que levante la mano, una vez ha perdido su reserva y se han cancelado sus únicas vacaciones del año, la oportunidad de ver a la familia, de disfrutar unos días de merecido descanso (porque: eh, yo también me lo he ganado), y aplauda a esas personas por defender sus puestos y derechos.

¿A quién le gusta que el transporte público haga huelga o llegue tarde? A quien no le importe enfrentarse a las autopistas ultracongestionadas y a tener que recuperar las horas de trabajo en la empresa en pro de la solidaridad, que levante la mano.

¿A quién le gusta tener un armario con poca variedad y poderse comprar pocas cosas al año? A quien le guste, y esté dispuesto a reducir su fondo de armario para que la gente de países como la India, China y alrededores tengan una vida digna, que levante la mano.

Bueno, yo sinceramente, la levantaría únicamente en el último caso, y porque no soy fan de comprar ropa.

Hombre, no todo va a ser malo. Eso también afectará a los bancos, que van a cerrar miles de sucursales para trasladar el 95% (siendo bondadosos) de su negocio a internet. Esos bancos “old school” que muy probablemente mueran a manos de nuevas entidades por venir que finalmente entiendan el “negocio” de otra manera. Quizás incluso mueran a manos de Amazon Go, o peor, de cadenas de supermercado como “Día”. Me ha parecido ver incluso alguna sonrisa, desde este lado de la pantalla. Pillines…

Pero en serio, este es el mundo que viene. Y va a representar una gran crisis para la mayor parte de la población, hay que asumirlo. Y asumirlo hoy, ahora, en este momento. Y no mañana. Hay que asumirlo, y prepararse para el cambio.

Porque a pesar de lo desgarrador que pueda parecer el panorama, siempre hay esperanza. Yo soy de ese raro tipo de personas que ven oportunidades en todas partes. Y con cada crisis llega también una oportunidad de renovación.

Renovarse, reinventarse, salir adelante, no es sencillo. Requiere mucho esfuerzo. Dejar de lado la pereza y afrontar los miedos. Es como esas promesas de ir al gimnasio el año que viene, que tenemos en la lista de propósitos para 2017. Ponerse en forma también es doloroso en cierta medida y sacrificado, y requiere de compromiso. Siempre es más fácil quedarse en casa. Salvo para esas personas que poco a poco han asimilado el deporte como una actividad más en su vida diaria.

El problema, no es este loco mundo nuestro cada vez más enfocado a la automatización y la digitalización de las tareas para mejorar la calidad de vida. El problema es que esa mejora en la calidad de vida es privilegio solo de una parte de la población. El problema, es el desconocimiento de cómo utilizar las nuevas herramientas para evolucionar y crecer a nivel personal. El problema es que seguimos educando mano de obra en las escuelas, cuando quizás el futuro para el trabajo “humano” radicará en aquellas cosas que las máquinas no puedan hacer.

Quizás deberíamos ser realistas y afrontar que nuestro actual plan de vida no sirve para las casi 7.500 millones de personas que somos, cuyas labores además son fácilmente asimilables en su mayoría.

Quizás hoy deberíamos valorar qué hacer con ese gran remanente de tiempo libre a nivel mundial que va a quedar como consecuencia del cambio en el mundo laboral.

Quizás hoy lo que deberíamos estar haciendo es pensar en cómo dar un giro a la situación, educar y dar herramientas a las generaciones que vienen para afrontar la nueva realidad.

Esfuerzo. Superación. Mejora. Creatividad. Imaginación. Innovación. Aprendizaje. Relación. Sacrificio. Adaptación. Improvisación. Perseverancia.

Todo ello son cualidades que nos hacen únicos y nos separan (al menos todavía a día de hoy) al hombre de la máquina, y en las que deberíamos apoyarnos más que nunca de hoy en adelante para encontrar un nuevo camino.

Tamara Elea Tonetti


 

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