Impregnarse de otros viviendo despacio

Aquella tarde llegué casi al cierre a almorzar al restaurante chino.

Mi momento de descanso se lo dediqué a la agenda, mientras los granos de arroz iban y venían del plato al paladar.

El bullicio se hizo silencio, y el silencio se transformó en pequeños golpes de platos y cubiertos.

Al mirar a mi alrededor me convencí de que no había nadie más en el comedor y fue en ese instante cuando ella con una sonrisa iluminó mi soledad.

– ¿Té chino? – me parafraseó.

– Sí – le contesté.

Me concedió una mirada a los ojos de esas que es difícil mantener. Luego se giró y empezó suavemente a cantar en su idioma, y de orquesta tenía el sonido del fin de una jornada.

Al volver a mí con el té aún seguía con su canto. Le sonreí y ella esta vez apenas alcanzó mi horizonte.

Ahora, en este tiempo sereno,

sé que soy yo,

​la que provoca llegar al cierre. La profundidad del ser humano es una emoción que no quiero perderme cada día de mi vida,

en distintos escenarios.

Julia Socorro


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