La ceguera de tenerlo todo

Pronto dejaré de ver, la ceguera avanza más que la diabetes y no puedo parar ninguno de los deterioros que vienen a mi despedida. 


Entre la vista y el oído diseñaré un nuevo hogar donde comprender el mundo. Ahora es frío y solitario. Está sucio, viejo y el olor que desprende me enfatiza las recaídas del asma. Me enfrentaré a estos inviernos con la mejor actitud de mi vida.


Como consuelo me digo a mi misma: “Ir pendiendo oído con los años no está mal. Es una forma de bajarle los decibelios a la gente y al ladrido del perro. Pero… ¡Qué me quede algo para escuchar la ternura de tu voz en mi oído!”


Perder la vista es lo que más lágrimas me roba. No podré leer las banalidades más justas de internet. Estaré limitada, dentro los límites de un idioma.


La ceguera me robará las posibilidades del diseño, la corrección del dibujo y la palabra. No me dejará descubrirte como haría con mi propio algoritmo emocional. El twitter que tanta compañía me hace será sólo un recuerdo en vida. 


Pronto dejaré de disfrutar de cómo soy, para construir un nuevo ser con la mejor energía que pueda regalarme.


A medida que avance la despedida de la vista y del oído, quiero ir organizando todo. Quiero dejar las paredes pintadas de blanco y ponerle una señal a cada fotografía, para saber quién es quién. Quiero vivir en menos metros cuadrados e ir comprando libros de braille, a ver si logro aprovechar todo lo aprendido. 


Podría haber aprendido braille antes y haber diseñado pensando es este puente de comunicación. ¿Cómo serán las redes sociales? ¿Cómo será una compra por internet? ¿Cómo me transporto de todo a casi nada? ¡Qué vértigo me produce no leer a mi antojo!


¿Quién me leerá? ¿Quién hará las búsquedas en internet cómo a mi gusta pensar y vivir? Nunca pensé que empezara a dejar de tener todo lo que más necesito y donde más me refugio, tan pronto.


Seré silencio entre campana y campana. El día llegará como llega la noche. El ordenador, la piscina, el gimnasio, conducir, la compra…


¿Me quedas tú? No veré tu rostro, no escucharé tus palabras y hace años que no me acaricias.


Me queda Henry, su calor en mi regazo, su baba en mis labios y su búsqueda constante de afecto.


¿Lo tenemos todo preparado para la despedida?

Julia Socorro


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