La vida bella

Esta vez lo haré, me comprometo a tratar de ser optimista.

Cuando nazca el día, me levantaré y daré las gracias al universo por dejarme existir. Si está nublado, daré las gracias a las plantas que, con su aportación de oxígeno, me permiten respirar. Si se me han muerto algunas por no regarlas, daré gracias al gato, por serme fiel y buen compañero, aunque nunca acuda a mis llamadas o me lance la zarpa si intento jugar con él.

Saldré a la calle con una sonrisa, porque me siento vivo, aunque la tos me mata y la espalda no me deja ponerme derecho del todo. Saludaré a mis vecinos con cariño y les recordaré con amabilidad que llevo tres noches sin dormir porque a sus hijos les gusta el rap latino a todo volumen. Conduciré disfrutando del paisaje, el mismo que veré durante la próxima hora detenido en la autopista por una retención monumental, la de cada mañana.

Empatizaré con mis compañeros, mis colegas de profesión y contemplaré con ellos las dos mil fotos del fin de semana en la playa con sus hijos, suegra, amigos, hijos de sus amigos y dos nuevos novios para sus hijas adolescentes. Centraré mi atención, viviré el poder del ahora en cada expediente que pase por mis manos, a pesar de que sean siempre los mismos los que reclaman más atención social y que el mundo sea más justo con ellos.

Disfrutaré de la comida que me llena el plato y bendeciré mi suerte si consigo encontrar el trozo de carne sumergido en esa salsa oscura que me sirven cada día. Oleré el café de máquina, intenso y me transportaré con él al lavabo, con urgencia, tratando de no tocar nada de ese santuario de pequeños seres con caparazón que comparten la madre tierra con nosotros. Benditos sean los animales y los insectos que reptan.

Disfrutaré de vuelta a mi hogar, trataré de que mis hijos se den cuenta de mi presencia y hablaré con ellos entre pausa y pausa de alguna de las mil partidas que juegan a diario. Me mostraré atento y agradecido con esa persona que comparte mi vida, mis sufrimientos y que me responsabiliza de sus limitaciones y sus frustraciones con una intensidad única e incomparable.

Veré caer la luz y suspiraré en el crepúsculo que se adivina tras la capa de contaminación que cubre nuestras vidas. Elevaré con él mi espíritu mientras escuchó los gritos de agradecimiento a la vida de la banda adolescente que destroza el parque infantil. Serenaré mi alma con la Luna llena que debería estar en alguna parte de ese cielo gris que cubre nuestras cabezas. Brindaré con ella con vino del Mercadona y buscaré un Almax para la acidez que me provocará ese licor de los dioses.

Finalmente, cuando este día llegue al ocaso, me dormiré en el sofá hasta que alguien me dé un suave codazo en las costillas. Conectaré la alarma por si vuelven los ladrones que asolan el barrio y daré gracias con la posición del loto muerto de cansancio, pensando que el colchón no pasa de este trimestre.

Cuando pierda el contacto con este mundo, roncaré suavemente mientras el gato salta sobre mis partes nobles y alzaré un grito al cielo.

La vida es maravillosa, solo hay que saber mirarla con unas gafas opacas.

Víctor Panicello 


 

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