Las cosas que importan

Pasa el tiempo y las cosas ya no me importan. Ni tanto, ni poco, no me importan nada. No sé cómo se llama ese proceso de desinterés que vivo con cierta indiferencia porque, naturalmente, tampoco tengo gran ansiedad en saber ni el nombre, ni la razón de esa impostura mía.

No me importa.

A veces, echando la vista atrás, tengo la sensación que hubo algún momento en la vida en que todo parecía brillante, misterioso, como puesto allí precisamente para que yo lo descubriera y me entusiasmara y me ilusionara y tal vez incluso me emocionara… bueno, no tanto.

Todo es relativo, valorable o incluso asumible, entonces, ¿para qué tanto interés? Si en el fondo la reducción intelectual de la propia experiencia nos lleva a concluir cosas como: lo único importante es el amor, entonces todo debería simplificarse mucho más.

Si tienes amor, importas.

Si no lo tienes, no.

Lo malo es que el amor es inoportuno y a veces aparece y luego se marcha.

Algunas veces no aparece.

Algunas personas no lo llegan a conocer nunca.

¡Y qué más da! Los que han llegado a disfrutar con esa intuición quasimística acaban por estropearlo, olvidarlo, vulgarizarlo, rechazarlo o abandonarlo. Y aún con eso, siguen con sus vidas dejando atrás loquerealmenteimporta.com. Si les preguntas lo negaran porque así se niega la impotencia de no saber qué hacer con eso que se supone que es lo único importante en esta vida.

Pierdes al amor y ya nada importa, así que o te quedas enganchado al amor – te guste o no – o te quedas en el margen, en ese estadio nebuloso de los que pierden el rumbo.

Y yo creo que soy de esos, de los que perdieron la partida de su destino y andan por el mundo respondiendo que “no” a todo. Poniendo cara de sueño ante las propuestas de aventura, desmontando con un gesto cualquier atisbo de entusiasmo juvenil por un mal amanecer o por un paisaje solitario, desgastando tanto vocerío inútil y cansino.

No tiemblo con una flor, ni vibro con una sinfonía, me molesta el agua de mayo y hasta el rocío de primavera resbala sobre mi piel. No me acurruco ante la chimenea, ni saboreo los placeres de un buen libro. No reparto sonrisas de buitre ni ansío conocer mis límites.

Me importa una mierda el destino, la historia pasada o presente. Aborrezco las notas dispares de esa canción legendaria y apenas levanto la vista cuando Saturno se come a sus hijos.

No me importa lo mucho que vivo.

No me importa lo mucho que sueño.

Es en este camino donde voy dejando caer todo aquello que sobra, todo lo que no es más que una ilusión repetida, todo lo que me induce a sentir que soy algo, o que algo de lo que veo es realmente algo.

Si juego bien mis cartas, llegaré al final con la misma soledad infinita con la que di principio a mis días.

Toda la vida tratando de ser para conseguir finalmente no ser nada.

Víctor Panicello


 

 

 

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