Las cosas sencillas

Cuando la vida se complica, todo se vuelve oscuro y difícil, y entonces te metes en ese laberinto del que sientes que nunca más podrás salir. Lloras de rabia e impotencia porque tú, lo que siempre has querido, es aquello que resulte sencillo, simple y transparente.

Dices que te sientes abrumado por no saber nunca dónde está en realidad el problema y por eso no encuentras las soluciones. Antes eso no era así, todo parecía fácil y claro. Cuando algo iba mal, lo cambiabas o lo ignorabas, pero no lo cargabas encima sin saber en realidad el motivo, sólo porque crees que debes hacerlo.

No quiero una vida complicada, aunque a veces todo el mundo se empeñe en cambiar de carril sin avisar, en quitar los carteles que me permiten orientarme, en disfrazar las palabras que ya no dicen lo que quieren decir, en desviar la mirada sin hacerme saber en qué les he fallado, en no escucharse ni escucharme.

Me gusta saber con quién estoy y por qué, me gusta amar cuando soy amado e ignorar cuando soy envidiado, me gusta tomar el Sol en paz, me gusta el mar y el agua en movimiento, me gustan las miradas tranquilas que se entretienen en mis ojos, me gusta el silencio cuando no es un preludio del infierno.

No sé cuándo se pasa de lo frágil a lo insensible, cuándo nos encerramos en nuestras cajas de miedo y de razón, cuándo dejamos de gritar si algo nos duele o cuándo nuestro dolor se compensa con el dolor ajeno. No sé cuándo pasó todo esto, ni si alguien me pidió participar en este juego macabro de correr hacia el vacío.

En las reglas de esta vida no está escrito que todo deba ser siempre más confuso, que todo gire sobre sí mismo hasta perder de vista el inicio y el final, que todo se difumine cuando crees que ya estas cerca de la meta.

Solo quiero vivir de cara, con la luz en el pecho y el sonido de mi propia respiración acompasado con los pasos que me llevan hacia un camino sin prejuicios, donde la vida no se retuerce, ni se para, ni se muere.

Un lugar de cosas simples, donde soy, estoy y envejezco, sabiendo que el horizonte siempre me espera para velar por mis sueños.

Soy corazón, razón y un solo cuerpo, todo eso y nada más que eso.

Si me acompañas deja atrás tus resuellos, olvídate de las promesas, no dejes que te atrape el miedo.

Si me acompañas, alza por fin el vuelo.

Cuando todo se vuelva claro, será por fin el momento, la llamada perdida de un eco que te llevará de la cima hasta el suelo.

Y allí, por fin, dejarás atrás el tiempo http://www.ien.es/ca/blog/musica-classica/

Víctor Panicello


 

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