Llorando por las esquinas

Diario de una exploradora emocional: capítulo 4.

Llevo cinco días llorando por las esquinas. He encontrado un cajón cerrado en mi escritorio y tengo que lograr la manera de abrirlo y descubrir que hay dentro de él.
Ese cajón me ha dejado sorprendida, no sabía de su existencia. De hecho, me dedico a echar un cable a los demás a descubrir, explorar e indagar en sus cajones. Para que los revisen tiren lo que les sobra y ya no sirve, ordenen con amor aquello que quieren  conservar y vacíen los bolsillos de chatarras pesadas.
Y es probable que haya llegado el momento que descubriera que tengo uno cerrado con candado.
Es como aquella trampilla secreta, el cajón con doble fondo, el oculto que sólo un restaurador descubre cuando esta rascando la madera sucia o alisando astilla y busca la pulcritud en su trabajo.
La autoexigencia hacia los sentimientos y emociones y la búsqueda del control es lo que me ha llevado aquí. Realmente me he pegado un buen baño de humildad, es una ostia en toda la cara para que me despierte del todo. Queda mucho camino aún. Almenos sé de su existencia, ya es un primer paso…
Hace pocos días, enfrascada en el recuerdo de lo que había sentido pillando olas en Bali, me encontré paralizada en la orilla de Portugal sintiendo la potencia y la energía del Océano Atlántico. No podía moverme, no creía ser capaz de entrar y no lo hice. Sudé el neopreno con la boca abierta y mi tabla en el suelo, mientras observaba lo que sucede cuando el mar está embravecido. Cuando hay que remar luchando para llegar “al pico” y para salir del agua. Cuando no aciertas al levantarte en el momento adecuado y la rompe engulléndote. Vi como cabalgaban las olas y sentía el miedo y el respeto hacia él. Me enfadé mucho. Me sentía incapaz y pequeña, poca cosa, nada. Sí, es cierto que hay olas tan perfectas que ni se sufre para llegar a ellas, ni se lucha para cogerlas. Eso flipa, engancha y engaña. Porque sí es una realidad, pero sólo es parte de ella. Y no se es surfista por cabalgarlas.
El mar te enseña cuan cambiante es, que hay corrientes y mareas, que es duro y también agradecido. Te muestra que hay que ser humilde y compasivo con uno mismo para conseguir navegarlo en cualquier escenario. O sencillamente, para observarlo desde la orilla con calma y dignidad.
Me he marcado el firme propósito de vencer mis miedos, voy a llevarlo a cabo y pasaré a la acción y superar-ME. Y no es casual que aparezca justo ahora ese “cajón desastre” en mi escritorio.
Quiero abrirlo, voy a abrirlo, y remar las espumas fuertes que haya dentro. Por que no sólo de cajones ordenados con bellas plumas y papeles pintados hacen un escritorio. Los que están cerrados también son parte de la realidad. La vida como el mar, bravo y sereno, amoroso y desafiante. Todo ES, completo.
Patrícia Arner Gusart

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