Lo que me ha enseñado la depresión

Hace dos años me encontraba sentado en mi coche con el motor encendido, aparcado en la puerta de las oficinas donde trabajaba entonces. Era la rutina diaria con la que me ponía en marcha a diario: abrir el listado de 2.000 clientes, trazar una ruta de 7 u 8 visitas a realizar durante el día y comenzar desde cero cada mañana a ofrecer mi ayuda a potenciales clientes.

Pero algo cambió esa mañana. Mi mente por más que repasaba el listado una y otra vez era incapaz de tomar una decisión acerca de por donde empezar, qué camino coger, qué ruta trazar…era la luz roja que mi cerebro acababa de encender en el panel de alertas de mi cabeza para avisarme de que algo malo estaba pasando.

Previamente, durante los meses anteriores, me había ido acostumbrando a una serie de síntomas que habían ido apareciendo poco a poco y que terminé por integrarlos como parte de mi vida diaria como si de algo normal se tratara: incapacidad de realizar varias tareas (sencillas) a un tiempo, fuerte apatía, tristeza extrema, desgana, irascibilidad, dificultad para relacionarte con las personas (fijaos que mi trabajo consiste en eso), enfado constante sin motivo, negatividad, presión craneal, mucho sueño constante, cansancio extremo….son signos que no aparecen de un día para otro, sino como digo, poco a poco, gota a gota y que no aparecen todos a la vez, sino que van creciendo poco a poco y terminan por instalarse de forma sigilosa, en esto estriba el peligro, porque finalmente aprendes a vivir y convivir con ellos.

En mi caso, la luz roja que se encendió esa mañana hizo que llegara a casa con cara de miedo y mi pareja me preguntase ¿qué te ocurre?. No era la primera vez que me lo preguntaba y mi respuesta siempre había sido “nada”, porque realmente crees que no te ocurre nada, que tienes un mal día, que los astros se han alineado en tu contra para que ese día odies a la especie humana y para que todo te pase a tí…pero gracias a ese incidente supe que algo sí que pasaba y que no era cuestión de poca importancia. Me abracé a ella llorando y por primera vez le dije “no lo sé”. Eso implicaba que estaba aceptando que algo ocurría y que estaba pidiendo ayuda. Un primer paso muy importante.

El siguiente paso fue acudir al médico de cabecera que al contarle los síntomas me recetó unas pastillas (antidepresivos) digamos de carácter genérico. Al principio la cosa mejoró pero luego los síntomas volvieron a los pocos días. Decidimos entonces acudir a psiquiatría. Allí mi médico (mi ángel particular), después de una buena batería de preguntas me contó cual era el problema o lo que ella pensaba que era el problema: se trataba de estrés cronificado, un estadio de la enfermedad que ha de tratarse de manera rápida para no dejar que se convierta en depresión. En realidad el único síntoma que diferencia una enfermedad de la otra es un trastorno de la alimentación que yo por suerte no tenía.

¿Porqué surgen? Normalmente por una acumulación de cosas. En mi caso varios episodios trágicos y traumáticos, sumados a una inestabilidad económica y luego la vida diaria que ya de por sí, al menos en mi caso, es bastante estresante, a lo que hay que sumar que tomé la decisión de comenzar un master en una escuela de negocios on line, lo que supuso dejar de tener tiempo de relax, quitarle horas al sueño…una mezcla más que peligrosa para la guerra que se estaba fraguando dentro de mí.

El cerebro da de sí hasta cierto punto; hay personas que manejan mejor que otras las situaciones complicadas y la gestión de las mismas, por tanto cuando nuestro cerebro está llegando a su límite nos lanza señales para que frenemos su actividad, de ahí el sueño, el cansancio y otros síntomas que te obligan a parar literalmente para poder seguir funcionando. Hay un problema añadido, que en una fase previa, como no sabes lo que te pasa hasta que acudes a un facultativo, te dedicas a luchar contra los síntomas; por ejemplo, en mi caso tratar de poner buena cara cada vez que realizas una visita, intentar mantener la multitarea (“¡antes lo hacía porqué no ahora!”), etc. y esa lucha no hace sino agravar más el problema porque lejos de lanzar al cerebro un mensaje de “vale, me voy a calmar”, le estás amenazando con un “tengo que seguir mi ritmo habitual cueste lo que cueste”. Lo que puede derivar en una depresión severa, cosa muy peligrosa porque dejas de tener el control sobre tí mismo.

Tras la fase de diagnóstico, mi doctora me avisó de como funcionaba el tratamiento: en realidad se sabe muy poco de las enfermedades mentales y de los procesos que las originan, por tanto la receta de fármacos se realiza por aproximación, es decir, te recetan un medicamento que a otros pacientes con síntomas similares les ha funcionado, pero esto no garantiza el éxito, sino que se ha de esperar a ver las reacciones a esta medicación para valorar si es la adecuada o no.

A partir de aquí comencé a probar diversos medicamentos, casi todos basados en la benzodiacepina hasta que encontré uno que parecía comenzar a poner las cosas en su sitio. Aún estoy tratamiento aunque ya por poco tiempo.

Ahora viendo todo el episodio desde una cierta distancia (a pesar de que luchas con ello a diario) trato de que quedarme con lo positivo, con aquello que puedo y debo meter en mi mochila del “haber” como lección de vida. Nada como tocar fondo para remover las entrañas del alma y comenzar a realizar análisis de la catástrofe con el fin de comenzar la reconstrucción. Estas son mis conclusiones:

Primera sensación que tengo: haberme dado cuenta de la fragilidad del ser humano. Tenemos un cuerpo y un cerebro que manejamos a nuestro antojo pero que pocas veces nos paramos a preguntarnos en qué estado se encuentran, porqué me duele aquí o allí, porqué hago malas digestiones, porqué me duele la cabeza… Nos fijamos en los efectos y pretendemos mitigarlos pero no ahondamos en las causas. Deberíamos comprometernos seriamente con el cuidado de nuestro cuerpo y mente. Esto es algo que parece evidente pero que muy poca gente practica, solo tienes que fijarte en la cantidad de personas que aún continúan fumando, con todos mis respetos hacia los fumadores porque yo también lo he sido. Por tanto, escucha a tu cuerpo.

Segunda conclusión: solo nosotros tenemos el control de nuestra mente, pero debemos entrenar ese control. La “radio” interior funciona de manera independiente a nosotros y no hace sino robarnos energía, por tanto debemos aprender a apagar esa radio para comenzar a enfocarnos en el aquí y ahora, dejando de pensar en un pasado que ya jamás volverá y en un futuro que es absolutamente impredecible. En este sentido el haber comenzado a practicar el mindfullnes ha sido una ayuda que jamás podré agradecer lo suficiente (gracias querida Gemma)

Tercera: no tenemos problemas, sino que la vida es así. Si resulta que en un día se nos junta un pinchazo de una rueda del coche, una bronca del jefe o cualquier otra cosa que se le sume ese día, no es que los astros se hayan alineado para lanzarnos un láser de mala suerte, no; todas y cada una de las cosas que nos ocurren tienen una relación causa efecto, por tanto, analicemos qué estamos haciendo y cómo para encontrar las causas y enfoquemos nuestra energía hacia el lado positivo para equilibrar la balanza. Hay tres o cuatro cosas que nos pueden suceder y que podemos considerar como graves, el resto es la vida que es así. Si no tuviésemos pinchazos, broncas, dolores, etc, no viviríamos en la tierra sino en un cuento de hadas.

Cuarta: pide ayuda cuando lo necesites. No somos superman ni superwoman. Si no puedes, no llegas, no sabes, no encuentras, no logras, no entiendes o cualquier otra cosa que estés intentando hacer y no seas capaz de hacer y no te permita avanzar, pide ayuda, insisto, pide ayuda. No pasa nada por reconocer nuestros límites. No pasa nada por decir “no puedo más”, es más es imprescindible que cuando ya no puedas más, digas “no-puedo-más”, de lo contrario estás diciendo “bueno me está constando, pero lo sacaré adelante y si me das más trataré de hacerlo”.

Y por último una serie de recomendaciones que a mi me funcionan para ser feliz y que si le sirven a alguien me hará aún más feliz: ten una actitud positiva constante y disfruta de aquello que tienes; quiere a los tuyos y demuéstralo; llama a tus amigos de manera periódica y queda con ellos aunque haya pasado mucho tiempo; sonríe siempre, abraza, besa, eso siempre le gusta a los que te aprecian; piensa en lo que tienes y en lo que quieres y no en lo que no tienes; descubre aquello que te apasiona y guarda tiempo para hacerlo; no pares de aprender, apuntate a algo nuevo cada cierto tiempo; dedica todo el tiempo que puedas a hacer ejercicio físico, no digo a competir en los juegos olímpicos, digo a moverte un poco haciendo lo que más te guste; cuida tu alimentación a diario y deja un día a la semana para comer lo que te de la gana; dedica diariamente 10 y 15 minutos a no pensar en nada, tan solo en tu respiración. Y por último, cada mañana piensa en el objetivo para ese día y da las gracias a la vida por lo que tienes.

Espero que os sirva.

Álvaro Alcántara


 

5 comentarios
  1. Patricia
    Patricia Dice:

    GRACIAS!! Gracias por desnudarte y mostrar que somos seres humanos y no superheroes. Y por demostrar que sólo con una actitud positiva y con el Amor por bandera es posible VIVIR plenamente 🙂

    Responder
    • Alvaro Alcántara
      Alvaro Alcántara Dice:

      Por suerte lo cogí a tiempo y supe hacerle frente a la enfermedad. La fragilidad del ser humano es parte de su genialidad.
      Y si, el Amor al final lo puede todo
      Gracias por tu sensibilidad, amiga

      Responder
  2. Gemma Segura
    Gemma Segura Dice:

    Amigo! Querido amigo!
    No he pasado por una experiencia como la que compartes y por ello me es imposible imaginarme lo que significa, porque solo podemos hablar de algo (o alguien), cuando de verdad lo conocemos.
    Hace unos años, recorrer unos cuantos quilómetros del Camino de Santiago me ayudó a darme cuenta que estaba en una situación que bien podía haber acabado como tu experiencia: estrés cronificado (que mal suena el palabro, verdad?).
    Todo lo que has aprendido en este camino de crecimiento es algo que todas las personas debemos aprender, sea por el motivo, causa u origen que sea. Todos esos pasos ayudan a aceptar, amar y agradecer la VIDA.
    Gracias! Gracias! Gracias!
    Un fuerte abrazo Alvaro!

    Responder

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *