Mi sombra

Normalmente no se donde está mi sombra. Sé que va conmigo a todas partes. Aunque vivo de espaldas a ella, despreocupada, porque ya vivimos perteneciéndonos.

Una tarde paseando la vi erguida en la fachada de un edificio. Ella no quería moverse de allí, no podías tirar de su mano, no quería andar más. No manifestaba ni una sola emoción, estabamos solas en un callejón, en el viejo paseo junto al mar. Ella me miraba como si fuera una simple silueta pintada en la pared, como si no supiera que tiene vida. Aquella noche ya no sabíamos jugar como cuando eramos niñas y nos inventabamos la diversión, las mariposas volando y tantas cosas.

Empezó a enfriarse el cuerpo con la brisa y las chispas de agua salada que calaban en la piel. Nos seguíamos mirando fijamente, el reto consistía en no languidecer. Como la paciencia siempre es una gran virtud, la usamos durante largas horas. Cuando llegó la oscuridad absoluta, ella fue absorvida en el negro y ese instante se convirtió en otro inicio.

Porque siempre que desaparece sabes que aparecerá nuevamente en otro lugar.

Conozco muchas personas diurnas que no tienen sombra y otras tantas nocturnas que no la ven.

La sombra de una persona es libre. Va y viene paseándose su paz, confundiéndose con otras sombras, siendo silencio. Está, tan acostumbrada a pasar desapercibida por nuestra vida que si la miras de frente huye. Aunque si la miras despacio, sabe que buscas juego.

Es verdad, normalmente no se donde está mi sombra. Sé que va conmigo a todas partes. Aunque vivo de espaldas a ella.

Julia Socorro


 

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