No somos nada

Cuando pienso en mi mismo, nunca me imagino como realmente soy. Me miro en el espejo y apenas me reconozco (debe ser cosa de la degradación silenciosa a qué nos somete la edad).

Sin embargo, no es solo eso (ojalá lo fuera). También trato de verme con los ojos de los demás, escucharme con sus oídos, juzgarme con sus sensaciones o comprenderme con sus corazones. Y lo que encuentro no siempre me gusta. Es más, a menudo no sé quién es ese que opina sin que se le pregunte, discute sin sentido, razona sin argumentos o juzga sin conocer la verdad.

Soy yo… o mejor dicho, somos yo.

Hace ya tiempo que no intento abarcarme en todas mis dimensiones, eso sería Misión Imposible (la V o la VI, no sé cual me tocaría), ni tan siquiera conocerlas o entenderlas. Sin embargo, no deja de sorprenderme la capacidad que tenemos de mentirnos a nosotros mismos. O quizás no nos mintamos, solo nos aferramos a las cosas que no sabemos cómo cambiar.

No me gusta que mi cuerpo pierda fuelle o que se deje arrastrar a una partida de desgaste que tiene perdida de antemano. No me gusta sentir cómo lo pierdo, cómo deja de ser mío para ser de nadie. No me gusta aprender a convivir con ese que ni siquiera se parece a mí.

Pero en eso no tengo elección… o tal vez sí (siempre puedo luchar contra el tiempo, pero da pereza y además es inútil y a menudo un tanto penoso). Me resigno a aceptarme y a veces lo consigo.

A veces.

Para todo lo demás… depende de si soy capaz de iniciar por fin el camino del retroceso. Esa fase de retirada en la que más que avanzar, nos replegamos sobre lo que somos y dejamos de lanzar cohetes que explotan y desaparecen en una fugaz imitación de aquello que quisimos ser y que nunca logramos alcanzar. No es fácil, lo reconozco. Hasta los más brillantes generales pasaron por la incertidumbre de aceptar que llegó la hora del repliegue.

A veces para volver a atacar con más fuerza.

A veces para no volver más a la batalla.

No se trata de ver las cosas con otras gafas, sino de ponérselas por fin (la vista ya tampoco es la que era) y tal vez así descubriremos cuál es el camino y dejaremos de seguir avanzando por todas las sendas que nos salgan al paso.

¿A quién le importa lo que somos? De verdad, ¿a quién?

Esa capacidad de percutir en todos los frentes debe ir dejando paso a nuevas generaciones que creen saber mejor que nadie por donde hay que tirar. Lo creen como lo creímos nosotros antes y muchos otros antes que nosotros.

Intento fundirme con el paisaje, pero cuesta tanto renunciar…

Y aun así, siento en el alma que sé más que antes, que conozco mejor las cosas y a las personas, que entiendo las emociones, que comprendo lo pequeño y aborrezco lo grande.

¿Me equivoco?

Seguramente, porque conforme aprendo, siento la necesidad de saber menos. Conforme avanzo, me siento más cómodo en mi pequeño rincón del mundo, mientras decrezco, siento que vuelvo a la nada, a la tierra, al olvido, a lo que fuimos.

No somos nada y, aunque a veces cueste admitirlo, nunca lo fuimos.

Víctor Panicello


 

1 comentario
  1. Gemma Segura Virella
    Gemma Segura Virella Dice:

    Después de leer y releer tus palabras he llegado a uno de esos rincones que mencionas. Un rincón en el que siento que aunque no somos nada, lo somos todo. Es entre la nada y el todo donde tiene lugar la vida, es entre un sinfín de polaridades donde ocurren los grandes y los pequeños momentos, es entre la luz y la oscuridad donde las verdades despiertan. Y, aunque a veces lo somos todo hay momentos en los que debemos no ser nada.
    Gracias por el post amigo!

    Responder

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