Para siempre

Resulta que este año, a todos los efectos y por primera vez en mi vida, puedo hacer uso de la frase “Año nuevo, vida nueva”.

Normalmente, la estación de cambios es la primavera. Esa que tenemos asociada al renacimiento tras el frío y duro invierno. Esa en que los árboles vuelven a lucir nuevos brotes y las flores reaparecen con sus colores bajo el sol. Primavera es la promesa de un nuevo comienzo. Y sin embargo, para mí el nuevo comienzo lo ha marcado el invierno, con el nuevo año.

Después de todo lo acontecido, he estado meditando sobre algunas frases, especialmente estas dos: “Para siempre”, y “Vale la pena”. Bueno, quizás la primera no es una frase en sí misma, pero yo creo que me entiendes.

El caso es: muchas veces hacemos un uso irreflexivo de las palabras.

La primera vez que me di cuenta de ello, fue de manera absurda y siendo yo pequeña, en el metro.

Creo que muchas veces miramos sin ver. ¿Cuántas veces habré mirado los letreros de las paradas, sin ser consciente de dónde estaba realmente? Por ejemplo, la parada de “Poble Sec” (Pueblo Seco), “Sants” (Santos), o nombres de calles como “Rocafort” (personaje histórico). Cada cosa tiene un significado, un porqué de esa elección. Estaba tan habituada a “verlo” que jamás me pregunté por ello. Simplemente leía las palabras sin pensar.

Estos días tengo conversaciones con mis amigos sobre: “Vale la pena”.

Aunque es una frase que usamos de forma superflua, es digna de análisis, porque dice ni más ni menos que estamos dispuestos a pagar con dolor y lágrimas, con esfuerzo, con sufrimiento, el conseguir algo. La decimos muchas veces, en momentos triviales de la vida como las rebajas: “Cómprate el jersey que está rebajado al 30% y vale la pena”. Hemos banalizado por completo la frase.

Cuando decidimos arriesgarnos en una relación, o realizar un cambio en nuestra vida, a veces, también la utilizamos.

Y creo que aquí, sí tiene sentido el uso. Porque realmente, empezar una relación implica muchos cambios y esfuerzos: abrir nuestro corazón, confiar en otros, amoldarse, aprender a comunicarse, explorar… Empezar una relación es exponerse al desnudo en cuerpo y alma, y por completo a una persona, con todo lo bueno y todo lo malo. Con el miedo al rechazo futuro y al dolor ante la posibilidad de una relación rota. Por eso, cuando decidimos empezar con alguien y creemos que vale la pena, estamos indicando (aunque no lo sepamos) la profundidad del cambio que estamos dispuestos a abrazar. Lo mismo podría decirse del cambio de trabajo.

También tengo conversaciones sobre “para siempre”.

Para siempre, es mucho tiempo, y es muy relativo.

Aunque no nos guste, tod@s somos un producto de nuestra época. Nuestros gustos, nuestra forma de relacionarnos, nuestra forma de comunicarnos, nuestra forma de entender el mundo. Con algunas variaciones, pero en realidad no todas nuestras elecciones son realmente conscientes y nuestras.

Uno de los grandes problemas del siglo XXI, de mi generación y de quizás las venideras, es el mundo que nos han “vendido”.  El mundo que nos educaron para creer que sería y no es, que es muy diferente al que nos hemos encontrado.

Nos han educado en el “para siempre”.

Un trabajo para siempre, una casa para siempre, una pareja para siempre. Y, ¿qué pasa cuando ya no es así?

Mi hermano, con quien me llevo casi dieciocho años, me dijo hace un tiempo en un momento de ofuscación adolescente (de esos en los que piensas: “un buen copón necesitas tú…”), que para qué iba a estudiar, si para cuando acabara no habría trabajo para él, que España estaba muy mal. Y quien dice España, dice el mundo. Pero bueno, emigrar a otro planeta habitable no es posible todavía, así que tendremos que contentarnos con este. El caso es que yo le dije, en un momento de iluminación, que tenía que ampliar su mira.

Cuando yo iba al colegio, la promesa que me hizo el mundo es que si acababa mis estudios y tenía un título universitario, tendría un buen trabajo donde podría jubilarme. Un trabajo para siempre. Pero cuando acabé la universidad, el mundo empezó a cambiar, y me di cuenta que esa promesa no se podría mantener. El mundo que me ha tocado vivir es el de cambiar de empresa para sobrevivir. Sin mayores traumas. Aprender a cambiar de posición y alcanzar de nuevo un equilibrio. Y la generación de mi hermano irá un paso más allá como tantos otros desde que estalló la crisis: cambiarán muchas veces de país, y no solo de empresa a lo largo de sus vidas.

El mundo hoy es el mundo del fluir.

El mundo de adaptarse. El mundo cambiante que no es igual que ayer, ni el mismo que mañana (en parte también por los avances tecnológicos cada vez más veloces). Y en un mundo tan voluble, qué difícil es mantener la promesa del “para siempre”.

Porque “para siempre”, implica quietud. Que hoy seremos igual que ayer y que mañana. Y (afortunadamente) esto no es así.

Con mi “año nuevo, vida nueva”, he aprendido algo que otras personas aprenden antes que yo: que “para siempre” ya no existe tampoco en las relaciones de pareja.

Hace tiempo tenía un blog bastante personal. Tengo que decir que me alegro mucho de haber escrito en él, porque me sirve para ver lo mucho que (afortunadamente también) he cambiado. Y me doy cuenta que cosas por las que paso ahora ya las viví entonces. Así que al menos me sirve como bitácora, y no sé si debería preocuparme que en algunas cuestiones haya seguido viendo la vida igual que hace ocho años. Hice ya en su momento una interesante reflexión sobre esto del ad infinitum. Y a lo que se ve, no me he hecho mucho caso a mí misma, hasta que ha pasado algo lo suficientemente importante para cambiar.

Por eso, me gustaría hacer un alto en el camino y animarte a escribir siempre que puedas, aunque se te de mal: la práctica ayuda a mejorar y es bueno tener una referencia de cómo eras. Un día, aunque no lo creas, te gustará leerlo o te servirá incluso.

Y después de todo lo vivido, me encuentro ahora pensando no con las gafas del “para siempre” si no con las de “ahora” o “por ahora”, que son más fiables.

Con una elevada probabilidad, dentro de cinco años, seré alguien muy diferente de quien soy ahora. Tú también. Todos lo seremos. Eso quiere decir que si conozco a alguien de quien ahora me enamoro locamente, le quiero ahora en este momento, y mañana esperemos que sí pero puede ser que no, no pasa nada. Ahora entiendo lo que tantos amigos se esfuerzan por hacerme entender con eso de “disfruta del momento”. Pero es un conocimiento que llega como el de los enchufes y los dedos entumecidos: tras meterlos en ellos, en primera persona y con dolor.

Muchas de nuestras frustraciones provienen de esos grandes planes a largo plazo que tejemos con nuestra situación actual como base.

La hipoteca que firmamos cuando teníamos un buen puesto de trabajo, previendo que mantendríamos el sueldo los próximos 35 años, sin pensar en un despido porque eso no me puede pasar a mí.

El trabajo que pensamos que vamos a tener cuando acabemos los estudios, porque claro, con este título cómo no voy a encontrarlo.

La vida maravillosa que disfrutaré junto a mi pareja los próximos treinta años, envejeciendo juntos en el porche…

Tener una idea de hacia dónde queremos que vaya nuestra vida, es importante. Pero muchas veces tomamos decisiones basados en ese “para siempre” que no existe. Como cuando te dicen que tienes que ser bueno para cuando mueras, ir al Cielo, y pasas tu vida pensando en ese “premio” futuro sin ver el precioso presente.

Pasamos por la vida corriendo a todos lados. Sin disfrutar lo que nos envuelve, sin disfrutar de la comida, de las personas, de las charlas, de los todos momentos del día. Consumimos la vida, nos atragantamos en el festín de los días, esperando el próximo plato sin pararnos a saborear el que tenemos en la mesa porque creemos que siempre llegará el siguiente, y quizás mejor.

Con tristeza y añoranza aprendí el año pasado que solo tenemos “ahora”.

Aprendí que cuando “ahora” pasa, y se transforma en “ayer”, muchos momentos que ahora nos parecen malos se borran con los buenos recuerdos de lo que ayer no supimos disfrutar plenamente.

Y aprendí también que cuando “ayer” pasa, y se transforma en “hoy”, tenemos una oportunidad de empezar de nuevo, no para siempre, si no por ahora.


4 comentarios
  1. montse bonet prous
    montse bonet prous Dice:

    Interesante artículo, me ha gustado mucho, puedo resumirlo en lo que yo llamo AQUI Y AHORA, cuando la mente puede prevalecer sobre el cuerpo y hacerse dueña de tu vida, y con ello llegar a la plenitud, ardua tarea, que no es mas que el SER i no el ESTAR en todas las circunstancias del SER.

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  2. Ma Elena Cateo
    Ma Elena Cateo Dice:

    Querida Gema:
    Que importante reflexión, te acuerdas de mi IEBS postgrado? Pronto te mandó mis Tablas del espíritu para conocer tu opinión, ni es para siempre ni vale la Peña, pero tu lectura me llenara de gozo, te envió mi reflexión de hoy:

    El amor necesita cuidado. El cuidado no es esfuerzo, tampoco es un deber, el cuidado es el gozo de dar, y esa es la única certeza que tenemos en esta vida. Es luz que alumbra tu camino. Todo esta bien, la luz te guía y será tu recompensa.

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    • Gemma Segura
      Gemma Segura Dice:

      M. Elena,
      Me acuerdo de ti, claro que me acuerdo 🙂
      Un placer leerte y estaré encantada de que me mandes tus Tablas del Espíritu.
      Y que bonita reflexión la que compartes…
      Abrazos y hasta la próxima.

      Responder

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