¿Quien soy?

Cuando era pequeña, quería ser muchas cosas: astronauta, ingeniera genética, superheroína, mutante, profesora, presidente, elfa, piloto de mechas. Pero lo que quería ser y en lo que acabé por convertirme, son dos cosas muy diferentes.

Yo nací en Uruguay. Cuando tenía cuatro años (allá por 1983), mis padres se embarcaron en la aventura de sus vidas, que fue emigrar, con dos mochilas y mil dólares americanos en metálico. Cumplí los cinco años en Barcelona.

En aquel entonces, ser inmigrante era algo duro. Porque habían pocos. Recuerdo que los niños en el colegio, me decían que les hablara en uruguayo. Porque claro, yo venía de un país diferente, y por lo tanto tendría que hablar otro idioma, ¿no? Se sorprendieron cuando les dije que ya estaba hablándolo, y les expliqué que en Uruguay se hablaba también castellano.

Creo que en ese momento, perdí un poco del misterio que les atrajo hacia mí. Y no sé cómo, pasé a ser la niña rara.

La convivencia vecinal también fue de lo más diversa.

Tengo bonitos recuerdos. Como los que atañen a los vecinos del tercer y cuarto piso. Me gustaba mucho jugar con Ingrid, era una chica fantástica. Y después estaba Oscar, que me pasaba cosas con una canastita que nos habíamos hecho, y así subíamos y bajábamos objetos entre pisos, porque yo vivía en un principal.

Pero también tengo malos recuerdos. Como vivíamos en el principal, teníamos un patio bastante amplio, que lindaba con el de al lado y estaba separado por una reja cuyas varas se distanciaban aproximadamente en espacios de quince centímetros. Más que suficiente para que pase una mano.

Un día, la señora de al lado estaba celebrando el cumpleaños de las nietas. Hizo una fiesta preciosa, a la que invitó a los niños del edificio. Menos a mí. A mí me dio de comer pasando un plato por la reja con algunas piezas de repostería. Y cuando lo cogí, le dijo a los demás: “Mira, pero si parece un monito cuando come”. Yo no lo entendí. Pero mi madre justo estaba entrando en el patio y se lió una buena.

Ahora sí lo entiendo.

Mis padres me han inculcado muchas cosas buenas. Pero también algunas malas. Por ejemplo, crecí pensando que si no tenía dinero no sería nadie en la vida. Escuché muchas veces la frase “En esta casa no hay nada tuyo porque no lo has pagado”. La consecuencia de esos años fue que yo crecí con una gran ambición y muchísimas ganas de ganar dinero a mansalva.

Eso es un estigma que arrastré hasta los veintimuchos. Se dice por ahí que en esta vida hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. Bueno, yo pensaba que mis prioridades eran tener carrera, tener trabajo y tener mi casa. Me he esforzado mucho para las últimas dos cosas. La primera siempre me ha resultado sencilla. Pero las otras dos me han enseñado cosas muy importantes.

Una persona me dijo que no hay nada más importante que el trabajo. Por encima de la familia. Tal cual. ¿Sabes qué es lo fuerte? Que yo me lo creí. Porque estaba cegada con que mi lugar en el mundo dependía de mi dinero y de mi éxito profesional. Hoy veo todo con otro prisma.

La otra cosa que aprendí es que la felicidad no es tener una casa a medias con el banco. Siempre pensé que comprarme un piso sería el símbolo de mi culminación como ciudadano productivo. Lo que sucedió cuando la tuve fue muy distinto. Seguía sin poder dormir por las noches, y me asaltaban muchas preguntas. Y me pesaba no tener tiempo para mí. Porque no tener tiempo personal era el precio que yo pagaba a cambio de los euros a final de mes.

Cuando me di cuenta de todo ello, empecé a plantearme algunas cosas de mi vida. Vivir sola da para mucho, ya sabes. Te vuelves como la vieja de los gatos de los Simpson.

La primera es, cómo queriendo ser astronauta acabé de administrativa. La segunda, que el lugar de una persona en el mundo no depende del dinero. Y la tercera, que la felicidad no es algo que pueda llenarse con nada material.

Cuando alguien me decía hace diez años, algo parecido a: “la felicidad viene de dentro”, creo que no me reía por educación. Porque yo estaba convencida que felicidad era tener éxito en la vida.

Yo no sé qué es felicidad para ti.

Pero para mí es algo más parecido a tener paz interior. A saber quién soy. A serme fiel a mí misma. Es tener sueños por las mañanas, y esperanza. Y ganas de hacer cosas nuevas. Eso es lo que hace que me levante por las mañanas y tenga fuerzas para afrontar lo que venga. Lo que sea.

Todo lo demás, es pedirle al mundo que me haga feliz. Pero he aprendido a las duras en estos años, que la felicidad es como un músculo, o un arte. Hay que ejercitarlo, hay que practicar, hay que poner mucho de ti mismo. Y todo lo que venga de fuera, es un regalo.

Para mí, felicidad, es saber quién soy y ser capaz de aceptarlo.


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