Si conoces el miedo vivirás mejor

Vivimos asustados sin saber muy bien de qué.

Nacemos sin conocer esa sensación que llamamos miedo, nos sentimos libres para pensar, hacer o decir cualquier cosa, no existen los límites de ningún tipo… pero eso dura poco.

Pronto entramos en la rueda educativa que nos enseña no solo donde están esos límites, cosa que de por sí no está mal, sino que jamás debemos traspasarlos o sufriremos algún tipo de castigo: legal, social, sentimental, físico o psicológico.

Cuando todavía no nos conocemos, nos presentan al MIEDO, un personaje difuso y huidizo al que cuesta ver el rostro, pero que va a estar siempre muy presente en nuestras vidas. Nos dicen que debemos aprender a convivir con él porque, en el fondo, su labor es protectora. Nos guarda de los demás y sobretodo de nosotros mismos. Nos ofrece una sensación de control frente a un mundo de caos, un refugio aparentemente seguro.

Nos acompaña en casa, en la escuela, en nuestro entorno, siempre recordándonos que no debemos ir demasiado lejos, que no es bueno levantar el rostro buscando un aire que puede estar envenenado, que no somos los elegidos, que no hay camino tras la cuesta. Mucho cuidado con lo que hacemos y todavía mucho más atención con lo que pensamos.

Nos convertimos en seres domesticados por el MIEDO.

Así crecemos y lo asimilamos de una forma tan profunda, que acabamos convencidos de que ese es nuestro estado natural, lo que nos permite sobrevivir sin sobresaltos ni problemas.

Y eso es dramáticamente falso.

Los problemas existen porque forman parte de la vida, la remueven y la sostienen. Tendremos problemas siempre, enfoquemos las cosas como las enfoquemos. Nada nos va a librar – afortunadamente – de ese saco de dificultades que cada cual carga como sabe o como puede.

Pero lo peor es que, aun sabiendo en el fondo de nuestros corazones que ese miedo es malo y paralizante, nos engañamos hasta creernos que es así como uno debe vivir. Y esperamos a que una nueva generación venga a pretender vivir sin miedo para ponerlos en su lugar.

Les trasmitimos nuestro propio miedo a aquellos que más amamos.

Vivimos todos asustados sin saber muy bien de qué, en un precario equilibrio que nos permite mirarnos a la cara sin avergonzarnos porque detectamos que el otro, el de enfrente, también vive con nuestro amigo el MIEDO.

Y sus hijos.

Y sus mascotas.

Y sus amigos.

Y sus jefes.

Es de los nuestros y lo respetamos.

Por eso atacamos sin piedad a aquel que no lo tiene, al que ha decidido vivir sin MIEDO pase lo que pase. Le auguramos todos los males: si le llegan asentimos con la cabeza porque “ya se veía venir”; sino le llegan sólo decimos “tú espera que ya se lo encontrará”.

Lo odiamos en nuestro interior porque no se ha dejado domesticar.

Sin embargo, cuando nos acercamos al final, es cuando aceptamos que hemos vivido en un error, en un engaño masivo, en un valle sin luz.

Viendo la muerte de frente uno se pregunta: ¿de qué demonios he tenido miedo toda mi vida?

La revelación se nos aparece demasiado tarde. Tarde para nosotros y tarde para los que nos siguen que ya han asimilado el MIEDO en su ADN y no van a cambiar, no quieren cambiar a pesar que tratas de hacerles ver que todo es una fábula, una trama, un vacío.

Te miran y sonríen con esa expresión que dice “son cosas de viejos

En la rampa de salida, cuando ya te sientes a punto de alcanzar el éxtasis de una apoteosis que tanto temías, algo en ti se remueve y, por fin, escupes tu miedo para siempre.

Te liberas.


0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.