Un viaje descubriéndote

Quiero hacer un viaje por tu cuerpo, pero no tengo prisa, recorriendo cada rincón, cada pliegue, parándome allá donde el corazón me pida. Será como explorar un paisaje nuevo para mí, donde encontraré lugares que no por desconocidos, me resultarán familiares.

Comencé mi viaje desde los dedos de tus pies, sabía que sería un buen inicio. Me detuve en cada uno de tus dedos y pasé 10 días entre ellos, pasando de uno a otro. Pasaba de uno a otro y escondía entre ellos…a veces subía por el dedo corazón hasta sentarme en la punta, como si me sentase en un muelle con el mar de fondo viendo el atardecer.

A la mañana siguiente me puse de pie y comencé a bajar por el empeine del pie derecho, manteniendo el equilibro. Andando por el tobillo logré llegar a la loma que forma tu rodilla, me senté justo arriba unos minutos, admirando el paisaje que tenía por delante y continué andando. Subiendo por la pierna, hacia la ingle y allí me deslicé por la entrepierna y me quedé parado delante. Con mis dedos y muy suavemente abrí aquella caverna donde todo era calor, humedad, paz…un viaje regresivo. Por un momento me di cuenta que me encontraba en aquel lugar donde se creaba la vida, donde se producía el milagro. Allí me quedé laargo rato, acariciando las paredes, rozándolas con mi cara, intentando abrazarlo todo.

Por la mañana salí de allí y me dispuse a escalar de nuevo por la ingle hacia arriba, llegando hasta el ombligo, que invitaba a la meditación porque allí parecían converger todos los flujos de energía de tu cuerpo. El epicentro de tí.

Me deslicé por el vientre despacio y decidí descansar en el hueco entre tus pechos. Allí comencé a escuchar los latidos del corazón; estaba apenas a unos centímetros de el. La cadencia es infinita.

De repente te diste la vuelta y tuve que correr sobre tu cuerpo para no caerme y cuando te quedaste quieta por fin me vi sentado en tu espalda, como contemplando un desierto en el momento en que se pone el sol. Me tumbé y te acaricié la espalda, notando como el vello reaccionaba ante las caricias. Después subí hasta el hueco entre la espalda y la cabeza, la nuca, intenté escuchar tus pensamientos, pues dicen que es allí en el cerebro límbico donde surgen los sentimientos, pero no escuché nada, solo la paz del silencio…

Sobre el pelo tuve la sensación de estar en un prado donde las briznas de hierba las constituían cada uno de tus cabellos. Luego me deslice por un lado de la cara y me quedé frente a tu nariz y la boca. El aire salía y entraba despacio. La respiración es el hilo conductor entre el corazón y nuestra mente. Meditar durante unos momentos aprovechando tu respiración fue como acallar mi mente con tu ayuda inconsciente. Toqué tu boca con mis dedos, sintiendo tus labios, suaves. Una mano entró por entre tus labios solo para acariciar tu lengua, caliente, suave, húmeda. Mi cuerpo estaba pegado a tus labios. Tuve la sensación de recibir un beso que abarcaba todo mi cuerpo. Un amor que me rodeaba.

Estabas recostada de lado sobre tu brazo estirado, y no pude resistir quedarme acurrucado en el hueco debajo de tu hombro. Me encanta ese olor que desprendes, como de pan recién cortado. Pasé allí la noche y por la mañana continué andando por el brazo hasta tu mano, que recostaba semiabierta con la palma hacia arriba. Allí, las líneas de la mano se me antojaron como los surcos de un vinilo donde se escribía las historias de tu vida. Las recorrí todas, intentando anticiparme al futuro y ver si yo me encontraba en el…

Allí decidí terminar mi viaje, tumbado entre tus dedos. Al fin y al cabo me tenías en tu mano. Me sentí pequeño pero formando parte de tí, esperando que despertaras y decidieras tú en qué parte de tu cuerpo iba a quedarme, en qué paisaje de tu contorno iba a tumbarme a dormir la próxima noche.

Álvaro Alcántara

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