Una vez tuve una idea

Fue un momento especial, casi mágico.

Surgió de repente, sin apenas esfuerzo, como si hubiera estado ahí desde siempre, en estado latente, acumulando calor y energía para poder sobrevivir y crecer.

Recuerdo que cuando sentí su presencia por primera vez, pensé que era un error o, en el mejor de los casos, un espejismo pasajero.

Pero se negó a desaparecer y su presencia se hizo cada vez más evidente, más llamativa. Me despertaba por las noches, empapado en un sudor frío que me dejaba despierto y preguntándome qué demonios me estaba sucediendo.

A mí, que en mi vida no había llegado a tener jamás un solo pensamiento realmente original, ahora me asaltaban las dudas perpetuas de vivir un proceso para el que no estaba preparado. Una maldita idea que amenazaba mi estabilidad emocional, que había construido a base sobre todo de inapetencia, de inacción, de inconsciencia y de impotencia.

Durante un tiempo no sucedió nada, al menos de cara hacia afuera. Nadie sospechaba que en mi interior había estallado un proceso de crecimiento que me fascinaba y me tenía atrapado en su magia y su potencia.

La idea dejó de ser un esbozo y se consolidó, alimentándose de una ilusión que yo mismo creía extinguida hacia tiempo. Su presencia se convirtió en algo que pasó de ser temido a ser deseado y decidí dejar de luchar y entregarme.

Volví a leer.

Busqué alimento para ella y sentí como absorbía cada matiz de conocimiento que yo era capaz de asumir. Los nutrientes fluían por mi cuerpo y llegaban a mi mente con una velocidad que no sabía que pudiera existir en mi interior.

La mayoría de los que me rodeaban, acostumbrados a ignorarme, no se dieron cuenta de los cambios que esa gestación estaba provocando en mí. Solo los más cercanos empezaron a sospechar que algo extraordinario estaba sucediendo cuando abandoné las largas horas de letargo mental y pasé a mostrarme curioso, incisivo e incluso ingenioso.

Tuve que disimular.

Un día de finales de invierno, supe que por fin había llegado el momento. Después de largas semanas de espera, ella, mi idea, estaba lista para salir, para ver la luz, para enfrentarse a su destino

Y yo al mío.

El feliz acontecimiento tuvo lugar un martes, en pleno apogeo del marasmo productivo en el que vivía de 8 a 17 horas, todos los días sin falta desde alguien decidió que ya era un adulto..

Ese día, con la emoción a punto de desbordarse a través de mis ojos, ahora llenos de vida, sentí que no podía reprimirme más.

Levante la mano y, ante la mirada escrutadora de todos los que me acompañaban en ese ritual diario de aburrimiento extremo, reuní todo el valor que había acumulado en esos tiempos agitados y expresé mi intención de dejar nacer esa idea.

Lo dije en voz alta.

– Venga señor Álvarez, déjese de ideas, que aquí no se le paga para pensar.

Fin de todo.

Víctor Panicello


 

2 comentarios
  1. Alvaro Alcántara
    Alvaro Alcántara Dice:

    Exijo segunda parte!!! Como termina el relato?? Quizá en un ataque de ira por parte de Alvarez, destrozando todo lo que se encuentra a su paso….quizá en una triste lágrima que asoma…quizá despidiendo a su jefe…

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    • Victor Panicello
      Victor Panicello Dice:

      Pues me temo que no fue nada de eso lo que ocurrió. Álvarez (Luis para más señas) se resignó y aprendió que para sobrevivir en según que entornos, es mucho mejor no tener ideas. Así que, cerró la boca, asumió su culpa y desterró cualquier otra señal que pudiera surgir en su cabeza sobre pensamientos no programados. Solo cuando, ya jubilado, su nieto le pidió que le explicara un cuento inventado, pensó en ese momento e hizo aquello que pensó que jamás repetiría… imaginó.
      Pero eso, ya es otra historia

      Responder

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