La vulnerabilidad está repleta de riquezas

“Sé que la vulnerabilidad es el núcleo de la vergüenza y el miedo, pero también es el lugar donde nace la dicha, la creatividad, la pertenencia y el amor…la vulnerabilidad es el lugar de nacimiento de la conexión y la ruta de acceso al sentimiento de dignidad”.   -Brene Brown.

Un niño jugando se cae y llora, su madre amorosamente se acerca y lo protege. Un ser querido y cercano fallece y nos sentimos tristes. Nos enfermamos y sentimos malestar físico y emocional, y anhelamos más que cualquier otra cosa recuperar nuestra salud. Reconocemos que la persona que partió deja un espacio vacío en nuestras vidas, y al mismo tiempo nos deja una enseñanza; que esta vida es muy valiosa y breve como para vivirla con trivialidad.

Dolor, enfermedad y muerte… sin duda, la vulnerabilidad es parte innegable de nuestra condición humana.

La vulnerabilidad es un territorio que puede parecernos agreste y lúgubre, sin embargo, está repleta de riquezas esperando ser reveladas: nuestra compasión, nuestra capacidad de empatizar y acompañar a los demás, nuestra capacidad de estar plenamente presentes depende, en gran medida, de reconocer primero nuestra condición vulnerable, pues a partir de ese reconocimiento tenemos la posibilidad de ser genuinos y estar con el corazón abierto con los demás.

La vulnerabilidad nos permite conectarnos con nuestra humanidad compartida, sin tratar de ocultarla ni tampoco exagerándola; tenemos la oportunidad de observarla en su dimensión justa, y en ese momento tocar nuestra naturaleza más profunda.

Atender a aquello que nos hace sufrir en un contexto de cuidado puede ser transformador. Reconocer nuestras ansiedades, miedos y vergüenzas, darnos permiso para sentir estas emociones incómodas, y con la práctica de la atención plena poder cuidar y aceptarnos a nosotros mismos. Podemos sentir nuestro dolor físico o emocional y podemos decir respetuosamente: te honro y decido darme un momento para que te manifiestes. Con la práctica de prestar una atención amable, podemos no negar ni ocultar nuestros dolores y abrir un espacio de aceptación para aquello que nos esté ocurriendo. Optar por no huir del dolor ni exagerarlo, dándonos el tiempo, espacio y la calidez que necesitemos, reconociendo nuestra vulnerabilidad, podemos practicar la compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Entrar en contacto con nuestra vulnerabilidad requiere de coraje. Es más fácil negar o desconocer nuestra naturaleza vulnerable, privilegiando así la apariencia sólida y fuerte. Contactarnos con nuestra vulnerabilidad implica realizar un ejercicio de honestidad, asumir riesgos y afrontar el temor a ser dañados. Al entrar en contacto con lo que nos hace vulnerables, también entramos en contacto con lo que nos hace sensibles y empáticos, que al igual que los demás seres anhelamos vivir en paz, sentirnos reconocidos y validados y tener una buena vida.

Reconocernos como vulnerables no es lo mismo que ser débiles, y esta confusión puede llevarnos a no aceptar quienes somos y querer ocultar nuestra condición. La debilidad está asociada más bien a una actitud  temerosa, de huida y de no afrontamiento ante la experiencia. En cambio, entrar en contacto con la propia vulnerabilidad requiere de valentía, aceptar que no somos ni súper-hombres ni súper- mujeres, sino más bien somos seres humanos, seres sensibles, complejos y contradictorios.

Detenernos y darnos un espacio para apreciar quienes ya somos y no a una imagen de nosotros mismos, es un valioso paso para encontrar un genuino bienestar.

La vulnerabilidad está asociada a nuestra sensibilidad, a reconocer en nuestra experiencia que somos seres transitorios e impermanentes, (que podemos sufrir, podemos enfermarnos, y que más temprano o más tarde también moriremos) por lo tanto, nos hacemos un flaco favor a nosotros mismos si gastamos nuestro valioso tiempo y energía ocultando nuestra condición vulnerable. Podemos tomar la decisión hoy de comenzar a acogerla compasivamente y entrar en contacto con ella, para desde allí tener la posibilidad de ser más conscientes de nosotros mismos, reconociendo el tesoro que es el estar vivos, tener salud y tener la capacidad de expresar afecto y aprecio por nosotros mismos y por quienes nos rodean.

La vulnerabilidad es también darse cuenta que hay que agradecer que estamos vimos, porque la vida es un regalo. No valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos, pero la vida es un precioso regalo.

Dale un espacio a tu propia vulnerabilidad, a cultivar una actitud de cuidado, gratitud y aprecio por estar vivo y por quien eres.

Gemma Segura Virella


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