¿Para qué vivimos?

¿Te has planteado para qué vivimos? Según mi opinión, todos vivimos para ser felices, para sentirnos bien en cada momento de la vida. Eso es lo que buscamos y lo que deseamos para nosotros y para cualquier persona que amamos.

Según los neurocientíficos, eso depende, en gran medida, de lo que pensamos. Por ello, hay que pensar bien para sentirse bien. Y para ello, lo primero que tenemos que saber hacer es reconocer y dar espacio a nuestras emociones y después, saberlas gestionar. Somos altamente imperfectos, forma parte de nuestra divinidad, así que cuando otros cometen errores, como hacemos nosotros mismos, hay que aceptarlo.

Pensar, a diferencia de lo que creemos, es más emocional que racional. Para pensar y hacerlo bien, hay que aprender a detectar lo que sientes, también cuando te sientes mal. Esos momentos en los que en lugar de empezar a buscar culpables fuera, debemos mirar lo que ocurre dentro, porque lo que hay que cambiar es nuestra percepción.

Mi primer consejo es que debemos aprender a pensar bien de uno mismo. Todas las personas necesitamos sabernos y sentirnos aceptados, reconocidos, valorados, queridos, respetados y ayudados; por encima de cualquier otra cosa somos seres relacionales y emocionales. Lo que no necesitamos es sentirnos cuestionados, aleccionados, reprochados e ignorados. Los pensamientos negativos hacia uno mismo y hacia otros son muy dañinos, por eso hay que mantener pensamientos positivos el máximo tiempo posible, aunque sea imaginando aquello que nos gusta y nos hace sentir bien, así conseguimos que el pensamiento negativo tenga el menor espacio y tiempo posible. Nuestro cerebro se modifica continuamente en base a aquello que hacemos, pensamos y sentimos. Así que si no queremos sentirnos mal, debemos aprender a sentirnos bien.

Ante los malos momentos, esos en los que se hace difícil pensar bien cuando la cosas van francamente mal, es el momento de hacerse la gran pregunta ¿Para qué vivo? nos ayudará a relativizar, a aceptar y a reenfocar.

¿Cuándo fue la última vez que te apasionaste por algo, que te desviviste por ello porque la emoción te consumía? ¿Dónde se han escondido la chispa que iluminaba tus ojos y la ilusión que despertaban tus palabras? ¿Dónde ha ido a parar tu pasión, tu entusiasmo, tus ganas de vivir?

Emilio Duró dice que : “El 80 ó 90% del éxito en la vida está en la actitud, el 10% es conocimiento. Lo importante es la actitud con la que te enfrentas a la vida y a los problemas. Aquí es donde entra el coeficiente de optimismo. […] La Nasa, cuando tiene que enviar un tío a la Luna, no mira la inteligencia, mira el coeficiente de optimismo. ¿Tu te imaginas ir de aquí a la Luna con un pesimista? Nos vamos a caer, se oye un ruido… ¡Lo matas, te aseguro que lo matas!”.

Tu cerebro no ve nada más que lo que tus emociones quieren, y por eso hay personas que hagan lo que hagan consiguen salir adelante, y hay gente que haga lo que haga, siempre termina por hundirse.

Antes de hundirte tus emociones radiaban optimismo, y por eso los problemas los veías como retos que siempre conseguías superar. Antes solías vivir cada día, cuando te hundes solo te conformas con sobrevivir. Por ello tienes que volver a encontrarte, cuanto antes, a ti y a la razón que te hace levantarte con ganas por las mañanas y preguntarte ¿para qué vivo?

Córtate el pelo, vete de compras, haz ejercicio, búscate hobbies, renuévate por dentro y por fuera. Todo depende de tu perspectiva y de la felicidad interna que haya dentro de ti.

Gemma Segura Virella


 

 

 

 

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